by Samaria Márquez Jaramillo

Prepararse para un mundo desconocido

Por  Era Dabla-Norris, Vitor Gaspar y Kalpana Kochhar*

Cortesía del Fondo Monetario Internacional

*Era Dabla-Norris es Jefe de Misión en Vietnam y Jefe de División del Departamento de Asia y el Pacífico del FMI. Antes de esto, fue Jefa de División en el Departamento de Finanzas Públicas del FMI, donde dirigió el trabajo sobre cumplimiento tributario y productividad utilizando datos administrativos. Desde que se unió al FMI, ha trabajado en una variedad de países avanzados, de mercados emergentes y de bajos ingresos y ha publicado ampliamente sobre una variedad de temas, incluida la economía y la economía política de la política fiscal, el crecimiento, la productividad, la deuda, el comercio, el trabajo desigualdad y género.  Su investigación también se ha reseñado con regularidad en los principales periódicos y revistas mundiales, como The Economist, Financial Times, Bloomberg, BBC y CNN. Es miembro colaborador del Consejo de Futuros Globales del Foro Económico Mundial.


*Vitor Gaspar, de nacionalidad portuguesa, es Director del Departamento de Finanzas Públicas del Fondo Monetario Internacional. Antes de incorporarse al FMI ocupó diversos altos cargos relacionados con la formulación de políticas en el Banco de Portugal, incluido el más reciente en calidad de Asesor Especial. Fue Ministro de Estado y Hacienda de Portugal durante 2011-2013. Dirigió la Oficina de Asesores de Política Europea de la Comisión Europea durante 2007-2010 y fue director general de investigación en el Banco Central Europeo de 1998 a 2004. Tiene un doctorado y un agregado posdoctoral en Economía de la Universidade Nova de Lisboa; también cursó estudios en la Universidade Católica Portuguesa.


* Kalpana Kochhar fue profesora adjunta en la Universidad George Washington, luego nombrada Directora del Departamento de Recursos Humanos  del Fondo Monetario Internacional en junio de 2016. Dirigió el trabajo en Japón, India, Sri Lanka, Maldivas, Bután y Nepal, y también cubrió China, Corea, Malasia, y Filipinas.Trabajó en varias asignaciones de países en APD durante seis años antes de pasar al Departamento de Estrategia, Política y Revisión . Fue ascendida a Subdirectora en 2003. Ha publicado extensamente sobre una variedad de temas, incluidos los mercados emergentes, el empleo y el crecimiento, cuestiones de género y desigualdad y reformas estructurales, India y otras economías asiáticas, e integración regional en el sur de Asia. Actualmente dirige el trabajo del Fondo sobre empleo y crecimiento, y ha realizado investigaciones pioneras sobre la desigualdad de género y su impacto en la macroeconomía. Tiene una licenciatura y una maestría en economía de las universidades de Madrás y Delhi, y una maestría y un doctorado en Economía de la Universidad de Brown.

“Necesitamos cooperación y colaboración; debemos utilizar la maquinaria y los instrumentos creados para prestar auxilio a quienes están hambrientos y enfermos, y para crear y definir instrumentos que estabilicen o propicien la estabilización de las economías del mundo en que vivimos”. —Fred Vinson (delegado de Estados Unidos en Bretton Woods y futuro Presidente del Tribunal Supremo), Comisión I, 1944.
“ Si hubiera estado presente en la Creación, habría dado algunas indicaciones útiles para ordenar mejor el universo”. —Alfonso X, Rey de España, 1252–1284.

