by Samaria Márquez Jaramillo

31 de diciembre, remembranzas siempre

Nota  de la directora

No tiene imaginación el que dice: “plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.” Yo sembré dos mandarinos y tres niñas solitarias los desvistieron de sus hojas; antes de que murieran de frío los desraicé. Tengo dos hijos, a miles de kilómetros, más allá de la frontera, allende el Atlántico. Escribí más de dos pares de novelas, casi incógnitas, pero tengo un medio de comunicación con centenares de visitantes  y  me pregunto: ¿Quién fue la persona, tan limitada y triste, que dijo lo del árbol, el hijo y el libro? ¿Cómo esas tres acciones o decisiones  pueden completar a un ser humano? ¿Quiénes son los personajes que se creen, se reafirman y se sienten completos y realizados al alcanzar estos super objetivos? Mi historia no cuenta esas  tres acciones y no es corta:

Alguna vez me enamoré… bueno, fueron tres las veces… Para ser bien sincera: Me he enamorado tres y media veces: Superé un amor que pensé inolvidable…  Una  me quitó a otro y alguno nunca fue, siendo. Tuve una historia linda, una  perversa y otra que ni fu ni  fa. Ahora tengo un esposo. Creo que moriré siendo esposa.

 

A veces hablo conmigo

de tí


Perdí materias en la universidad. Fui  Pepe Grillo de algún profesor. Tuve un jefe que me amaba y una que me odiaba. Me echaron de un trabajo. Besé a un hombre que olvidé un par de horas después. Me peleé irreconciliablemente con una de mis mejores amigas. Hice una maestría en conocimiento de la Biblia  y aprendí otro idioma.

Estuve en París. Bailé tango, en Buenos Aires; sevillanas, en Granada;  merengue,  en Barranquilla  y champeta en Cartagena. En Barcelona  fui a un concierto,  a un partido de futbol del Barsa y me vestí de negro y apronté mis lágrimas para visitar la Sagrada familia porque había leído en un portafolio de viajes que era un templo expiatorio y sabía que un tabernáculo purificador es una casa de oración donde de manera permanente está expuesto el Santísimo Sacramento para la expiación de pecados. Ya en el interior, sentada en un banco y al ver que ni siquiera algún sitio hacía de muro de lamentaciones, a mi inquirir alguien explico que se le llamaba a la Sagrada Familia “templo de expiación” porque  desde su inicio en 1882, se define así  porque su construcción y administración se financia de forma totalmente privada… Viajé en tren. Me emborraché hasta vomitar. Engullí jamón serrano. En Bariloche comí chocolates, casi  hasta el coma diabético. Leí a García Márquez una y otra vez , juro no volver a hacerlo  y nunca  me hice un tatuaje. 

Estuve en la nieve, en el desierto y en la selva. Monté en bicicleta, tren, carro, bus, avión, barco, lancha, canoa, planchón, caballo, mula y camello. Nunca en globo o en motocicleta. Conocí a un famoso que pasaba la palma de su mano por su cabello cada vez que empezaba a hablar y tenía tristezas a doquier. Me fui a vivir a otro país. Ayudé a una viejita a cruzar la calle. Di consejos de amor. Nadé. Perdí un Iphone. Me encontré un billete de 100 pesos en los bolsillos de un olvidado jean. Me monté en una montaña rusa. Hice trampa en un examen final. Vi el Capo uno y el Dos porque se me parecía a alguien que conocí. Di un bofetón a quien se lo mereció.
Hice un tweed que tuvo más de 1.500 retweets . Gané varios premios. Salí en televisión. Le escribí algo bonito a alguien que no lo valoró. Alguien me escribió algo bonito que no valoré. Canté en un karaoke. Fui a una corrida de toros. Me quité los tacones en una discoteca y seguí bailando pasodoble. Tomé jugo de zapote. Jugué, pésimamente, basket y softball. Tuve un amor prohibido. Me dejó un avión. Hice el ridículo. Comí venado.

Una vez la vida no tuvo sentido para mí, luego sí y abundantemente. Me pinté los labios de rojo y los dejé marcados en la camisa de alguno. Me enamoré de alguien por Internet. Jugué al amigo secreto. Me regalaron flores. Hice reír a alguien que lloraba. Fui consciente: En el momento que era feliz, supe que lo era. Con rulos en el pelo salí a la calle. Me disfracé en una noche bruja de brujas. Me fui sin querer irme. Lloré de rabia. Fui feliz. Por lo que creo que he hecho más de lo que la famosa frase sugiere y aun así no creo haber hecho bien la tarea de vivir. Siento que me faltan cosas por hacer, lugares por descubrir, sentimientos por conocer, gente por querer, entuertos literarios, sin criatura, por padecer, vida por vivir. Así que no se si soy inconforme o es que realmente no hay que transigir con sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Sugiero una reforma y que la frasecita quede así: Un persona para ser completa, ha de sembrar delirios, tener un sinfín de propósitos y escribir y reescribir a diario su futuro. No suena mejor, pero sí más divertido, ¿no?