by Samaria Márquez Jaramillo

Lou Salomé, pródiga en amor, era virgen a los 40 años

Una musa… y mucho más.  La mujer fatal a la que Nietzsche pretendió, Rilke amó y Freud admiró, famosa desde temprana edad por su inteligencia y numerosos amores, estuvo casada durante 43 años pero jamás tuvo relaciones sexuales con su marido.

Dalia Ventura  *

BBC News Mundo

Fuente de la imagen: Getty Imasges

Lou Andreas-Salomé, registrada al nacer como Luíza Gustávovna Salomé , San Petersburgo, Imperio ruso, 12 de febrero de 1861, muere en Gotinga, Alemania, 5 de febrero de 1937. Fue una escritora rusa, con ideas  liberales,  sagaz colaboradora en los trabajos filosóficos de Friedrich Nietzsche, de quien fue amiga, crítica y consejera cercana, más no su pareja. Fue autora de varios libros, psicoanalista, discípula y colaboradora del círculo más estrecho de Sigmund Freud y compañía espiritual de artistas y escritores (hombres y algunas mujeres) de finales del siglo XIX y principios del XX.  En 1948, Francisco Cándido Xavier, nacido en Minas Gerais, Brasil, popularmente conocido como Chico Xavier  famoso médium dedicado a la Literatura y seguidor de   Allan Kardec, usando sus facultades  mediúmnicas dijo que para dar albergue corporal  al espíritu de Lou  Andreas-Salomé, en Colombia en medio de montañas y un río, en una zona agrícola había nacido una niña, hija de una oligárquica  y de un intelectual de nacionalidad alemana y originario de Ucrania.

 A Luo Salomé su madre la llevó a Roma cuando ella tenía 21 años. En un salón literario de la ciudad, conoció a Paul Rée, un escritor y jugador compulsivo, a quien le propuso vivir en una comuna estudiantil. Después de dos meses, Salomé lo persuadió de aceptarla como compañera. El 13 de mayo de 1882, Salomé había hecho lo mismo con el amigo de Ree, 
Friedrich Nietzsche. Cuando llegaron a Leipzig, Alemania, en octubre, Salomé y Rée se separaron de Nietzsche, después de un problema entre Nietzsche y Salomé, en el que Nietzsche, sorprendentemente, le propuso matrimonio al creer haber encontrado en Lou a la única mujer que sería capaz de entenderlo. Ella no lo aceptó y a cambio propuso a ambos hombres  unirse con ella en una tríada de producción y trabajo intelectual. Una foto en la que aparecen los tres, con Lou conduciendo el carro, vino a ser una alegoría de este pacto. Según investigaciones, Nietzsche habría incluido en Zaratustra , a propósito de este asunto la frase ¿vas con mujeres? No olvides el látigo.
 Salomé y Rée viajaron a Berlín y vivieron juntos hasta unos años antes de su matrimonio célibe con el profesor de lingüística Carl Friedrich Andreas. A pesar de su oposición al matrimonio y de sus relaciones abiertas con muchos otros hombres, Salomé y Andreas permanecieron casados desde 1887 hasta la muerte de Andreas en 1930. Los problemas causados por la convivencia de Salomé con Andreas hicieron que el endeudado Rée desapareciera de su vida, a pesar de la seguridad que ella le brindaba.
 

Sigmund Freud

En 1911, conoció a Sigmund Freud e inmediatamente se interesó en el psicoanálisis, siendo una de las pocas mujeres aceptadas en el círculo psicoanalítico de Viena. Ambos mantendrían una relación amistosa de profundo respeto y cariño durante el resto de sus vidas. A partir de 1915, ella comenzó a ofrecer y realizar  consultas psicoanalíticas en la ciudad alemana de Gotinga.

“Era de una modestia y una discreción poco comunes. Nunca hablaba de sus propias producciones poéticas y literarias. Era evidente que sabía dónde es preciso buscar los reales valores de la vida. Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida”. (Sigmund Freud,  (7 febrero de 1937).

Rainer Maria Rilke  Su relación con Rilke fue particularmente cercana. Salomé era quince años mayor. Se conocieron cuando él tenía veintiuno. Fueron amantes durante varios años y se escribieron hasta la muerte de Rilke; fue ella quien comenzó a llamarle Rainer, en lugar de René; le enseñó ruso, a leer a León  Tolstói (a quien él conocería más tarde) y a Aleksandr Pushkin. Ella le presentó a importantes hombres y a muchas otras personas en el campo de las artes, y se mantuvo como su consejera y confidente a través de toda su vida adulta.

