by Samaria Márquez Jaramillo

Perversión  Cuento

Ana Escudero*

*Escritora y correctora de novelas

Esta es una comunicación en la que contaré como antes escribí otro oficio:
Comencé evocando a mi madre; la imaginé rodeada de mis hermanas, por tal motivo me emocioné y me dije: Aquella buena mujer pariendo sin medida toda su vida, me daba lástima. La mía fue una madre sufridora…
Mis nostalgias siguieron con mi hermana mayor María: Fue inevitable que ella muy pronto dejase el domicilio que la cobijara los primeros quince años de su vida. No fue perversión huir. Al contrario, dejaré constancia de que era lo mejorcito que podía hacer, o todo se complicaría. Ésta es una declaración que muchos seres humanos han tenido , por desgracia, que escribir y que yo omití por sentirme a salvo arrastrándome por años y justificando mi tolerancia autoconvenciendome que ya suficiente castigo tenía con las secuelas dejadas en mí por la poliomielitis .

Unos años antes y a falta de mejor solución, mi hermana Dora, se había ido del hogar sin armar ningún alboroto y con la bendición de los suyos. Iba a ponerse a servir en casa de aquellos señores amigos de papá, su hijo la cortejaría y con el tiempo tendría en absoluta desprotección varios hijos de este muchacho. A la pequeña Violeta, mi hermana menor, aún le quedaban años de suplicio entre aquellas paredes.
Antes de esta, escribí otra carta dirigida al alcalde del pueblo, revelándole como María acusaba de un delito al que nadie le quería poner nombre y que mientras delataba miraba a su hijo nacido pocos días antes. María tomaba aire mientras yo escribía y me contó así:
Siempre fue igual.
-Papá no quiero jugar.
-Ven María juguemos, te haré cosquillas.
-No quiero papá, luego me duele.
-¿Duele? ¡No digas eso. No es cierto y no le debes contar a nadie nuestro secreto!

Un día nuestra madre entró en la habitación de juegos; sin decir algo cerró la puerta dejando a María allí con nuestro padre. Luego habría de decir: “Y, de abrir mi boca, ¿con qué comeremos todas?
Al terminar “el juego” mi madre siempre bañaba y acariciaba a mi hermana, curando cualquier arañazo, que como ella decía, su padre le había hecho sin querer.
Decidí entregar la carta. No quería fuese un papel inservible. Ahora era el momento de hablar, porque aún podía salvar a Violeta, no podía imaginar aquellos juegos con mi hermana menor, esperaba no llegar tarde y que sirviese para posteriores casos y salí a entregar la carta al alcalde.
Aquel hombre me recibió con un saludo cariñoso, diciéndo que hacía mucho que no me veía y se sentó y leyó la declaración que yo le entregara. Frecuentemente levantaba los ojos mirándome por encima de los lentes. Luego pareció tomar una determinación y partió la carta en cuatro trozos…Después el alcalde exclamó:
-¿Y qué quieres que haga al respecto, dime? Sé que algo puedo hacer pero…¡Primero tendrás que jugar conmigo!