Debemos trabajar conjuntamente en la resolución de los problemas que la crisis ha dejado al descubierto. Cuando la epidemia de COVID-19 se aplaque, recordaremos el mundo como fue y veremos cómo todo ha cambiado. Pero el desarrollo de la crisis ofrece una profunda lección para el futuro. Cuando los delegados internacionales se reunieron en Bretton Woods en julio de 1944 para pensar el mundo de posguerra, faltaba mucho para que la Segunda Guerra Mundial llegara a su fin. Tras reflexionar sobre las oportunidades perdidas después de la Primera Guerra Mundial, se dieron cuenta de que en vez de centrarse en poner fin a la guerra, debían sentar nuevas bases. Hoy la economía mundial se ve ante desafíos muy diferentes, pero aún así hay importantes paralelismos. La urgencia y la velocidad de la intervención son tan esenciales como la necesidad de movilizar recursos a escala real. Hay muchas incógnitas: ¿cuánto se tardará en administrar las vacunas?, ¿cuánto durarán el brote y los confinamientos?, ¿es probable que se repitan?, ¿cuáles serán las repercusiones económicas? Aun así, es posible identificar algunos puntos de referencia para un orden internacional tras la COVID-19. En primer lugar, es vital la colaboración internacional para articular respuestas de salud pública eficaces que se basen en un consenso científico sólido sobre las causas de la enfermedad y la forma de mitigarla. Antes de la pandemia, los éxitos de la cooperación internacional se centraban en las iniciativas de salud público-privadas, cuyos sellos distintivos eran la transparencia, la rendición de cuentas y una amplia participación; por ejemplo, el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, la Alianza Mundial para el Fomento de la Vacunación y la Inmunización, y la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias. Los gobiernos harían bien en reflexionar sobre los errores de esta pandemia e intentar entender cómo aplicar el financiamiento de proyectos de interés público a iniciativas ya existentes. De esta manera, podrían impulsarse la investigación y el desarrollo de vacunas, así como el diagnóstico de futuros brotes de enfermedades. Las respuestas de salud pública exigen un enfoque universal de las pandemias. Cada vez más, las economías de mercados emergentes y en desarrollo, muchas de las cuales no están nada preparadas para afrontar el shock sanitario y Debemos trabajar conjuntamente en la resolución de los problemas que la crisis ha dejado al descubierto. A menos que se logre contener el virus en todo el mundo, no pueden descartarse una tercera y posteriores olas de brotes pandémicos. Se está prestando atención a las solicitudes de financiamiento para mitigar las repercusiones económicas de la pandemia en los países más pobres, pero igualmente importante es garantizar que la producción y distribución de las futuras vacunas y tratamientos a escala mundial sea rápida, tenga un costo accesible y esté al alcance de todos. Para alcanzar este objetivo, será necesario que las normas de fijación de precios y fabricación se diseñen y apliquen respetando la colaboración y la solidaridad a escala internacional.

En segundo lugar, el Gran Confinamiento ha hecho de la tecnología el eje del empleo, el consumo, la oferta, la interacción y la distribución. El uso de la tecnología para abordar la pandemia es generalizado: desde la predicción y la modelización de los brotes, hasta el rastreo de contactos impulsado por la comunidad. De la noche a la mañana, videoconferencias, escritorios remotos , nuevas plataformas sociales y culturales digitales han pasado a ser la base del teletrabajo, una tendencia que seguramente persistirá después de que se levante el confinamiento. La digitalización de los servicios —telesalud, educación en línea, transferencias monetarias , asistencia de emergencia a los vulnerables, periodismo y revistas digitales de arte, — ha sido la base de las respuestas de los países. La necesidad de realizar pagos sin contacto físico está impulsando el uso de medios digitales en lugar de efectivo, y la digitalización de los modelos empresariales y las cadenas de suministro está cambiando el aspecto del comercio y la distribución. La tecnología podría ser esencial para crear nuevas fuentes de crecimiento, aumentar la productividad y ayudar a trabajadores y empresas en su transición y adaptación a un nuevo mundo. En el mundo digital pos-COVID-19, es esencial aprovechar las ventajas que ofrece la tecnología sin dejar de lado a alguien. 

