by Samaria Márquez Jaramillo

EL ADN Y CÓMO HACER INAGOTABLE LA INSPIRACIÓN LITERARIA

Julio Mateos Montero

Analogía y totum revolutum materialista sobre la creatividad

A mediados de los años sesenta, un profesor de Genética nos enseñaba, con espléndida autoridad científica y pedagógica, los misterios del ADN, el funcionamiento de la meiosis, y su asombrosa potencia de producir la innumerable variedad de formas de vida sobre la tierra. La estructura de la maravillosa cadena retorcida era un descubrimiento que se había producido pocos años antes, en un laboratorio de Cambridge, en 1953. Teniendo en cuenta que el capital hallazgo de Watson y Crick no se difundió de forma inmediata y solo a raíz de que recibieran el Premio Nobel en 1962, aquello que llamaban la “molécula de la vida” empezó a ocupar un lugar modesto en la prensa española general y en la especializada.
En la atrasada cultura académica española de 1965 –aún pleno franquismo– el retraso era aún mayor. Solo contemplando detenidamente ese contexto se puede apreciar el carácter pionero y el conocimiento preciso y directo que tuvimos la suerte de recibir en las clases del profesor Don Fernando Galán Gutiérrez. Él nos dijo –lo recuerdo bien– más o menos estas palabras: «Miren ustedes: el ácido desoxirribonucleico contiene mucha más fantasía y retos para nuestra imaginación que toda la Iliada y la Odisea juntas. Y aún mucho más».

No es que el profesor infravalorase esas obras clásicas, pues era un científico de robusta formación humanista, formado en la Institución Libre de Enseñanza que conocía junto a otros idiomas el griego antiguo. Pero voy rápidamente al asunto central de estas páginas. La comparación entre el ADN y las obras literarias ha venido a mi mente con alguna frecuencia y ha contribuido a generar ideas sobre los límites y posibilidades de la imaginación literaria y, en general, de todo tipo de creadores en cualquiera de las bellas artes u otras materias de conocimiento. Una de las habituales obsesiones del escritor es alcanzar supremas cotas de originalidad; la consecución del título de genio; la búsqueda de la creación, dar a la luz cosa inédita, única, irrepetible y, en fin, con todos los rasgos que definen la distinción. Recuerde el lector que el “Gran Creador es Dios”, el gran Productor desde la nada.

Las mitologías creacionistas son los cimientos de toda creencia religiosa. Un poco al margen, apunto un tropezón lingüístico que siempre me ha parecido tan desvergonzado, mentiroso y tan poco inocente, como fácilmente deglutido por el lenguaje de uso dominante: el empresario, el patrón, es el creador del trabajo asalariado. Las empresas –insisten- son las que generan el empleo. Una jugarreta en el uso de las palabras que, por otra parte, nos permite seguir hurgando en los intestinos de nuestro problema: la cosa de la creación original es cosa de poder. ¿O no?: dioses, tribunos, patronos, curas, padres, maestros, artistas y hasta modistos. Cuanto más poderosos más creativos.
Y no hablemos del intelectual de cualquier rama que en la cúspide de árbol más alto del bosque se golpea el pecho, señalando su yo, como creador de ideas y artefactos para la expansión del saber. Dicen que se dice en el Eclesiastés: «Vanidad de vanidades. Todo es vanidad…» Ya sabemos que, con cierta contención de la vanidad, hay autores que admiten y defienden de buen grado que de la nada no puede salir nada, que las criaturas de su invención proceden, en primera o enésima instancia, de anteriores entes culturales. En todo caso, para justificar el acto inventivo del artista o intelectual se dispone (disponemos) de otra ambigua palabra: inspiración.

¡Cuánto juego ha dado esa palabra para que la imagen de genio no queda ensombrecida!. Pero también es cosa conocida que inspiración proviene del teologal concepto que la RAE recoge como «Ilustración o movimiento sobrenatural que Dios comunica a la criatura». Sin ahondar más en figuraciones sobre las Musas y Prometeos, vuelvo al ADN para exponer ciertas “lecciones” que puede darnos una molécula de la química del carbono, muy larga pero sin “alma”; muchísimos átomos encadenados, con solo cuatro piezas que pueden disponerse de infinitas formas “a lo largo de su largura”. El caso es que el ADN no tiene ninguna inspiración, porque no la necesita, para desarrollar su enorme capacidad de creación. Pero tiene unos procedimientos, un modo de operar básico que las inexorables leyes de la química orgánica convierten en un poder de creación fantástico, que dejaría a Zeus desesperado después de intentar procrear con todas las Musas. Vamos a ver las cosas que hace el ADN y de las que debe aprender el artista o escritor para seguir con tesón en el trabajo que le permite “atrapar la inspiración” (recordemos lo que al respecto dijo Picasso: la inspiración ha de llegarte cuando estás trabajando), el único camino que permite manufacturar un producto, incluso los más originales y dignos de admiración. Pero esta explicación, que remite al esfuerzo y persistencia de la atención mental nada tiene que ver con el aliento divino que, como era de esperar, se introducía en los inspirados por los orificios nasales.