Según WikipediA:   “Nació en San Petersburgo, hija de Gustav von Salomé, general del ejército imperial ruso, y de su esposa Louise Wilm von Salomé. Louise (Luísa) fue la hija menor del matrimonio y la única mujer después de cinco varones, fue bautizada con el nombre de su madre y en su infancia la llamaban cariñosamente por el diminutivo ruso Ljola y más tarde Lou, a los diecisiete años y en busca de una educación más allá de la típica para una mujer en ese lugar y época, convenció al predicador alemán Hendrik Gillot, veinticinco años mayor que ella, de enseñarle teología, filosofía, religión y literatura francesa y alemana. Gillot se enamoró de Lou Salomé, hasta el punto de que planeaba divorciarse de su esposa y casarse con ella.

En septiembre de 1880, Lou viajó con su madre a Zúrich con el fin de inscribirse para estudiar en la universidad. Suiza era en esa época el único país de habla germana donde las mujeres tenían permiso para cursar una carrera universitaria sin restricciones. Aunque la madre de Lou no veía con buenos ojos estos planes de su hija, tuvo que ceder finalmente al profundo deseo de Lou de estudiar.4 El viaje también lo hicieron para beneficiar la salud física de la joven, quien en aquel tiempo tosía sangre”.

Para el filósofo Federico Nietzsche  era «la persona más inteligente que he conocido, la heredera perfecta de mi filosofía, la mejor y más fructífera tierra de labranza para mis ideas”.

Para el poeta Rainer Maria Rilke fue: una «mujer extraordinaria sin cuya influencia todo mi desarrollo no hubiera podido tomar los caminos que me han llevado a muchas cosas».

Y para el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, se trataba de «un ser comprensivo por excelencia«.

Dado el calibre de las personalidades que la admiraron, es casi irresistible presentarla con las descripciones que ellos hicieron, por  lo incongruentes: Pocas mujeres se han esforzado tanto evitando ser definidas por los hombres,  como Lou Andreas-Salomé, quien  tuvo una vida agitada intelectualmente y llena de llamativos contrastes. Salomé fue una escritora prolífica, y escribió varias novelas, obras y ensayos poco conocidos; fue también una creativa feminista. Sin abandonar su vida de casada, se comprometió en romances y/o intercambio de correspondencia con el periodista alemán Georg Lebedour, el poeta austro-húngaro Rainer Maria Rilke, y los psicoanalistas Sigmund Freud y Viktor Tausk, entre otros.

Resumir una vida convulsionada y abundante en contradicciones es empeño dificultoso. Sin embargo…   : Fue una mujer intensamente independiente cuyos escritos retaban a los lectores a repensar los roles de los géneros, pero rechazada por las feministas. Sobre todo, en una época en la que los filósofos se preguntaban sobre un cosmos  femenino, los escritores cuestionaban las normas sociales como nunca antes y los científicos descubren espacios desconocidos en la mente humana, Lou Andreas-Salomé fue un puente entre los mundos de la filosofía, literatura y psicología.

Lou empezó a perder la fe cuando era niña en Rusia, entre otras cosas porque Dios no respondió a sus preguntas sobre por qué un par de muñecos de nieve desaparecieron repentinamente bajo el sol, como relata en su «Mirada retrospectiva». También porque perdió a su padre, cuando era adolescente, y su crisis de fe se ahondó. Pero no perdió la razón; siempre entendió la importancia de la religión, a la vez que las preguntas  sin respuesta, cuando era niña fueron corroyendo su fe. Luego fueron otros, particularmente el filósofo neerlandés Baruch Spinoza y el alemán Immanuel Kant, los que empezaron a darle las respuestas que tanto buscaba. 

Reducida a datos biográficos su vida fue: Nacida en 1861 en San Petersburgo en el seno de una familia de expatriados alemanes protestantes fue la menor y única mujer de seis hijos. Desengañada con las enseñanzas del pastor protestante ortodoxo de su familia, prefirió estudiar con su opositor, Hendrik Gillot, también protestante pero poco ortodoxo, liberal e inteligente. Con él profundizó sus conocimientos de historia, religión y filosofía, y encontró la vida espiritual que anhelaba, así como la perspectiva de un mundo libre de cadenas y convenciones. Pero, a pesar de ser 25 años mayor que ella, casado y padre de dos hijos de la misma edad que su alumna, fue el primero de sus mentores quien se enamoró de ella al punto de que le propuso matrimonio. La joven Lou le respondió con un firme «no».
A finales de 1880, dejó Rusia acompañada de su madre para ir a estudiar teología, filosofía e historia del arte en la Universidad de Zúrich, una de las pocas en Europa que recibía mujeres. En el verano del año siguiente tuvo que dejar de asistir a las conferencias porque empezó a expulsar sangre al toser. Aunque sabía cuán peligrosa era su enfermedad, a sus 20 años Lou quería devorarse la vida.
Salomé llegó a Roma con una carta de recomendación de uno de sus profesores en Zúrich para la escritora alemana Malwida von Meysenbug, una personalidad muy conectada con el círculo intelectual y artístico europeo. Con ella desarrolló una profunda amistad, y en su casa empezó una de las fases más decisivas de su vida.