La conectividad es condición necesaria para el teletrabajo, pero en Estados Unidos, más de 21 millones de personas no tienen acceso a Internet de banda ancha avanzada. Aproximadamente el 60% de la población mundial, en su mayoría mujeres de economías de mercados emergentes y en desarrollo, no tiene todavía computadora o acceso a Internet, y el número de mujeres conectadas es inferior al de hombres en 250 millones. Las tecnologías emergentes podrían ser un gran nivelador, pero sin la infraestructura adecuada o una buena gestión que redunde en calidad, la brecha digital podría intensificarse. Como ocurre en el ámbito de la salud pública, hay margen para establecer asociaciones innovadoras entre el sector público y el privado a fin de salvar esta brecha y garantizar que la inclusión digital represente la inclusión económica. También es urgente adaptar y reformar los sistemas educativos y la capacitación laboral para reducir la asimetría entre la oferta y la demanda de mano de obra en un mundo laboral basado en las tecnologías. Pero no todos los trabajos pueden hacerse desde la casa. La COVID-19 está dejando más claro que nunca que, como dijo Martin Luther King, “todo trabajo es digno”. Además, la pandemia ha puesto de manifiesto la desconexión que existe entre los trabajadores considerados esenciales en esta lucha —como los que trabajan en la atención sanitaria, el cuidado de mayores, la agricultura y las tiendas de comestibles— y sus precarias prestaciones y seguridad laboral. Habrá que abordar los graves déficits de protección social de estos trabajadores y el sinnúmero que trabaja en la economía informal. En tercer lugar, las pandemias, como las amenazas climáticas, constituyen un crudo recordatorio de la importancia de los fenómenos naturales y la necesidad de garantizar la resiliencia a largo plazo. Las medidas relacionadas con el cambio climático y la sostenibilidad adquieren una prioridad renovada, coincidiendo con la aplicación de paquetes de estímulo fiscal para poner en marcha la recuperación económica. Las inversiones en infraestructura resiliente al cambio climático y la transición a un futuro con menos emisiones de carbono pueden impulsar significativamente la creación de empleo y la formación de capital a corto plazo, y a la vez acrecentar la resiliencia económica y ambiental. Estas inversiones podrían incluir la construcción de infraestructuras de energías renovables y carreteras y estructuras más resilientes, la ampliación de la capacidad de la red eléctrica, la modernización de edificios y el desarrollo y la aplicación de tecnologías para descarbonizar las industrias pesadas. La transición a una economía con menos emisiones de carbono es una tarea abrumadora pero imprescindible, y debemos afrontar el problema colectivamente. Se creará un orden pos-COVID-19, pero persisten los problemas puestos de relieve por la crisis. Seguirá siendo necesario abordar la pobreza, la desigualdad desenfrenada, la disminución de la biodiversidad, la degradación ambiental y la escasez de agua limpia, pero también las desigualdades sociales de toda la vida. La forma en que protejamos y ayudemos a los vulnerables pondrá a prueba nuestra humanidad. Sin embargo, existe un pequeño resquicio de esperanza: se han movilizado recursos para fines públicos a una escala vista solo en tiempos de guerra. No obstante, la guerra actual se libra contra un enemigo común. La solidaridad acumulada en tiempos de confinamiento y enfermedad en todo el mundo puede servir de base para el futuro. Oigamos otras voces respondiendo:

¿Cuán diferente será el mundo tras la COVID-19?

Daniel Susskind (Investigador de temas económicos en el Balliol College de la Universidad de Oxford y autor de A World Without Work )

