by Samaria Márquez Jaramillo

«En algún momento nos exiliamos de eso que llamamos naturaleza»

Por Federico Kukso *

*  Es un periodista científico argentino especializado en historia de la ciencia. Es autor de los libros Odorama: Historia cultural del olor, Dinosaurios del Fin del Mundo, Todo lo que necesitas saber sobre ciencia y El baño no fue siempre así. Kukso estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente se especializó en historia de la ciencia, STS (Science and Technology Studies) e historia de la ciencia ficción en la Universidad de Harvard y en el Massachusetts Institute of Technology. Fue editor de ciencia en el suplemento “Futuro” de Página/12, a cargo del escritor Leonardo Moledo. Desde 2010 fue subeditor de la sección «Ideas» en la revista cultural (Clarín)  Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para medios como La Nación, Le Monde Diplomatique, Brando y Agencia Sinc (España), Tec Review (México), entre otras publicaciones. Es integrante de la Red Argentina de Periodismo Científico.

 

El filósofo Capanna, ensayista e historiador de la ciencia ficción traza una genealogía de la idea de naturaleza: «Hay que mirar los cambios de las matrices espirituales, para entender una época,»  dice.

Lejos de la ficción y más cercano a nuestro presente con sabor a mañana, Pablo Capanna no emite predicciones pero conoce bien el futuro. Considerado uno de los más importantes historiadores de la ciencia ficción, este filósofo lleva décadas explorando los sueños y pesadillas del porvenir como lo hizo en su ya clásico libro, El sentido de la ciencia ficción, de 1967.

Sin despegar un ojo del siempre anhelado mañana, este ensayista prolífico y verdadero erudito del siglo XXI navega desde hace décadas en el magma de donde emergen las ideas de una época. Inmune al encandilamiento de las novedades, examina las interpelaciones de la ciencia: Historias secretas de la ciencia, y Conspiraciones: guía de delirios posmodernos.

En sus ensayos, Capanna hace frente a las grandes preguntas de la filosofía, la historia, la ciencia, de la existencia humana. «Lo que yo intento hacer es un trabajo de síntesis -dice quien fue también colaborador de míticas revistas de ciencia ficción y literatura fantástica: El Péndulo y Minotauro, allí dice: “Hoy se habla mucho de la interdisciplinariedad pero casi todos describen y analizan moléculas, átomos de realidad, y no van más allá de eso. Yo, en cambio, busco conectar los tejidos, las estructuras que vinculan las ideas. Quizás sea una locura pretender tanto, pero creo que es algo que está haciendo falta en estos momentos. Una de las consecuencias trágicas de la híper-especialización es la pérdida de una visión integral de los procesos.»

Las respuestas de Capanna a las siguientes preguntas, nos llevan a situarnos como especie, a buscar el puesto del ser humano en el cosmos :

A lo largo del tiempo la naturaleza se nos presentó con distintos rostros. ¿Cuáles fueron las principales concepciones que tuvimos de nuestro ambiente?

—Fue vista como madre, diosa,  insumo inagotable y hoy como entidad caprichosa. Los antiguos griegos veían a la naturaleza como creadora. En el siglo VI a. C., los pensadores presocráticos fueron los primeros en cuestionar que los rayos y los truenos fueran consecuencia del enojo de los dioses. Ellos veían la naturaleza como un elemento vivo, eterno, una fuerza generadora continua: La naturaleza, entendida como una fuente de crecimiento y cambio, la madre de los hombres y también de los dioses, era la fuerza que estaba detrás de la génesis del cosmos. Los judíos, en cambio, la concibieron como criatura, como obra de Dios. Ninguno de esos pueblos pensó en hacerla depender de la voluntad y el deseo humanos. 

Con la Ilustración, en el siglo XVIII, la razón fue coronada como vía principal de conocimiento. ¿Qué efectos tuvo?

