by Samaria Márquez Jaramillo

¿Qué es la muerte?

Flor Hernández Arellano*

*Mexicana,  médica conductual, psicóloga titulada con honores por la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, UNAM. Realizó servicio social en la Clínica Del Dolor y Cuidados Paliativos del Instituto Nacional de Cancerología (INCan). Ha ejercido como terapeuta en el Centro Social y Recreativo Leandro Valle DDF,  psicóloga en Hospice México .

La muerte es el final de la vida, o su interrupción, o lo contrario a la vida, según como se vea. Es algo inevitable, que los seres humanos tenemos en común con absolutamente todas las formas de vida, si bien cada una tiene sus propios lapsos de existencia. Sin embargo, sólo los seres humanos estamos conscientes de que, algún día, habremos de morir.

La muerte es la experiencia final de todos los organismos vivientes, aunque se puede producir más temprana o más tardíamente. En ocasiones se debe a accidentes vitales (encuentros con depredadores, participación en desastres naturales) y en otros a simplemente la enfermedad y el desgaste.

Es tan universal que la tomamos por metáfora también del fin de las cosas: la muerte de un imperio, la muerte de la civilización, la muerte del Sol. La muerte, vista así, no es otra cosa que el final, el término.

 

Aunque parezca sencillo diferenciar la vida y la muerte, no siempre es clara esa línea divisoria. De hecho, el punto de inicio de la muerte suscita debate entre los médicos, filósofos y científicos por igual. ¿Está muerto alguien que se encuentra sumergido en un coma eterno? ¿Está muerto alguien a quien el corazón se le detiene durante unos instantes en una mesa de operaciones? ¿Cuándo comienza la muerte exactamente?

La muerte es algo sumamente natural. Si la muerte no fuera inevitable, los organismos estarían sometidos a una competencia feroz por los recursos, o quizá ni siquiera habría vida en absoluto. Desde un punto de vista científico, la vida es un punto de equilibrio autosustentado en el que se mantienen las criaturas mientras sean capaces de tomar del medio ambiente lo que necesitan para ello.

La muerte es el aumento de la entropía o del gradiente de desorden dentro de los sistemas vivientes. Eventualmente, el desorden crece, y el sistema colapsa. Ocurre en todos los sistemas termodinámicos que la física es capaz de describir, y ocurre también con los seres vivos: eventualmente, decaen y mueren, y retornan al ciclo de la naturaleza toda la energía química y la materia que se hallaba acumulada en sus cuerpos.

Un gran depredador eventualmente también morirá, entregando su cuerpo fibroso y salvaje a las formas de vida más primitivas, que se ocuparán de descomponerlo y reciclar sus componentes bioquímicos. Así, la muerte permite la circulación de materia y energía en el ciclo natural.

Si bien la perspectiva de la muerte futura puede ser fuente de melancolías, angustias o tristezas, también es verdad que, sin ella, la vida carecería de sentido, pues no tendría límites, y todo lo que en ella ocurriera nos daría lo mismo.

Es lo que muchos relatos de vampiros y otros seres inmortales intentan relatar: sin la presencia futura de la muerte, la vida puede llegar a convertirse en una agonía, en un infinito desierto de tiempo, y por lo tanto podrían perderse las motivaciones mismas que nos hacen amar la vida.

La muerte inspira todo tipo de ritos, conmemoraciones y representaciones artísticas.

La muerte ha constituido por igual un motivo de angustias y una fuente de imaginaciones. La consciencia de la muerte, que los filósofos llaman “consciencia trágica”, ha propiciado desde tiempos antiguos las más diversas explicaciones respecto a por qué morimos, qué ocurre cuando morimos o por qué vinimos al mundo, si al final vamos a morir.

De hecho, la toma de consciencia de la muerte futura se considera parte de la maduración de la psique humana: todos los jóvenes se sienten inmortales.

La muerte es a menudo representada bajo figuras misteriosas, como ángeles oscuros o luminosos, mujeres hermosas pero terribles, relojes de arena a punto de agotarse. La imagen más común es una calavera o esqueleto humana, a veces envuelto en una capa negra y con una guadaña (con la que supuestamente segaría las almas recién difuntas, para llevárselas al “otro mundo”).