En marzo de 2020, el rabino Jonathan Sacks, figura destacada del panorama intelectual en el Reino Unido, describió la catástrofe de la COVID-19 como “lo más cerca que hemos estado de una Revelación para los ateos”. En ese momento, me pareció una comparación acertada, porque recogía el espíritu bíblico de conmoción que muchos sentimos al vernos frente a una crisis tan repentina, intensa y extremadamente acelerada. Sacks señaló que “llevamos más de medio siglo en punto muerto” y, de golpe, “nos vemos obligados a afrontar la fragilidad y la vulnerabilidad de la condición humana”. Pasados unos meses, la comparación del rabino Sacks con la Revelación sigue siendo pertinente, pero por otro motivo, de mayor peso a la hora de pensar cómo será el mundo tras la COVID-19. Esta crisis es alarmante, en parte, porque presenta varias características nuevas y desconocidas: una emergencia médica mundial provocada por un virus que no terminamos de entender y una catástrofe económica auto-infligida como respuesta de política necesaria para contener su propagación. Y a medida que pasa el tiempo, queda claro que, en gran medida, lo más angustiante de esta crisis no es nada nuevo. La sorprendente variabilidad en cuanto a las infecciones y la evolución de la COVID-19 parece ser el reflejo de las desigualdades económicas existentes. El notable desequilibrio entre el valor social de la labor de los “trabajadores esenciales” y los bajos salarios que reciben se debe a la conocida falla del mercado para valorar adecuadamente lo que realmente importa. La alegre aceptación de la desinformación y las informaciones falsas era previsible tras una década de crecimiento del populismo y pérdida de confianza en los expertos. Además, la falta de una respuesta internacional bien coordinada no debería sorprender a nadie, puesto que en los últimos años ha reinado la política mundial del “mi país primero”. Así pues, la crisis es una revelación en un sentido mucho más literal, porque nos hace centrar la atención colectiva en las muchas injusticias y deficiencias que ya existen en nuestro convivir. Si antes la ceguera nos impedía ver estos defectos, ahora es difícil no verlos. ¿Cuán diferente será el mundo tras la COVID-19? Muchos de los problemas a los que nos enfrentaremos en la próxima década serán simplemente una versión más extrema de los que ya nos acechan hoy. Esta vez, el mundo solo cambiará significativamente si, al salir de esta crisis, decidimos tomar medidas para resolver dichos problemas y llevar a cabo una transformación fundamental.

James Manyika (Presidente y Director del McKinsey Global Institute)

Es poco probable que el mundo vuelva a ser el mismo tras la COVID-19. Muchas de las tendencias que ya se observan en la economía mundial se ven aceleradas por los efectos de la pandemia. Este es especialmente el caso de la economía digital, por el auge del comportamiento digital a través del teletrabajo y el teleaprendizaje,

la telemedicina , los servicios de distribución y el impulso e intensificación de la cultura través de medios de información, ya sean noticiosos o netamente culturales, pero digitales. También podrían acelerarse otros cambios estructurales, como la regionalización de las cadenas de suministro y un crecimiento explosivo del flujo transfronterizo de datos. El futuro del trabajo ha llegado antes, y con él sus retos —muchos de los cuales podrían multiplicarse—,como la polarización del ingreso, la vulnerabilidad de los trabajadores, el aumento del trabajo temporal y la necesidad de adaptarse a transiciones profesionales. Esta aceleración no solo es el resultado de los avances tecnológicos sino también de nuevas consideraciones en materia de salud y seguridad. Las economías y los mercados de trabajo tardarán en recuperarse, y probablemente resurgirán cambiados. Con la amplificación de estas tendencias, las realidades de esta crisis han hecho replantear varias creencias, lo cual podría repercutir en las decisiones a largo plazo de la economía y la sociedad. Estos efectos incluyen la actitud frente a la disyuntiva eficiencia-resiliencia, el futuro del capitalismo, la densificación de la actividad económica y las ciudades, la política industrial, la manera de enfocar los problemas que nos afectan a todos y requieren medidas colectivas a nivel mundial —como las pandemias y el cambio climático— o la función de gobiernos e instituciones. En las dos últimas décadas, en las economías avanzadas, la responsabilidad se ha transferido, en general, de las instituciones a los individuos. No obstante, se están poniendo a prueba los sistemas de salud, muchos de los cuales son deficientes, y se están reconsiderando las ventajas de prestaciones como la licencia por enfermedad y la renta básica universal. Es posible cambiar la forma en que las instituciones apoyan a las personas, con redes de seguridad y un contrato social más inclusivo. La historia ha demostrado que las decisiones tomadas en tiempos de crisis pueden condicionar el mundo durante décadas. Seguirá siendo esencial tomar medidas colectivas para construir economías que ofrezcan un crecimiento económico inclusivo, prosperidad y seguridad para todos.

