by Samaria Márquez Jaramillo

El sueño de los pobres

Daniel G. Campos  Badilla  * 

*Soy un escritor y profesor de filosofía. Ensayo una vida trans-americana entre San José, Costa Rica, y Brooklyn, Nueva York. Enseño filosofía en Brooklyn College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Mis investigaciones filosóficas se archivan en Research Gate. Escribo crónicas para ViceVersa Magazine (Nueva York) y ensayos para Suburbano (Miami). Mi blog literario anterior fue Apuntes y postales.

 

Me suplicó con sus ojos negros y me extendió esperanzada su mano derecha. Con el brazo izquierdo sostenía contra su pecho a su bebé de pocos meses. Era una mujer joven, con el rostro tan fresco como los de mis alumnas de primer año de universidad. Pero estaba sentada sobre un cartón, en la esquina del Museo de los Pintores Oaxaqueños, pidiendo limosna. Su pelo azabache y lacio, recogido con una cola, enmarcaba un rostro ovalado de pómulos altos, labios delgados y barbilla fina. Vestía una blusa blanca de algodón que acentuaba el tono cobrizo de su piel.

Su mirada me estremeció y su situación vulnerable me conmovió. Pero no me quedaba cambio pues en el Zócalo acababa de comprarle dos rebozos, uno turquesa y otro añil, bordados con flores coloridas, a una joven maya de Chiapas que vestía sus ropas tradicionales y hablaba español como segunda lengua. No supe qué hacer más que devolverle a la mujer de mano extendida una mirada consternada y tierna, pero incapaz de aliviar su situación. Seguí caminando por el paseo adoquinado de la calle García Vigil con una piedra fría atravesada en la garganta.

En la siguiente esquina otra mujer, sentada sobre una manta desgastada, también pedía ayuda con un niño de dos años sentado a su lado. Vestía ropas negras, bordadas con figuras de colores vivos, que en otra época debieron ser bonitas. Me miró y extendió su mano como la mujer anterior. Pero la mirada de sus ojos negros me pareció más apagada, desesperanzada. Su rostro, más cansado. Ésta quizá sería la expresión de la mujer más joven en algunos años. De nuevo me sentí impotente.

 

Reparé, además, que en un país que apenas empezaba a explorar, no entendía las causas específicas de la marginación. En el Zócalo y calles aledañas había comprado rebozos, chalinas y manteles hilados por mujeres indígenas de Oaxaca y Chiapas muy humildes pero que al menos tenían algún medio para intentar la subsistencia. En cambio aquellas dos mujeres, al parecer, ya no tenían más recurso, ni esperanza, que aliviar el hambre cada día con la limosna recibida. Ni siquiera pude discernir si pertenecían a algún grupo etnolingüístico originario de Oaxaca o si eran campesinas mestizas o desamparadas urbanas.

Días después, ya en Ciudad de México, fui a visitar el Museo de Arte Moderno. En la sala de su colección permanente, me encontré una litografía sobre papel que de golpe transportó mis pensamientos a las dos mujeres de Oaxaca. La imagen en blanco y negro presentaba a cinco personas acurrucadas y en apariencia dormidas en algún rincón urbano que los guarecía parcialmente de la intemperie. Un hombre vestido de blanco y arrodillado se doblaba sobre sus propias piernas y dormía con el sombrero blanco y el brazo izquierdo cubriéndole el rostro. Atrás, una mujer envuelta en una manta dormía sentada mientras su hijo se recostaba en su hombro. Y al frente otra mujer, arrodillada y descansando sobre sus pantorrillas, dormía recostando su cabeza y hombro izquierdo sobre un muro. Su hija reposaba de medio lado sobre su regazo. Ambas tenían el pelo negro y lacio, ojos cerrados y rasgados, y rostros redondos de narices amplias. Vestían idénticas blusas blancas de manga corta y cuello redondo y faldas largas. Esta última mujer, aunque dormía con su cabeza caída hacia el muro, alargaba su brazo derecho y abría su mano para pedir limosna. Sus bíceps y antebrazos eran torneados y fuertes. Su mano, ancha.
 

La obra, conmovedora y perturbadora a la vez, era “El sueño de los pobres (Madre proletaria)” (1932) de Diego Rivera. La observé por largo tiempo mientras reflexionaba. Ha pasado un siglo desde la Revolución Mexicana. Han transcurrido ochenta y seis años desde que Rivera grabó esa obra en particular. Pero quizá hubiera podido grabarla la semana anterior en una esquina de Oaxaca.¿Qué ha cambiado en México? ¿Cuál es el “sueño” de los pobres hoy? ¿Recibir unos pesos en su mano? ¿Emigrar? ¿Reconstituir su sociedad?

Recordé el título del panfleto que había recibido del Movimiento Oaxaqueño La Lucha de los Excluidos en las protestas del magisterio en Oaxaca: “Las causas de porqué estamos tan pobres los trabajadores mexicanos del campo y la ciudad”. Sin tener yo bases para formarme un criterio político, sabía al menos que esos activistas no sólo sueñan, sino que se organizan y trabajan por mejorar su situación social. El título de Rivera me molestaba por parecerme de humor sardónico o de sarcasmo inoportuno. Pero la obra sí planteaba un problema genuino: ¿cuál es el sueño de los pobres para sí mismos, para su propia sociedad?

Yo no tenía respuestas a mis preguntas pues apenas empezaba a presenciar una realidad social y política muy compleja. Pero comprenderla mejor me importaba, para saber cómo actuar de forma ética, e incluso para analizarla con mis estudiantes en Brooklyn que encuentran sus raíces en la gran región mesoamericana y quieren saber cómo relacionarse con ella. Se iniciaba así un proceso de reflexión filosófica genuino y vital, nacido de la experiencia.

Photo Credits: Diego Rivera, El sueño (La noche de los pobres)/Sleep (The night of the poor), 1932. Lithograph, 22 5/8 x 15 7/8 inches. Collection of the Madison Museum of Contemporary Art. Gift of Rudolph and Louise Langer. © 2013 Banco de México Diego Rivera Frida Kahlo Museums Trust, Mexico, D.F. / Artists Rights Society (ARS), New York.