El ADN tiene la capacidad de copiar, replicarse, duplicarse a lo largo de millones de años. Toda cadena de hoy, todo ser vivo existente, proviene de otro anterior. La histórica demostración de la inexistencia de la generación espontánea fue una primera lección inestimable para el artista o autor literario. Olvídese éste de contemplar atontado la página en blanco. Escriba lo que vea, oiga, lea. Replique, reproduzca, lo nuevo sobrevendrá sobre lo que existe o existió. En la larga serie de generaciones de cualquier especie durante millones de años, en las cadenas de ADN jamás ha habido interrupción o vacío. No hay salto sino una absoluta continuidad. La maravilla es que tal continuidad es la que gesta, precisamente, la ruptura y el cambio. El ADN al mismo tiempo que se perpetúa duplicándose, cambia las piezas, las recombina, se fusiona con otras cadenas e intercambia fragmentos dando lugar a otros productos genéticos fantásticamente desiguales. Un número enorme de ellos y cada uno inédito e irrepetible. Tal proceso se produce gracias a la reproducción sexual, a la fecundación y la meiosis.

El caso es que tanto una almeja, una ballena, unos nenúfares, un ser humano o un águila son resultados de una permanente variación en “pequeños detalles”, a veces mutando con más profundidad y sin resultados evolutivos previsibles. No hay fines escritos en el proceso evolutivo. Aquí quiero contradecir a Einstein diciendo que “Dios sí juega a los dados”, igual que sus humanos contrincantes cuando queremos apoderarnos del prometeico fuego. Todos los creadores son viciosos del azar. Por tanto el literato debería hacer lo mismo: su esforzado trabajo debería amasar porciones distintas de palabras e ideas preexistentes, quitando aquí y poniendo allá. Imágenes, sonidos y luces, recuerdos, relatos que vienen de muy lejos y se funden con susurros del presente; todo lo que una mente humana puede acumular (el cerebro, por cierto, es un producto más de la combinatoria y selección del ADN).

Añádanse que como materia prima cuenta el artista con todas las memorias escritas en papel o en cualquier otro soporte y código que quiera utilizar porque las tiene a mano. En esa labor encontrará inesperados hallazgos, afortunadas serendipias, que no salen de la nada sino que se encuentran cuando se rebusca pacientemente entre la tierra, cuando se mezclan. Más que genios imaginativos, la capacidad de creación artística requiere de adiestrados traperos, coleccionistas, cazadores de deseos y sensaciones, buscadores de recuerdos. Si seguimos sacando punta a nuestra analogía, y tenemos el capricho de creer en el valor de lo genial que puede darse en un artista, habría que plantear la analogía con los raros fenómenos de mutación en el ADN. De esta forma, manipulando sin tregua los legados culturales, la pluma del escritor podrá acercarse a las cotas de originalidad y de excelencia que legítimamente anhela. El ADN es una porción de materia organizada a nivel molecular que tiene el poder de desarrollarse hasta llegar a conocer (tener conciencia…¿?) de su propia historia, de su propia naturaleza.

Digamos que la materia ha llegado a pensarse a sí misma. NOTA sobre la ilustración del texto Salvador Dalí, quedó impresionado por el descubrimiento de la estructura del ADN. Muy tempranamente manifestó una admiración por la doble hélice que se fue convirtiendo en una obsesión mantenida hasta su muerte. Solamente tres años después de la publicación en Nature, Dalí pintaría su famoso cuadro Paisaje con mariposas o El gran masturbador en un paisaje surrealista con ADN. La historia es muy conocida. La admiración del pintor se extendía a los científicos descubridores a los cuales homenajeó en un importante catálogo artístico (Galacidalacidesoxiribunucleicacid).

Dalí y Watson cenaron juntos en Nueva York a mediados de los sesenta y hablaron largo y tendido. Quiero señalar que, tras el encuentro, Watson expresó sus impresiones y cuando he sabido de las mismas, me ha sorprendido la total coincidencia con ideas que he tenido en mente desde hace tiempo. Coincidencia en dos aspectos. Uno: que Dalí, amén de su valor como pintor era un hombre muy inteligente, atentísimo “desde fuera” a los grandes hallazgos de la ciencia y la técnica. Dos: que las conclusiones del pintor, en su particular interpretación del “poder” del ADN eran, precisamente, las contrarias a las del Dr. Watson y las de un servidor. Dalí pensaba que la existencia del ADN confirmaba la existencia de Dios