Jean Saldanha (Directora de EURODAD, la red europea de deuda y desarrollo)

La escritora india Arundhati Roy sostiene que “históricamente, las pandemias han obligado a las personas a romper con el 

pasado e imaginar un mundo nuevo. Esta no es diferente. Es una puerta de entrada, una pasarela entre un mundo y el siguiente”. Habrá que cambiar el funcionamiento del multilateralismo para que se adapte a un mundo muy distinto. La pandemia de COVID-19 ha puesto a prueba los límites de la cooperación mundial. En particular, el apoyo a las economías en desarrollo sigue siendo deficiente. Estas fueron de las primeras en sufrir la desaceleración económica mundial, con salidas de capital récord y un endurecimiento de las condiciones financieras. Enfrentadas a la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, estas economías sufren presiones sin precedentes sobre su ya limitada capacidad fiscal para abordar las urgentes necesidades sanitarias y sociales. Las decisiones de hoy tendrán consecuencias de gran alcance. Mantener las dependencias del pasado es insostenible y significa ignorar la magnitud del sufrimiento humano provocado por la pandemia. Un programa de reformas adecuado y liderado por las Naciones Unidas debe incluir al FMI para abordar los problemas estructurales que han llevado a las economías en desarrollo a una situación de vulnerabilidad frente a la deuda. Un programa de esa naturaleza debe alejar el financiamiento para el desarrollo de las reformas favorables al mercado y los incentivos a la inversión privada, y debe renunciar al dogma de la austeridad. Además, los países ricos deben cumplir por fin sus compromisos oficiales de asistencia para el desarrollo. Por otro lado, deben corregirse los desequilibrios de poder de las instituciones mundiales para reconocer debidamente las necesidades y los derechos de dos tercios de la población mundial que vive en el hemisferio sur. Si la comunidad internacional no responde con firmeza ahora, la Agenda 2030 y el Acuerdo de París fracasarán estrepitosamente. El nuevo multilateralismo —con un papel destacado para la reforma de las instituciones de Bretton Woods— es necesario ahora, y deberá basarse en una perspectiva del desarrollo centrada en los derechos humanos, la igualdad de género , el cambio climático y un sistema de vida digital basado en la tecnología.

Sharan Burrow (Secretaria General de la Confederación  Sindical Internacional)

El mundo que siga a la primera oleada de la COVID-19 deberá ser más inclusivo, resiliente y sostenible. Hoy en día, vivimos en un mundo en el que la

desigualdad entre los países y dentro de cada país ha aumentado debido a la carrera destructiva en que están embarcadas las empresas y por la pobreza de gran parte de la fuerza laboral mundial. Demasiados países han sufrido los shocks externos de la COVID-19 sin una protección social universal, sistemas de salud pública robustos, un plan para reducir a cero las emisiones netas de carbono para 2050 o una economía real sostenible con empleos de calidad.

La conferencia de Bretton Woods se celebró en plena guerra y ayudó a sentar las bases del contrato social de la posguerra. En esa misma línea, debemos diseñar un plan de reconstrucción ambicioso a la vez que trabajamos para poner fin a la pandemia. El apoyo internacional es una cuestión de supervivencia colectiva y una inversión en el futuro de la salud, la economía mundial y el multilateralismo. La elección es nuestra, y la actuación del FMI y del sistema multilateral serán un elemento decisivo. Nuestros objetivos para la recuperación deben ser el pleno empleo y un nuevo contrato social. La inversión pública en economía asistencial, educación e infraestructuras con bajas emisiones de carbono puede constituir el eje del estímulo que reduzca la desigualdad. La política salarial, la negociación colectiva y la regulación del mercado de trabajo pueden reactivar la demanda y el ingreso y poner fin al modelo empresarial que permite a las empresas no asumir ninguna responsabilidad por sus trabajadores. La deuda debe abordarse mediante un proceso de alivio centrado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y un crecimiento duradero en cada uno de los países. La consolidación fiscal, tan corta de miras, obstaculizó la gestión y reducción de la deuda tras la crisis financiera mundial, y nos dejaría aún con menos capacidad para afrontar crisis sanitarias y económicas futuras. La prosperidad compartida puede ser el fruto del mundo que deje la COVID-19, marcado por una ambición común y la solidaridad mundial.

