by Samaria Márquez Jaramillo

Merlín en México

Por Javier Cortines

  Merlín, tras colarse de polizón en un barco pirata, arribó a las costas de México, a un pueblo pesquero cercano a Acapulco. Mientras esperaba un autobús para ir a la capital, sacó del bolsillo un libro: “Asklepios”, de Miguel Espinosa. Poniéndose un puño en la mandíbula subrayó en rojo este pasaje:
  El amor hacia el pueblo, como encarnación de la inocencia oprimida, ultrajada y expoliada por las clases gobernantes, es una forma de manifestarse la ternura. No solamente entre griegos, sino también entre bárbaros.
  Cerró un rato los ojos y meditó acerca del destino y de la gran deuda que tiene nuestra patria cainista con México, país que acogió con los brazos abiertos a numerosos exiliados de la guerra civil española.
  Se acercó a un puesto ambulante y bebió varios tequilas para matar el tiempo. Las moscas se posaban insistentemente en su nariz y orejas. Dos niños desnudos se le acercaron y le pidieron una moneda. El mago les sopló en la frente y les cubrió con un manto de rosas. Llegó el gusano acatarrado y buscó un asiento cerca de la ventanilla para ver el paisaje. A su lado iba una señora con una cesta de huevos y un puñal en la cintura. Dijo que era pacifista pero que lo llevaba por si acaso. 

  Tras una eternidad y varios cambios de transporte Merlín llegó, bien cargado de tequila, a la Ciudad de México. A simple vista le pareció una metrópolis caótica y hechizante. Miles de coches y autobuses viejos hacían sonar sus bocinas para salir de los atascos que provocaban los caballos o carros tirados por burros.
  Tomó “un microbús turístico” y la conductora, una señora encorvada de unos ciento cincuenta años que hizo de extra en tres películas de Buñuel y en su adolescencia posó como modelo para Francisco de Goya, le entregó un panfleto electoral pidiendo el voto para el candidato a la presidencia Adolfo Ruiz Cortines, personaje que en “su mocedad” fingió que estaba muerto “para ablandar a los padres de una novia prohibida”, truco que funcionó cual vaselina. ¡Ay! suspiró la anciana: “la juventud es locura, la madurez lucha y la vejez lamento” ¡Viva la revolución!

 Atravesó barrios nobles de espléndidas mansiones tapizadas con bugambillas y parques habitados por árboles de todo el mundo. Se bajó en el casco histórico y escrutó la Plaza de la Constitución y el Palacio Nacional (patrimonio histórico de la humanidad). Este último edificio tiene famosos murales de Diego Rivera que describen la larga historia de México a través de miles de personajes que fueron pintados entre 1929 y 1945.
  Inexplicablemente Merlín se puso triste y, frunciendo el ceño, se fijó con pesadumbre en las ruinas aztecas del Templo Mayor. Después, descendió hasta el bosque de Chapultepec y su mente voló a la época prehispánica, cuando la Ciudad de México tenía el nombre de Tenochtitlan
  Merlín notó como los ojos se le humedecían. Cubrió su cuerpo con un poncho y se tapó el rostro con un sombrero de mariachi. Después se sentó, apoyando la espalda contra un árbol y, como pasando por un portal del tiempo, observó una escena terrible entre Moctezuma y Hernán Cortés:

  Vio a Moctezuma con el torso cubierto con la piel de un jaguar e inclinándose ante Hernán Cortés. El emperador confundió al centauro con un descendiente de Quetzalcoalt, considerado por los aztecas el Creador del Mundo y el Dios del Viento. Le ofrecía en un cuenco de oro una taza de chocolate y le entregaba veinte doncellas hermosas, entre ellas la malinche, Marina, la mujer que traicionó a su pueblo.

  Cortés decía a Moctezuma: los españoles tienen una enfermedad del corazón que sólo se cura con oro.

      

  El Emperador azteca le contestaba: ya os habéis comido todo el oro. Aunque la nieve de todas las montañas del mundo fuera de oro y os lo entregara, no tendríais bastante. Vuestro apetito es insaciable.
  Esa conversación ocurrió poco antes del 29 de junio de 1520, cuando Moctezuma murió a causa de las pedradas que le lanzó su propio pueblo por traidor o tras recibir varias puñaladas de la guardia pretoriana de Hernán Cortés, hecho que todavía es objeto de discusiones académicas.
  Se incorporó Merlín y fue andando hacia la Plaza de Garibaldi. Torció por una callejuela y entró en un restaurante de vivos colores, “El Frijol” donde dos niños y una niña vestidos de mariachis cantaban tratando de emular a Jorge Negrete.