—Con el auge de la ciencia moderna, la naturaleza ya había comenzado a ser vista en términos mecánicos. Era un autómata, una máquina cósmica cuyo funcionamiento no necesitaba ya de intervención divina. Si la naturaleza era una máquina, entonces se podía conocer su mecanismo. Para autores como Voltaire, la naturaleza era una fuerza cruel e irracional. Pero aun así era sabia. La insensatez, decía Jean-Jacques Rousseau, corría por cuenta de los hombres, que se empeñaban en violar sus leyes. Nada más actual que ese debate.

¿La naturaleza empezó a ser desencantada?

—Sí. Con la Revolución Industrial, en su apogeo en el siglo XIX y su imparable destrucción del paisaje natural, la veneración por la Madre Naturaleza se fue extinguiendo y pasó a ser tema exclusivo de filósofos y poetas como Friedrich Schellling y Ralph Waldo Emerson. Al ritmo de la gradual desintegración de los mitos, el proceso de desencantamiento moderno de la naturaleza acabó de consumarse con Charles Darwin y Alfred Russel Wallace cuando, desde dos rincones alejados del mundo, propusieron al unísono el mecanismo de la selección natural como rector de la vida.
Nuestra visión actual de la naturaleza, sin embargo, está más cerca de la versión bucólica e ingenua: La naturaleza según Disney.
—Nuestro contacto con la naturaleza es cada vez más lejano, cada vez más indirecto. La publicidad ahora moldea nuestra visión de ella. Se enfatiza un falso retorno a la naturaleza, cuando nuestra idea de «lo natural» es una construcción cultural. Perdimos el acceso directo a la naturaleza. Los zoológicos y parques ecológicos de alguna manera funcionan como un oasis en las ciudades, un recuerdo de aquello que llamamos naturaleza y que perdimos. La conocemos a la distancia, a través de visiones distorsionadas. En los documentales se antropomorfiza a los animales. Se los bautiza y se les asigna cualidades de personas; se los retrata como buenos y malos, como depredadores insaciables y víctimas inocentes.
Pero de algún modo nuestra relación con el ambiente siempre estuvo mediada por la técnica.

—Sí, pero nuestro contacto con lo natural ha llegado hoy a ser casi nulo, al menos para quienes habitamos en ciudades. Algunos teóricos hasta proponen la abolición del concepto mismo de naturaleza, teniendo en cuenta que la actividad humana ya ha intervenido el planeta entero. En la prehistoria la vida del ser humano estaba entretejida con la trama de todo lo viviente. No se diferenciaba del mundo animal. En algún momento nos exiliamos de aquello que llamamos naturaleza. Empezamos a pensar en la naturaleza como aquello que no es humano. Hace doce mil años, con el inicio de la agricultura, la domesticación de animales y la construcción de las primeras ciudades, el cielo y la tierra se distanciaron. Cuando la ciencia heredó el prestigio de la religión y la técnica comenzó a controlar las fuerzas físicas, se hizo imperativo distinguir lo natural de lo artificial. El poder transformador de la tecnología en su momento pareció ser el instrumento que le permitiría al ser humano emanciparse de la naturaleza.

La ciencia actual refuerza nuestra concepción de control de la naturaleza: manipulamos el genoma y jugamos con átomos. ¿Cómo influye eso en nuestro imaginario?
—La ciencia ha sido el mayor fruto de la modernidad. A pesar de la hegemonía cultural que se ha ganado, el puesto que ocupa la ciencia en la cultura es un tanto ambiguo. Mientras por un lado parece autorizar nuestras fantasías de omnipotencia, por el otro nos recuerda una y otra vez nuestra irrelevancia en el universo.
¿Por qué cree que persiste en este campo una visión teleológica?
—La historia de la ciencia, tal como la vemos, muestra cómo acomodamos nuestra memoria para apuntalar el paradigma vigente. Se la presenta como una secuencia progresiva de descubrimientos e innovaciones, abstrayéndolas de su contexto