 

Sergio Rebelo (Profesor de finanzas internacionales en la Kellogg School of Management de Northwestern University)

La huella de la COVID-19 en la economía mundial será duradera: causará cambios permanentes y dejará lecciones importantes.

Es probable que la detección de virus se convierta en parte de nuestra vida, al igual que las medidas de seguridad pasaron a ser omnipresentes después del 11 de septiembre. Es importante invertir en la infraestructura necesaria para detectar futuros brotes virales. Esta inversión protege a las economías en caso de que la inmunidad a la COVID-19 resulte ser solo temporal. Durante la pandemia muchas economías adoptaron versiones del Kurzarbeit de Alemania, una política de subsidios que mantiene a los trabajadores empleados con horarios y salarios reducidos, en la cual el gobierno compensa parte de la diferencia salarial. Al mantenerse intacta a relación entre empresas y trabajadores, la economía está mejor preparada para recuperarse con rapidez. Es importante mejorar la implementación de estas políticas e incorporarlas de manera permanente como parte de nuestras herramientas de recuperación económica. Es probable que el teletrabajo sea cada vez más común. Teníamos algunas evidencias de que trabajar desde casa es al menos tan productivo como trabajar en la oficina. Sin embargo, muchas empresas eran reacias a aceptar el teletrabajo. Ahora que muchas lo han probado con buenos resultados, podría pasar a ser una modalidad permanente. La crisis de la pandemia ha acelerado el ritmo de la transformación digital, con una mayor expansión del comercio electrónico y aceleración del ritmo de adopción de la telemedicina, las videoconferencias, la enseñanza en línea y la tecnología financiera. Las empresas con cadenas de suministro internacionales se ven ante escasez de productos y trabas al abastecimiento. Es probable que muchas de estas compañías relocalicen su producción. Desafortunadamente, esta tendencia no creará muchos empleos porque es probable que la mayor parte de la producción sea automatizada. Los gobiernos verán crecer su tamaño después de desempeñar el papel de asegurador e inversionista de última instancia durante la crisis. La deuda pública crecerá exponencialmente, creando desafíos financieros en todo el mundo. La lección más importante de la pandemia de COVID-19 es la importancia de trabajar juntos para resolver los problemas que afectan a toda la raza humana. Unidos somos mucho más fuertes que divididos.

Ian Bremmer (Presidente y Fundador de Eurasia Group)

El orden mundial ya era inestable mucho antes de la crisis de la COVID-19.

El coronavirus ha acelerado tres de las principales tendencias geopolíticas que conformarán el próximo orden mundial, que nos espera al otro lado de la pandemia. La primera de ellas es la desglobalización; las dificultades logísticas que la crisis actual ha sacado a la luz ya muestran un cambio en detrimento de las cadenas mundiales de suministro “justo a tiempo”. No obstante, con el aumento de las dificultades, el inevitable crecimiento del nacionalismo y de las políticas que ponen al propio país por delante de todo obligarán a las empresas a aprovechar recursos. locales que favorecen a las cadenas de suministro nacionales y regionales. La tercera tendencia, el surgimiento geopolítico de China, viene gestándose desde hace 30 años. Y aunque China se transformó con éxito en una superpotencia económica y tecnológica, nadie esperaba que se convirtiese en una superpotencia de “poder blando”. Esto puede cambiar con la crisis, si la diplomacia china de este período prosigue y persiste la impresión de que Beijing ha respondido al brote de forma mucho más eficaz que el resto del mundo. Por supuesto, que parezca que a China le va mejor no significa que sea cierto. Hay motivos para tomar con pinzas las cifras del país. La ocultación inicial del brote, que permitió su propagación por todo el mundo, aumentó todavía más la desconfianza general. Donald Trump y su gobierno están adoptando este discurso como estrategia electoral y para desviar la atención de su propia gestión de la pandemia. China no se quedará de brazos cruzados, y cada vez es más probable que, cuando el mundo salga de la pandemia actual, nos veamos inmersos en una nueva guerra fría, esta vez entre Estados Unidos y China. Con o sin un nuevo orden mundial, hay cosas que no cambiarán.