«Saluda a esa rusa de mi parte. Si ella tiene algún propósito, dile que  deseo esa especie de alma. Por lo que tengo en mente, para los próximos diez años la necesitaré. El matrimonio sería un capítulo completamente diferente; como máximo, podría aceptar un matrimonio de dos años…», encargó Nietzsche, quien efectivamente quiso emprender ese «capítulo» de su vida con ella. Se lo propuso una y otra vez después de que finalmente la conoció en la Basílica de San Pedro en marzo de 1882, cuando la saludó diciendo: «¿En virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos los dos aquí?”…(Al parecer, hasta en las más grandes mentes hay lugar para la cursilería). Salomé rechazó las propuestas tanto de Nietzsche como de Rée, pero les hizo una contraoferta: que los tres vivieran juntos en una especie de comuna célibe intelectual, en la que se la pasarían discutiendo filosofía, literatura y arte.  La idea, que los dos filósofos encontraron encantadora, a otros les pareció escandalosa, particularmente en el prestigioso círculo del compositor Richard Wagner y especialmente a uno de sus miembros: la hermana de Nietzsche, Elisabeth, quien le declaró una guerra sin cuartel a Lou Salomé, que se extendió hasta el ascenso de los nazis al poder, a los que puso en su contra. Elisabeth sentía por Lou  un odio tan profundo que la sometió a décadas de vilipendio público, tan vil que 50 años más tarde, ante el silencio de Salomé, Freud perdió los estribos:

«A menudo me ha molestado ver tu relación con Nietzsche mencionada de una forma que es obviamente hostil en tu contra y que es imposible que corresponda con los hechos. Has sido demasiado decente. Espero que ahora por fin te defiendas» (Freud a Salomé, mayo 8 de 1932). Ella nunca contraatacó o se defendió. El caso es que en la década de 1880 empezó a adquirir esa reputación más parecida a la de su tocaya bíblica, la Salomé que bailó para conseguir la cabeza de Juan el Bautista.

La trinidad
Para Nietzsche, la relación con Salomé fue crucial y tortuosa.  , entusiasmado con la idea de lo que llamó «una santísima trinidad», aceptó las razones dadas para el primer rechazo: la aversión fundamental de Lou al matrimonio en general -quien entre otras cosas tenía apenas 21 años, 17 menos que él-, y el hecho de que ella perdería la pensión de su padre, de la que vivía.  A finales de 1882, pasó un tiempo con Nietzsche cuando fue a visitarlo en Turingia y tuvo la oportunidad de conocerlo mejor a él y su obra. Pasaron horas conversando sobre «Dios y el mundo». Como muchos antes y después de él, a Nietzsche le impresionó su habilidad de penetrar hasta llegar a la esencia de los temas más variados.  “Por la gran fuerza de su voluntad y su inteligencia absolutamente original, estaba predestinada para algo grande; por su moralidad, la cárcel o el asilo podrían ser más adecuados…”
Para ella, Nietzsche era un hombre reservado y solemne, de apariencia anodina excepto por unos ojos que parecían «guardianes de tesoros y secretos tácitos que ningún intruso debería vislumbrar». 
 En 1894, Salomé publicó «Friedrich Nietzsche, el hombre en sus obras», un estudio de su personalidad y filosofía que fue muy difamado pero que, como buena parte de su obra, está siendo revalorado.  Durante los años siguientes Salomé vivió con el otro miembro de la frustrada Trinidad, Rée, en una relación platónica, y socializando con un círculo de amigos formado principalmente por científicos que la llamaban «la dama de honor» por ser la única mujer. Feliz en medio de discusiones filosóficas y científicas, publicó su primer libro, la novela filosófico-psicológica «En la lucha por Dios», bajo el seudónimo de «Henri Lou». Su éxito le abrió las puertas de círculos más amplios de la sociedad y la cultura, y la hizo conocida.  A su paso, iba dejando a más hombres enamorados y rechazando más propuestas de matrimonio. Encantaba a genios diversos no sólo porque era una mujer muy inteligente, sino porque tenía una habilidad extraordinaria para escuchar y para captar nuevas ideas con claridad y ver conexiones aún invisibles para otros.  Por ello era un alivio para la soledad de un ser brillante, cuyo destino a menudo es  incomprendido, y hasta temido tras la máscara de la reverencia.  
 