La idea de la muerte, por otro lado, se halla asociada simbólicamente al cambio. Este es el sentido, por ejemplo, que tiene la carta de La Muerte en el Tarot, y a menudo los sueños de muerte se interpretan en ese mismo sentido. La muerte inspira ritos y conmemoraciones, algunos de naturaleza patria, otros religiosa y sobre todo familiar, dependiendo de quién sea el fallecido.

La muerte también ha inspirado numerosas representaciones artísticas, literarias y culturales, como el Fedro de Platón (c. 427-347 a. C.), y los cuadros El triunfo de la muerte (1562) del flamenco Pieter Brueghel, “el Viejo” (1525-1569); o también Autorretrato con la muerte (1872) del suizo Arnold Böcklin (1827-1901), por citar apenas unos ejemplos. Su presencia puede rastrearse a lo largo y ancho de la civilización humana.

¿Qué hay después de la muerte?
El budismo cree en la reencarnación hasta alcanzar el nirvana.
Esta es la gran pregunta a la que nadie ha encontrado una respuesta científica. Es decir, nadie que haya experimentado la muerte puede “volver” para contarnos lo que es, y quienes la presenciamos desde “afuera”, simplemente vemos el cese de las funciones vitales, la pérdida de la conciencia (de haberla) y la lenta pero indetenible descomposición del cuerpo.
Las religiones intentan otorgarle una explicación de la muerte, y al mismo tiempo en algún consuelo, algo que nos permita vivir la vida en paz, a sabiendas de que la muerte es, sencillamente, impredecible e inevitable. De hecho, algunas de las respuestas al respecto de las principales tradiciones místicas o paranormales son:

Según la tradición monoteísta. Que comparten las religiones del cristianismo, el judaísmo y el islam, la muerte es el instante de separación del cuerpo y el alma, siendo el primero perecedero y efímero, pero la segunda eterna y elevada. Sin embargo, estas religiones comparten también la idea de que las almas, despojadas del cuerpo, serán sometidas a juicio por Dios, quien evaluará si son merecedoras de la salvación eterna, descrita de modos muy distintos como un espacio de gracia y plenitud junto a Dios; o bien del castigo eterno, y por ende del infierno, donde serán sometidas a sufrimientos para compensar el mal que hicieron en su paso por la Tierra. Los criterios con los que las almas deberán ser juzgadas, sin embargo, varían de una religión a la otra e incluso de una iglesia a la otra, dentro de las sectas de una misma religión.

Según la tradición budista. También llamada védica, la vida sería una rueda de reencarnaciones en la que se está constantemente volviendo, aunque no necesariamente bajo forma humana: aquellos que vivan sus vidas de un modo profano y brutal, descenderían en la escalera de la vida, encarnando en criaturas cada vez más básicas; pero aquellos que persigan la iluminación y procuren trascender sus limitaciones emocionales, desapegándose del mundo y sus apetitos mundanos, se elevarán en la rueda hasta alcanzar el nirvana, el estado de gracia que alcanzó el Buda, y podrán escapar a la eterna repetición de los sufrimientos vitales.

Según la tradición religiosa de la Grecia Clásica. Las almas de los difuntos viajaban al Inframundo, también llamado Hades, un lugar en el cual eran meras sombras ambulantes en un viaje hacia la reencarnación, conocida por los griegos como la «Transmigración de las almas». En el inframundo las almas podrían beber las aguas del Lete o Leteo, el río del olvido, y dejar atrás su vida pasada, para luego volver a nacer como otra persona.

Según las especulaciones de lo paranormal. Existiría un “mundo de los muertos” al que vamos a dar todos los mortales, pero en el que algunos podrían descansar en paz y dejar ir su vida pasada, y otros en cambio se aferrarían a ella, atormentados por una muerte violenta o prematura, o por un amor incontenible por una persona todavía viviente. Y así nacerían los fantasmas, los espectros o las apariciones, también conocidas como “almas en pena”