sociocultural, como si cada paso anticipara el siguiente en un proceso acumulativo, lineal, inevitable. Pero no todo es tan claro. Figuras estelares como Isaac Newton, Robert Boyle y Gottfried Leibniz, lejos de ser santos de la Razón, practicaban la alquimia. El matemático Blaise Pascal tuvo una visión mística. Hay un repertorio de figuras y eventos que nos sugieren que la historia, y la historia de la ciencia en especial, no avanzan progresivamente. No es que antes fueran más tontos porque tenían menos información y que nosotros seamos decididamente superiores. Más bien lo que se ve que es que cada tanto ciertas corrientes irrumpen como modas, dominan por un tiempo el panorama cultural de la época y acaban por quedar eclipsadas, ya sea porque cambia el eje del poder, o bien cambia la composición de la clase pensante.
¿Y esto ocurre también en la historia de la idea de naturaleza?
—Sí. Las periodizaciones de la historia suelen ser completamente arbitrarias. No se las cuestiona como se debería. Desde nuestro presente segmentamos el tiempo como si las transformaciones políticas, sociales y culturales se dieran en todas partes al mismo tiempo y con el mismo ritmo. Proyectamos sobre el pasado los intereses de hoy. Construimos genealogías lineales para que de una u otra manera todos los procesos desemboquen en nuestro presente. Por ejemplo, la idea del Renacimiento implica que algo murió y luego renació, y que eso ocurrió simultáneamente en todos lados. En realidad en la historia abundan más las transiciones que los saltos, y son muy comunes los reacomodamientos.

¿Es consecuencia de nuestra visión lineal del tiempo?

—Es posible. La metáfora fluvial es la que más se ha usado para aludir al paso del tiempo y al curso de la historia, como si ésta fuera unidireccional y sincronizada. Pero así no suceden las cosas. Por eso prefiero pensar el devenir de las ideas valiéndome de otro tipo de metáfora, una metáfora geológica. En lugar de corrientes y flujos históricos, prefiero pensar en términos tectónicos: ver las mudanzas de las matrices espirituales con las cuales concebimos nuestra relación con el mundo como si fueran placas continentales en continuo deslizamiento. Como la corteza terrestre, el presente parece firme pero tiene movimientos imperceptibles. Los cambios culturales son mucho más lentos que los políticos y económicos, pero más radicales. Así podemos ver grandes crisis, tales como la decadencia del mundo antiguo, la disolución de la cristiandad medieval o el nihilismo posmoderno, como choques entre placas tectónicas. En un momento una matriz ideológica es desplazada, aunque en otro tiempo quizás vuelva modificada. La velocidad de los movimientos de esta «tectónica histórica» es imperceptible. Únicamente es posible apreciarlos tomando cierta distancia temporal. Si pensamos en la alternancia de las grandes matrices espirituales, podremos entender mejor el momento que nos toca vivir.

¿Cree que la histeria global producida en los años 80 por el agujero en la capa de ozono, el miedo ante la lluvia ácida y la pesadilla de una hecatombe nuclear modificaron nuestra concepción de la naturaleza?
—La pusieron en tensión. La principal novedad ideológica y política de las últimas décadas fue el ecologismo. Muchos de los daños que causamos como especie sobre el planeta, ya sea extinciones masivas, contaminación y alteración de los ecosistemas son vistos ahora como el costo de un bienestar al cual no estamos dispuestos a renunciar. Quizás el miedo que provoca el calentamiento global nos lleve a un cambio de actitud, si no es aún demasiado tarde.
Biografía
Pablo Capanna nació en Italia en 1939 y se radicó en la Argentina a los diez años. Es filósofo, docente y ensayista. Se ha dedicado al análisis teórico de la ciencia ficción en distintos libros, así como a analizar los cruces entre ciencia, cultura e historia. Acaba de publicar Natura. Las derivas históricas (UNQ).