by Samaria Márquez Jaramillo

Revoluciones del siglo XVIII y el matrimonio por amor

Dalia Ventura*

Periodista de la  BBC Mundo* 

*Es un portal de noticias de la BBC en español,  forma parte de la producción de idiomas extranjeros de la BBC World Series, en el área noticiosa global.

Dejemos algo claro desde el principio: El amor de pareja, hasta donde sabemos, siempre existió. Sin embargo, aquello de casarse por amor, también hasta donde sabemos, es una costumbre relativamente reciente. Durante la mayor parte de la historia registrada, el amor no era una consideración a la hora de escoger una pareja con la cual formar un hogar y pasar el resto de tu vida.

Y, en muchos casos, sigue siendo así. Una búsqueda rápida en internet arroja que los chinos del amor y el matrimonio dicen que… “Está bien que los adolescentes tengan sentimientos de amor, pero cuando alcanzan la edad para contraer matrimonio, se piensa que el amor no solo es innecesario, sino hasta quizás riesgoso. Más útil e importante para elegir un cónyuge es una buena educación, un trabajo y tal vez también un apartamento”. No en vano en el Olimpo una diosa se ocupaba del amor -Afrodita, la Venus de los romanos- y otra, del matrimonio -Hera, la Juno latina-. El matrimonio ha estado más estrechamente vinculado con la economía que con el amor. La mayoría de las uniones que ahora llamamos sentimentales eran esencialmente arreglos financieros diseñados para cimentar poderosas alianzas e intercambiar o adquirir tierras o propiedades.

Aunque la gente de clase trabajadora y las comunidades agrícolas tenía más chance de escoger sus parejas -entre su grupo económico y reducido entorno, pues viajar era un lujo-, la realidad para la clase media y alta y los aristócratas, era un futuro con la persona escogida por los padres, a menudo a desde que eran niños, sin mucha opción de rehusar.

Siempre, no obstante, hubo rebeldes que desafiaron las convenciones, y sus historias de amor perviven. Pero no fue sino hasta el siglo XVIII que las voces descontentas se empezaron a alzar, desencadenando un profundo cambio en las relaciones de pareja. Cómo se coló el amor en el matrimonio Al principio, los conservadores culparon la creciente popularidad de las novelas por alentar las expectativas de quienes en los salones y cafés de ciudades como Londres debatían con devoción el secreto del éxito en el matrimonio. 

 Como escribió el arzobispo de Cambray François Fénelon en sus “Instrucciones para la educación de una hija”, era un peligro que las niñas leyeran “romances” y después se “asombren de no encontrar en el mundo real personas que sean como esos héroes románticos”.La preocupación llegó a tal grado que los gobiernos tomaron cartas en un asunto que desde el siglo XIII había sido regido por la Iglesia. En Reino Unido, por ejemplo, se promulgó una ley en 1753 con una serie de reglas que estandarizaba las bodas y estipulaba que se requería el consentimiento de los padres de las parejas menores de 21 años.

Pero nada pudo contener el curso de esa revolución: había llegado la edad de la Ilustración con su defensa de los derechos individuales y su insistencia en que las relaciones entre la gente en una sociedad debían basarse en la razón y la justicia, no la fuerza. Y una de sus campañas centrales contra la tradición fue a favor del matrimonio basado en el amor y la libre elección de la pareja. La búsqueda de la felicidad Esas ideas se vieron reforzadas por la difusión del trabajo asalariado, que permitió a los jóvenes independizarse más pronto y casarse apenas tuvieran los medios económicos para hacerlo. La idea de un matrimonio íntimo producto del amor se fue filtrando e imponiendo poco a poco.

En Rusia, el zar Pedro el Grande declaró ilegales los matrimonios obligados en 1724 y ordenó que los novios debían declarar que habían elegido casarse libremente. En Reino Unido el amor se impuso en las décadas de 1760 y 1770, la misma época en la que en Francia la gente común empezaba a hablar de ese enlace que la clase alta aún consideraba una fusión de riquezas como un camino a la felicidad.

Las ideas románticas cruzaron el Atlántico. El 4 de julio de 1776, la Revolución estadounidense culminó con una declaración de Independencia que sostenía como derechos inalienables “la vida, la libertad y la  búsqueda de la felicidad”.

