by Samaria Márquez Jaramillo

Por qué no te callas o La Corona del Rey Elefante

La caída del Rey Emérito y el Temor a la III República

Javier Cortines 

Con oro amarillo y trozos blancos de jade comprábamos canciones y risas  y, ebrios, meses y meses, nos burlábamos de reyes y príncipes. Con nosotros estaban los más sabios, los más valerosos entre los Cuatro Mares, hombres de pensamientos tan altos como las nubes…

Li Po o Li Bai (701-762)

En el diario “Conversaciones en el Café Columbus”1 (de Cartagena, Murcia), hay varias páginas, fechadas el 2 de junio de 2014 (y jornadas siguientes) en las que cuento cómo se vivió en mi colmena la abdicación de Juan Carlos I.  Es un relato de la calle, mí preferido, pues es allí donde se toma el pulso al pueblo. El lenguaje de la gente llana está vivo, palpita y excluye el manoseado “argumento de autoridad” (p.j. citar a Platón para colar una idea propia).

 
Cartagena, 2 de junio, temperatura 23 º, cielo azul, mar en calma
Hicham, el camarero marroquí del Café Columbus, aumenta el volumen de una radio que hay en una estantería que se encuentra detrás del emparrado de jamones. Se escucha la inconfundible voz del presidente Mariano Rajoy. Dice que el rey Juan Carlos I ha abdicado. Que mañana habrá un consejo extraordinario de ministros y que muy pronto – se entiende que para que no haya un vacío de poder- será coronado su hijo, el príncipe Felipe.

Nada más oír la noticia salgo a la calle y se lo comunico a Félix Sánchez (el dueño del local, fundado en 1932) que está sentado en una de las mesas de la terraza. Son algo más de las 10:30, hora del comunicado de Rajoy.

– Sí, ya me he enterado. ¿Por qué crees que se habrá ido?, me pregunta el hombre, que frisa los setenta, con transistor en mano.

– Me imagino que por problemas de salud- le contesto.

– Debe ser eso. Últimamente le he visto muy mal.

Luego hablamos de lo fatal que está la monarquía y de lo rana que les salió Urdangarín.

– No lo entiendo. Un deportista de elite. Un muchacho alto, guapo, de buena familia, casado con una princesa. En fin, un privilegiado que lo tiene todo ¿cómo se le ha ocurrido ensuciarse hasta el cuello y dejar tambaleándose a la monarquía?, remarca indignado Félix.

– La avaricia rompe el saco- contesto.

– A ver cómo lo hace ahora el príncipe, puntualiza dudando de sus capacidades como timonel.  

– Yo conocí a Letizia- le digo a Félix.

– ¿Cómo? ¿Dónde? – me pregunta.

– Cuando trabajaba en la Agencia EFE ella vino a hacer prácticas en el verano de 1997. Me caía muy bien. Era una chica muy maja. Tengo muy buen recuerdo de ella. Solía venir a mi mesa y charlábamos de literatura y periodismo. Aquel año me nombraron delegado en China e invité a una fiesta de despedida, que se celebró en una bodega de La Mancha2, a varios colegas, incluyendo, por su puesto, a Letizia Ortiz.

– Se meterán con ellos. Intentarán destruirlos. Ahora cada día hay más republicanos. A ver cómo lidian con vascos y catalanes. El país está medio sublevado. Si a todo ello unimos la crisis y la corrupción, no se augura nada bueno- resalta Félix.

– Sí, hay muchas bombas de relojería que pueden estallar en cualquier momento- enfatizo.

Ya en la calle me imagino a Letizia luciendo la corona de reina y me siento feliz. La tenía mucho cariño, sentimiento que era recíproco, creo, y siempre he deseado lo mejor para ella.

No importa que su marido Felipe VI acabe como Pu Yi, el último emperador de China, eso es ya otra historia que escribirán las tribus del futuro. 

En el camino de regreso a casa, me vienen a la mente las fotos que publicó la prensa española, en abril de 2012, del rey posando, junto a un chaval de pantalones cortos, al lado de un elefante muerto que abraza con sus colmillos el tronco de un árbol africano. 

 Me dijo Jesús Munárriz (el responsable de Ediciones Hiperión), tras recabar opiniones de su hija, amigos y las redes sociales, que hay gente mayor que no da mucha importancia a los safaris del rey, pero que la juventud, cada día más sensible con el maltrato a los animales, está enfadadísima con el monarca y ya no está dispuesta a perdonarle que haya matado a un animal tan noble y en vías de extinción que de alguna forma es un símbolo de la supervivencia del planeta tierra.  

Cartagena, 3 de junio del 2014, temperatura, 24º, cielo azul, viento fresco, ligero oleaje 

En la barra del Café Columbus sólo están Félix Sánchez y el camarero marroquí, Hicham. El propietario está un poco abatido, parece que le ha afectado mucho la abdicación del monarca. Le veo reticente a iniciar una conversación. A pesar de su decaimiento, canta, al igual que los españoles cuando algo va mal, y se mueve inquieto de un lugar a otro.

El televisor pequeño del salón está apagado, pero se ve la muda imagen de Juan Carlos I leyendo el esperpéntico comunicado. Una línea escueta dice: El rey renuncia al trono de España. Félix Sánchez, que presiente lo peor, no quiere escuchar y enciende la radio para intentar distraerse con la emisora Kiss FM, especializada en canciones de los años setenta, españolas e internacionales.

Félix teme que llegue la III República y que España salte en pedazos. Una vez, tras analizar los graves problemas e injusticias que viene sufriendo el país durante los últimos años -lo que se ha agravado con la crisis-, me dijo lacónicamente: ¡Ojalá que no haya sangre! Con esa sentencia resumió todos sus miedos y preocupaciones.

Yo creo que la monarquía tenía sentido en tiempos remotos cuando algún héroe salvaba a su pueblo de una catástrofe y era divinizado. Cuando alguien inventaba algo útil para la humanidad, como la rueda o la escritura, y la gente premiaba a ese ser mítico, etc. Pero ahora ¿qué sentido tiene mantener a una casa real con innúmeros lacayos, niñeras, jardineros, cocineros, masajistas, portavoces, aduladores, carroñeros de la prensa rosa, etc.? 

Con el “por qué no te callas” (sentencia grabada en la memoria colectiva de España y América Latina) suenan en mi memoria estos versos de Li Bai:

Con oro amarillo y trozos blancos de jade comprábamos canciones y risas y ebrios durante meses y meses, nos burlábamos de reyes y príncipes. Con nosotros estaban los más sabios, los más valerosos entre los Cuatro Mares, hombres de pensamientos tan altos como las nubes…

 

1 Los interesados en echar una ojeada al diario pueden seguir la ruta de este enlace “Conversaciones en el Café Columbus”.  Es el primer título que sale en el apartado de libros gratis. El texto es un extracto de la pág. 53 y sigs. 

2 Bodegas Brujidero, sitas en el pueblo manchego de Villanueva de Alcardete (Toledo). Su dueño, Antonio Gallego Herreros, de 80 años y 130 kilos de peso, es conocido como el Apóstol del Vino. En su topografía se funden, por dentro y por fuera, Don Quijote y Sancho Panza. Es muy posible que llegue al próximo, próximo milenio, gracias a los cuidados de su mujer, la doctora brasileña-japonesa Miwa Hattori, especializada en medicina psicosomática.