En 1887, la convivencia con Rée llegó a su fin debido a un hombre llamado Friedrich Carl Andreas. Dicen que la convenció de que se casara con él amenazándola con que se enterraría un puñal en su corazón si no lo hacía. Es difícil comprobarlo, pero la mujer que le había dicho «no» a varias de las mentes más destacadas de la época, le dijo «sí» a un profesor de estudios orientales, con una condición: Jamás tuvieran relaciones íntimas… entre ellos.

Así fue. Se convirtió en Lou Andreas-Salomé y vivió con él hasta el día de su muerte, en 1930. A pesar de que ya estando casada conoció al que se dice fue el amor de su vida. Él se llamaba René. Fue ella quien le dio el nombre con el que lo conocemos: Rainer Maria Rilke.
La historia de la vida amorosa extramarital de Salomé había empezado en 1891 con Georg Ledebour, editor del diario socialdemócrata de Berlín, y más tarde con un médico de Viena, Friedrich Pineles, cuya familia la consideró su esposa durante 12 años, a pesar de que ella nunca aceptó casarse con él oficialmente pues implicaba divorciarse de Andreas. Fue en esa época que provocó un torrente de indignación entre los círculos feministas con la publicación de «Erótica», pues Salomé defendía la diferencia entre las mujeres y los hombres más que la idea de una igualdad otorgada por el mundo de los hombres. Una mujer no se liberaba compitiendo con los hombres y volviéndose igual que ellos –opinaba-, sino feminizando el mundo y logrando que los hombres encontraran y aprovecharan su lado femenino, que era tan profundo como su masculinidad.

La primera vez que Lou se encontró con Rilke fue en Munich en 1897, pero Rilke ya estaba interesado en ella pues había leído un artículo sobre la filosofía de la religión titulado «Jesús el judío», publicado hacía un año. Para él, el ensayo fue una revelación, porque ella había «expresado de manera magistral y clara» lo que él quería expresar en su ciclo de poemas «Visiones de Cristo». Así que para cuando la vio, ya le había escrito cartas anónimas con poemas adjuntos. Su admiración se tornó en amor, a pesar de que ella tenía 36 años y él 21, y desde ese momento hasta que terminó su relación amorosa en 1900, le dedicó todos sus poemas de amor.

Ante la avalancha de cartas románticas con las que quien se convertiría en uno de los poetas más importantes del siglo XX la inundó, Salomé llegó a desear que «se fuera por completo». Pero finalmente el amor de Rilke venció y nació una relación que siempre fue apasionada, primero de amantes y, luego, amigos, confidentes y consejeros, que duró hasta la muerte del poeta en 1926. En el plano intelectual, ella empezó siendo su mentora, le enseñó ruso para que pudiera leer a Tolstoi, y luego lo llevó a Rusia a conocerlo. Con el tiempo, él maduró como escritor y como persona y la balanza se equilibró: fue uno de los intercambios artísticos más fructíferos del siglo XX.

Freud
Salomé era más famosa que Freud cuando se conocieron en 1911. Él, de 55 años, se dedicaba a una ciencia nueva; ella, de 50, era una ensayista, crítica y novelista reconocida. Aunque no había estudiado psicoanálisis, en varias de sus obras -como «Las heroínas de Ibsen», «Erótica» y las biografías de Nietzsche y Rilke- había explorado la psiquis. Como le escribió Karl Abraham, a quien Freud llamaba «su mejor pupilo», a su maestro: «Nunca había conocido a una persona con una comprensión tan profunda y sutil del psicoanálisis» Freud reconoció inmediatamente su talento, y Salomé se convirtió en la única mujer aceptada en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Por el resto de sus vidas mantendrían una estrecha relación basada en un profundo respeto y cariño. Salomé se dedicó a dar terapia psicoanalítica en la ciudad alemana de Gotinga hasta que, a los 74 años, su salud se lo impidió. Murió dos años más tarde, en 1937, acosada por los nazis, gracias a su eterna enemiga: la hermana de Nietzsche. Días después, la Gestapo confiscó su biblioteca por haber sido colega de Freud, practicar una «ciencia judía» y poseer muchos libros de autores judíos. Pero quedaron sus obras -más de una docena de novelas y numerosos estudios-, así como la copiosa correspondencia con los hombres brillantes de su vida. Y su ejemplo de mujer que luchó siempre por su libertad intelectual y su desarrollo literario.