by Samaria Márquez Jaramillo

La fantasía es indispensable, como emoción, en la construcción social

Francisco Cajiao Restrepo*

*Estudió Comunicación Social, Consejería y Relaciones Humanas. Es licenciado en Filosofía y Magister en Economía. Fue rector de las universidades Distrital y Pedagógica, Secretario de Educación de Bogotá, consultor de Ministerios de Educación de América Latina y Europa, así como de la Organización de Naciones Unidas. Autor de varios libros sobre pedagogía. Tiene una columna en el periódico El Tiempo. Actualmente es rector de la Fundación Universitaria Cafam.


Durante mucho tiempo el mundo de la fantasía se ha asociado con el pensamiento infantil o con la ciencia ficción, pero no es corriente tomarlo en serio cuando se trabaja en el terreno de la educación, la economía, la ciencia, la cultura y muy especialmente con el desarrollo social.

Sin embargo, cualquier construcción social que no cuente con una fuerte dosis de pensamiento fantástico suele caer en la aridez de esos diseños tecnocráticos incapaces de convocar a la solidaridad y la acción a través de emociones que den significado a las tareas concretas del desarrollo.

Al pensar en la educación es imposible prescindir del pensamiento fantástico. Tanto quienes planifican el sistema educativo de un país o una ciudad, como los maestros y maestras que se enfrentan día a día con sus pequeños aprendices necesitan tener la capacidad de ver más allá e imaginar los mundos posibles que la población joven logre conquistar. Dentro de cada niño sentado en un aula puede estar en modo espera un músico, un físico, una bióloga, un bailarín, una gran dirigente social, un genio de la arquitectura o un gran escritor. ¿Quién sabe? La tarea de los educadores es despertar esos talentos y luego alimentarlos cuidadosamente, ellos necesitan el apoyo de toda una sociedad que respete la semilla, la valore, la cultive, la estimule.

Dice Harvey Cox, un destacado teólogo protestante: ” El rebrote de la fantasía, junto con el de la actitud festiva, es esencial para la supervivencia de nuestra civilización, incluidas sus

instituciones políticas. Pero la fantasía no puede estar uncida plenamente a un programa político particular. Cuando la fantasía no es domesticada por las correas ideológicas ni se vuelve  irrelevante a través de la idiosincrasia, puede inspirar nuevas civilizaciones y poner los imperios a sus pies.” Desafortunadamente, parece que esta dimensión del ser humano que le permite imaginar mundos más allá de lo inmediato se ha ido perdiendo en un fango de desesperanza. En realidad, no parece haber líderes capaces de convocar a grandes proyectos y aventuras colectivas. Esto se ve, por ejemplo, en la forma como fue propuesto el proceso de paz: una gran aspiración vacía de contenido y de convocatoria colectiva. Parecería que bastaba buscar un estado de cosas donde la gente no se mate, pero los  años que han pasado muestran que no es suficiente.

Ni el gobierno, ni la guerrilla, ni los paramilitares representan ninguna fantasía social que el pueblo quiera comprar: nada se dice de más justicia social, de nuevas oportunidades de distribución de la tierra, de mejores formas de organización política, de acabar con el reino de quienes de manera prolongada y sistemática han saqueado las arcas públicas y usado el poder en su provecho…Nada.

No hay una propuesta brillante para la nueva generación, no hay amplias invitaciones a los jóvenes para desplegar su talento a través de centros de ciencia y tecnología, de centros de producción cultural, de publicaciones, nada. Llevamos años de batallar y matarnos por una paz chiquita, una paz sin fantasía y sin esperanza. La gente, el ciudadano común esperaron  que Tirofijo y Pastrana hicieran la paz, pero no se supo qué podría  hacerse, fuera de rezar para que se pusieran de acuerdo. En la espera de la paz  poco cambi en la mente y en el corazón de cada ciudadano.

 

Pero siempre hay tiempo para retomar el rumbo y la mejor oportunidad se presenta para los nuevos mandatarios regionales y municipales que pueden convocar a su gente alrededor de grandes ideas, de grandes proyectos que permitan aprovechar la fantasía de los niños y los jóvenes para iniciar la construcción de una paz con sentido y con acción. Es la oportunidad de contar con el esfuerzo y la consagración de miles de maestros y maestras que pueden ayudar a dibujar el país que sus alumnos desean.  Basta preguntarles, tomar nota y comenzar a construir las nuevas utopías.