by Samaria Márquez Jaramillo

Poemas de José Ángel Buesa*

*Nació el 2 de septiembre de 1910 en Cruces, Cienfuegos, Cuba. – Murió  el 14 de agosto de 1982 en Santo Domingo, República Dominicana. Empezó a escribir versos a muy temprana edad, luego llegó a convertirse en un notable exponente del neo-romanticismo. Su excelente manejo del lenguaje y exquisita sensibilidad, lo llevaron a obtener una inmensa popularidad en su país natal. Su obra fue musicalizada, también recitada y grabada, y difundida en casi 40 discos de larga duración. Varios de sus poemas fueron traducidos al inglés, portugués, ruso, polaco, japonés y chino. Fue también novelista y escritor de libretos para la radio y televisión cubanas, y fungió como director de célebres programas radiales en las estaciones RHC-Cadena Azul y CMQ, ya inexistentes.

II

Amor, el niño loco de la loca sonrisa,

viene con pasos lentos igual que viene a prisa;

pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco

lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.

Así ocurre que un niño travieso se divierte,

y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.

Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,

porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.

Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde

Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

Balada del Loco Amor

I

No, nada llega tarde, porque todas las cosas

tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;

sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,

cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.

No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío

saben secretamente que no hay amor tardío.

Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,

la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.

Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,

pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

 

III

No, yo no diré nunca qué noche de verano

me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.

No diré que esa noche que sólo a ti te digo

se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.

No, no diré esas cosas, y, todavía menos,

la delicia culpable de contemplar tus senos.

Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,

que era como la llave de una puerta cerrada.

Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,

y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.

Ya era muy Viejecita

Ya era muy viejecita… Y un año y otro año

se fue quedando sola con su tiempo sin fin.

Sola con su sonrisa de que nada hace daño,

sola como una hermana mayor en su jardín.

Se fue quedando sola con los brazos abiertos,

que es como crucifican los hijos que se van,

con su suave manera de cruzar los cubiertos,

y aquel olor a limpio de sus batas de holán.

Déjenme recordarla con su vals en el piano,

como yéndose un poco con lo que se le fue;

y con qué pesadumbre se mira la mano

cuando le tintineaba su taza de café.

 

Se fue quedando sola, sola… sola en su mesa,

en su casita blanca y en su lento sillón;

y si alguien no conoce que soledad es esa,

no sabe cuánta muerte cabe en un corazón.

Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas,

en aquel «hasta pronto» que fue un adiós final,

aprendí que unas manos pueden ser mariposas,

dos mariposas tristes volando en su portal.

Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo.

Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió:

Ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando,

ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.

     Ala y Raíz

Ala y raíz: la eternidad es eso.
Y aquí, de frente al mar, en la ribera,
la vida es como un fruto que cayera
de un alto gajo, por su propio peso.

Ala y raíz. Y el ala, sin regreso,
a la raíz, con sed de primavera:
que así el confín de la emoción viajera
duerme a la sombra del follaje espeso.

El mar corre descalzo por la arena.
Mi corazón ya casi es sólo mío.
El ancla está aprendiendo a ser antena
y el latido unicorde se hace escala.
Después, libre del tiempo, en el vacío,
Así: ¡mitad raíz y mitad ala!