by Samaria Márquez Jaramillo

Hacia la educación de masas: el juego de la igualación y de la división

Julio Mateos Montero 

Baste decir, en fin, que ese proyecto cuya implantación en España se prolonga, en la escuela primaria, prácticamente durante dos terceras partes del siglo XX se inscribe en un campo semántico de fuertes significados en la esfera educativa: Progreso social e individual – avanzar paso a paso, por grados, niveles, escalones, etapas – la carrera escolar como escalera – ascenso, éxito y fracaso – superación – prueba – año académico y edad académica – inteligencia – esfuerzo– etc..  

Desde luego el proceso de homogenización organizativa transcurría íntimamente soldado al incremento de la escolarización. Una vez conseguida la escolarización universal (el problema de la cantidad) los ideólogos de la teoría, de la práctica y de las normas educativas vinieron a preocuparse por los resultados (es decir, el asunto de la calidad). La educación se estaba sirviendo a todo el pueblo como un maná abundante y, en apariencia, igualitariamente repartido. Las filantrópicas autoridades del capitalismo transnacional ya podían decir: Si a algunos no les aprovecha este abundante y bien preparado banquete educativo… ¡Ya no podemos hacer más! ¡Es cosa suya! 

 

Emulando vetustas estructuras de las enseñanzas medias, la escuela primaria fue poniendo homogeneidad a un caos de particularidades difícilmente controlable por el Estado a través de sus funcionarios. Se combatía aquel dicho de que cada maestrillo tiene su librillo; se encaraban las diferencias muy marcadas incluso en el sistema primario que, amén de diferencias sociales, acarreaban también un mítico rostro en la dicotomía entre “el campo” y la ciudad. Este proceso ha sido magníficamente estudiado por el profesor Antonio Viñao en un libro que me impresionó como modelo de investigación histórico-educativa: Innovación pedagógica y modernidad en España del siglo XX. La escuela graduada pública en España (1898-1936). La graduación escolar era condición necesaria para el ideal de la enseñanza progresiva, palabra que ha sido usada tanto en acepción pedagógica como ideológica. La unificación organizativa fue, así mismo, imprescindible para introducir cualquier tipo de reforma curricular o didáctica. No existe doctrina pedagógica, normativa legal o mero tanteo práctico del maestro que no se materialice en determinadas estructuras y distribución de los espacios, los tiempos y los recursos humanos de las instituciones escolares. La importancia del proceso unificador de la escuela bajo el modelo graduado fue definitiva, pero larga y compleja. 

 

El conocimiento escolar

La evolución del conocimiento escolar en el mismo periodo histórico sufrió el correspondiente remodelado. En la educación tradicional elitista había dos tipos de conocimiento escolar descaradamente distintos: uno general y finalista frente a otro especializado y propedéutico; uno común y vulgar frente a otro diferenciador; uno útil y práctico frente a otro especulativo; uno concreto e intuitivo frente a otro abstracto; uno local y cercano frente a otro universalista. Tales distinciones, como venimos diciendo, eran coherentes con otras igualmente marcadas por estatus drásticamente jerarquizados. Por citar algunas: las instituciones de referencia (escuela primaria-institutos medios); las distancias entre cuerpos docentes de referencia (maestros-catedráticos de instituto); tipo socio-cultural de los destinatarios; la muy distinta atención y compromiso del Estado hacia los niveles primario y secundario.

En la larga marcha de la educación de élites a la de masas, los discursos que impulsaban la marcha hacia la escuela para todos, se inspiraban en la idea de progreso, de igualdad, de ciencia, de racionalidad y de planificación. Esa corriente que triunfa normativamente en la LGE de 1970 venía empapada de conceptos como el de igualdad de oportunidades, escuela unificada, democratización de la escuela, enseñanza comprensiva, sociedad educadora, y un largo etcétera. 

 

Sin embargo, las paradojas y la disonancia entre los discursos y la realidad son evidentes. No solo en los resultados de la actual educación tecnocrática de masas sino también en el mismo proceso de transformación. Simultáneamente a los procesos de unificación se producen sus contrarios, los de división; se van dando las operaciones por las cuales las funciones escolares de clasificación, selección, reproducción y legitimación de las diferencias. Desde principios del siglo XX la educación cambió tan espectacularmente como cambiaba el contexto histórico. Pero cambió para perpetuar sus genuinas funciones al servicio de una desigual distribución de todo tipo de bienes.

 

Una moraleja cervantina

Es más: en el presente, cuando la educación llega a más personas que nunca y se estructura como un espacio abierto al desarrollo individual de todos y todas, se da la paradoja de que ese mismo sistema de enseñanza universal ejerce su función selectiva con más rigor y más amplitud que nunca a lo largo de la historia escolar.   

Para terminar, propongo una interpretación de un famoso pasaje de Don Quijote: El Bálsamo de Fierabrás. Ese mágico brebaje es particularmente conocido por un pasaje de la gran novela que es preciso rememorar. El hidalgo, después de recibir una soberana paliza y tener el cuerpo hecho trizas elabora el mágico bálsamo de sus sueños, lo ingiere y a la mañana siguiente se encuentra como nuevo; sano como una manzana monta a caballo y se dispone a seguir camino. Sancho, que tanto había oído hablar de los efectos beneficiosos, tomó también

las sobras del potingue y el pobre pasó una noche horrorosa, de vómitos y retortijones, encontrándose al amanecer hecho unos zorros. Al preguntar el escudero el porqué de tan desigual efecto, Don Quijote se lo explica con total claridad: 
«—Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí, que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.» 
¡Así de sencillo!

El hidalgo daba en el blanco. Cambie el lector la idea del bálsamo caballeresco por la idea de educación (de la buena educación, claro…) y verá cómo encaja el sentido que aquí doy al pasaje cervantino. Podíamos recordar que el Quijote tiene el tratamiento de Don, como corresponde a su hidalguía. Y tampoco olvidemos (algunos lo recordamos muy bien lo que se nos decía al respecto siendo niños, hace sesenta años) que el Don se adquiría en la educación tradicional elitista, con el título de Bachiller.  La educación concede en forma de título lo que está ya en el sujeto desde su cuna, los dones naturales. Estas aparentes “cositas” no eran ni son ninguna broma. Los implícitos y explícitos en la jerarquía de la educación y de la calidad de la educación están en el lenguaje más común y no debemos engañarnos demasiado. La frase de «este muchacho no tiene educación» proviene de la literal situación de los que no pudieron llegar a estudiar. Cuando las élites hablan de una excelente educación, lo que en realidad quieren decir nuestra educación. Y en esta clase de implícitos, aún se admite que la buena educación, la de mejor calidad, la que sienta de maravilla, no es apropiada para los Sanchos del siglo XXI. Se les indigesta.
Se puede retener, como conclusión general, que el progreso hacia la educación de masas no dio alcance a las promesas de felicidad, igualdad y emancipación, sino que mantuvo y reforzó con nuevos ropajes sus funciones más arcaicas.