  Merlín esperó a que terminase la actuación y les invitó a tomar unos tacos. Los pequeños, impresionados por el aspecto resplandeciente del Mago, aceptaron encantados y pidieron al dueño del local, Pedro, que añadiese unos frijoles al aperitivo.

  El viajero preguntó, tras beberse de un trago un chupito de tequila, ¿habéis oído hablar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?
  El pequeño llamado Frijolito, que parecía muy espabilado, dijo: “Mira, señor grandote. Yo sólo he oído hablar de los seres humanos. Mi madre, Margarita, dice que hay seres humanos y animales. Nosotros pertenecemos al primer grupo, a los seres humanos.”
  La niña, de nombre Dulce, dijo: “tu cara me suena. Creo que te he visto en una película ¿Puede una persona existir en el cine y la realidad al mismo tiempo?
Merlín sonrió y dijo: “Eso lo comprobarás más adelante”.
  Después, el tercero del grupo, que se presentó como Toño, confesó que quería ser novio de Dulce, provocando un enfado momentáneo de Frijolito, y reconoció que no tenía ni idea de la Declaración Universal.

  El “giróvago” pidió otro tequila y les preguntó: ¿Sabéis leer?
– “Claro que sí”- respondieron los tres al unísono, arrancando la sonrisa de Pedro, hombre de aspecto bonachón que estaba más gordo que un hipopótamo.
  Entonces Merlín sacó un pergamino con los treinta artículos de la Declaración Universal. Tras hacerles un resumen, que jamás olvidarán, Frijolito leyó en alto el artículo 28 que dice:
  “Todo el mundo tiene derecho a vivir en una sociedad nacional e internacional en la que todos los derechos y libertades establecidos por la Declaración Universal sean respetados”.
  En ese momento las letras de la Declaración Universal refulgieron con destellos de oro y Merlín desapareció envuelto en un aura de misterio.

 

  Ya en la calle, a unas veinte cuadras del Frijol, vio un templo azteca de una belleza deslumbrante y entró en su interior. 
  En su sala principal, que irradiaba una mágica luz que parecía de otro mundo, vio a niños de Palestina , Israel, Estados Unidos, Irak, Rusia, China, Vietnam, Cuba, Gran Bretaña, España, Brasil, Portugal, Italia, Alemania, Chile, Argentina, Rojava, Armenia,Venezuela, Nicaragua, Bolivia, serbios, bosnios, sunnitas, chiitas, judíos, protestantes, cristianos, ateos, blancos, negros, amarillos y aceitunados, todos más sabios que los presidentes de sus países, tejiendo la bandera de un nuevo mundo sin fronteras.
  Merlín llamó a un niño francés, llamado Paris, y le llevó a un lugar del templo en donde había una especie de sagrario con una puertecilla de oro. 
  – “Toma esta llave”- dijo Merlín a Paris-. Ahí dentro hay dos tesoros: Uno es un libro: “El Rey de la Montaña”. Y el otro es un símbolo de la victoria sobre la necedad y la ignorancia. Un arma que sólo se puede utilizar con el corazón y la mente limpia. Abre esta puerta cuando estés preparado.” 
  Paris no hizo preguntas. Sobre las cubiertas del ´Rey de la Montaña´, descansaba, como algo enviado por el Cielo, la Espada Excalibur.

[1] Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) fue un gobernante austero que jamás aceptó ni regalos ni sobornos. Durante su mandato, el 3 de julio de 1955 las mujeres mexicanas sufragaron por primera vez en unas elecciones federales. Se retiró de la política en su patria chica, Veracruz, donde llevó una vida sencilla, reuniéndose con sus viejos amigos en un acogedor café, donde jugaba con ellos a las cartas y al dominó. (Este escriba, descendiente de griegos y bárbaros, tuvo un bisabuelo de nombre Agustín Cortines, quien tenía cinco hermanos, uno de ellos se llamaba Diego, de este último desciende Adolfo Ruiz Cortines (Veracruz, 1889-Veracruz, 1973).

[2] Los personajes de esta parte del relato están sacados de la telenovela mexicana “Amarte así, Frijolito”, emitida por Telemundo en 2005.

Nota: Este cuento, con algunas variaciones, forma parte del libro “El Regreso de Merlín y Otros Relatos” en los que el mago explica a niños y niñas de varios países La Declaración Universalde los Derechos Humanos.