El romance floreció en el siglo XIX. En el imperio más grande de la historia, los victorianos estaban enamorados de la idea del amor, y la más exquisita fuente de inspiración era nada menos que la reina Victoria, quien con su príncipe Alberto formaba una pareja era el icono del matrimonio amoroso. Su unión puede haberse basado en linajes, pero Victoria frecuentemente se refirió a ella como un “matrimonio por amor” y eso se filtró en la sociedad, más allá de las fronteras. Al otro lado del Atlántico. En EE.UU., gracias al alza en las tasas de alfabetismo, las cartas y los poemas de amor se multiplicaron. Sin embargo, como ideal de libertad, el matrimonio de pareja no tenía el mismo significado para las mujeres que para los hombres.

Unos más iguales que otras  Si bien los ilustrados en el siglo anterior habían ampliado sus oportunidades de éxito, habían limitado las de las ilustradas estrictamente al plano doméstico. Así, mientras que hasta entonces se había reconocido su contribución económica a los hogares y negocios familiares, las convenciones sociales que se fueron afianzando las redujeron al rol idealizado de amas de casa y madres.

El amor había conquistado el matrimonio pero quedaban tareas pendientes. El pensador, jurista, político e historiador francés Alexis de Tocqueville, autor de “La democracia en América” (1835 y 1840), lo notó y se lo contó en una carta que le envió a su cuñada en 1831 durante su viaje por EE.UU., al comparar la situación de ese país tras la Independencia y la de Francia tras la Revolución.
 

“…Estados Unidos no es mejor que Francia. Permítame tomar, por ejemplo, lo que se llama, al estilo de madrigal, el bello sexo.

“Confieso que desde cierto punto de vista, este país es El Dorado de los hombres casados, y que es casi seguro que uno puede encontrar la felicidad perfecta aquí si no tiene imaginación romántica y no pide nada de su esposa más que hacer té y criar a los hijos (…).

“En estos dos aspectos, las mujeres estadounidenses sobresalen. Son personas razonables que se adhieren a lo básico, como dice la gente, que se limitan a sus teteras y nunca abandonan sus hogares una vez que han pronunciado el famoso ‘Si'”.

A quienes habían luchado por la libre elección de la pareja se les había olvidado que el verdadero libre albedrío no se alcanzaba solo con amor: requeriría cambios fundamentales en las actitudes respaldados por leyes sobre la propiedad y el trabajo. Pero para eso, fueron necesarias otras revoluciones.

Entre tanto, el único momento en el que las mujeres ejercían una pizca de control era durante el cortejo. Mientras que los hombres que se casaban ganaban un estatus mejorado como jefes de familia, sus esposas recibían amo y señor de por vida. Así que a las jóvenes les convenía retrasar el momento de la boda lo más posible, sin arriesgar sus posibilidades de casarse, lo que les confería una medida de poder inusual. Pero a un lado y otro de ese paréntesis del noviazgo, eran propiedad de sus padres y pasaban a ser propiedad de sus esposos.

Hacia finales del siglo XIX, surgió una revolución silenciosa. Con la supervivencia de más niños y el aumento del tamaño de las familias, las parejas comenzaron a utilizar métodos anticonceptivos rudimentarios para limitar los embarazos, con lo que se empezó a desvincular la procreación del matrimonio. El nuevo siglo llegó con un nuevo concepto. El amor no era suficiente para ser feliz en el matrimonio: era esencial que la vida sexual fuera satisfactoria.

Con todo y eso, todavía quedaba una gran tarea pendiente en esta nueva versión romántica de matrimonio. Para poder argumentar que la elección de pareja era verdaderamente libre y basada en los sentimientos y no en los intereses económicos, había que demoler los muros que se habían alzado precisamente cuando se creó ese tipo de unión en el siglo XVIII: la división de roles por género.

Los Estados, unos más pronto que otros, empezaron a derogar leyes “y reescribieron los códigos legales para que ya no atribuyeran responsabilidades y derechos diferentes al esposo y la esposa”. Paso a paso, las mujeres empezaron a poder acceder a métodos anticonceptivos, ser dueñas de propiedades, trabajar a pesar de estar casadas y sin permiso de sus maridos y hasta aspirar a que algún día les pagaran lo mismo por el mismo trabajo.

Así, ambas partes pudieron realmente ser libres de escoger a su pareja guiados por aquello que en el pasado había sido una consideración trivial: el amor.

“Este cambio final, que eliminó los roles de género prescritos, hizo que el matrimonio heterosexual fuera más justo e igualitario que nunca”.  Al menos, potencialmente