by Samaria Márquez Jaramillo

Cuando los incentivos de lucro valen más que la ética

José Ángel Carpio García *

*Es periodista y doctor en Comunicación por la Universidad Pontificia de Salamanca. Es subdirector del Máster en Asesoramiento  de Imagen y Consultoría Política que se imparte en dicha universidad

    • Psicólogos, economistas y expertos en política explican este comportamiento

    • La personalidad narcisista o antisocial es más propensa a corromperse

    • La crisis económica y el eco mediático hacen la corrupción más visible

    • La transparencia política no es suficiente para erradicar este problema social

¿Corruptos por naturaleza?

¿Se puede explicar por qué la gente, sean ciudadanos de a pie, políticos o empresarios, deja de cumplir con la ley y se corrompe? Básicamente, el camino que lleva a la corrupción es una combinación de un entorno propicio, una oportunidad y un tipo de personalidad que, superando el temor a un posible castigo, antepone el beneficio individual al interés de los demás y al cumplimiento de la ley.
Una perogrullada, aunque es oportuno recordarlo: Nadie está a salvo de convertirse en un ser corrupto. No pagar el IVA en una factura, intentar sobornar a un policía para eludir una multa o a un funcionario público para acelerar un trámite administrativo, fingir una enfermedad para no ir al trabajo, falsificar datos de un formulario para obtener un beneficio social…
Si bien puede parecer que hay “profesiones de riesgo” en el mundo de las finanzas, las grandes empresas o la política, como nos recuerdan a diario los medios con el ‘caso Bárcenas’ o el ‘caso de los ERE’, por citar dos ejemplos cercanos y recientes, la evidencia indica que todos llevamos un potencial corrupto dentro, según los expertos.

Hay ingredientes en la personalidad que agitan el cóctel y pueden desembocar en comportamientos corruptos si se dan unos condicionantes. Las investigaciones sobre el comportamiento humano y los trastornos de personalidad señalan dos: la personalidad narcisista y la antisocial. El rasgo predominante de la personalidad narcisista es el egocentrismo, es decir, utilizar a los otros para fortalecer su autoestima y satisfacer sus deseos.

Corrupción, una cuenta de pérdidas y ganancia El cálculo de pérdidas y beneficios lleva a otra dimensión útil para entender la corrupción, la económica, que establece que las personas que se corrompen son, ante todo, seres racionales. Las personas se relacionan y toman decisiones en una interacción estratégica, es decir, en un intercambio de jugadas para conseguir un fin con el mayor beneficio posible y el mínimo coste.

 

 El homo sapiens maximiza resultados. El corrupto ve una oportunidad que implica una acción contraria a la ley o a la ética, y calcula los posibles resultados económicos: un beneficio o un lucro en caso de que no se le descubra y un coste o castigo, en forma de multa, cárcel, etc., si lo atrapan. De manera general, si el beneficio obtenido es mayor que el potencial coste de ser descubierto, se puede llevar a cabo la acción corrupta.

Desde el punto de vista psicológico, se podría atribuir a esta conducta las características de una adicción, según la psicóloga Helena Rodríguez. «Del mismo modo que mojarse los labios en cerveza generaría un impulso irrefrenable en un alcohólico, administrar el dinero público puede ser una tentación incontrolable para algunas personas en determinadas situaciones. Incluso crea una tolerancia, de modo que se empiece por actos ilegales pequeños y que para conseguir el mismo placer se vayan cometiendo actos más importantes». 

 

¿’Prisioneros’ de una sociedad corrupta? La teoría económica explica cómo una sociedad puede llegar a una situación de corrupción generalizada por medio del célebre dilema del prisionero, un problema básico de la teoría de juegos que muestra las consecuencias perniciosas de la decisión de no cooperar aunque ello vaya en perjuicio de todos.

 

“En un país donde todo el mundo es tramposo el incentivo para ser tramposo es mayor que donde todo el mundo es honrado. Si todos presumen de evadir impuestos, todos lo harán”, sintetiza a grandes rasgos Javier Díaz-Giménez, profesor de Economía en el IESE. Por supuesto, este comportamiento es puramente egoísta y descuenta todos los perjuicios -en economía, externalidades negativas- de la corrupción generalizada en una sociedad: se reduce la productividad de las inversiones públicas, empeora la calidad de las infraestructuras, se reducen los ingresos del Gobierno por el dinero negro, expulsa a los inversores extranjeros, reduce los gastos públicos en áreas donde no haya un beneficio inmediato, etcétera.
Transparencia en la ley y en la sociedad Para salir de esta espiral creciente y perniciosa hay al menos dos vías: imponer controles externos que hagan que la decisión de corromperse no salga rentable, a través por ejemplo de legislación a favor de la transparencia de las instituciones y las administraciones públicas; o un cambio en cómo se percibe el entorno, que la gente transforme su forma de ver la vida y de actuar. Dicho de otra manera, se trata de rendir cuentas a los demás o a la propia conciencia.

Crear una cultura profesional virtuosa De este modo, las reglas del juego cambiarían para bien. “Si cambia la sensibilidad hacia la corrupción, los costes pueden ser mayores para el corrupto», argumenta el profesor Argandoña. «Un cambio en la legislación o en la actitud de la gente pueden incrementar los costes de la corrupción porque ahora se está en la lupa del supervisor, hay más vigilancia, puede abrirse una investigación, surgir una denuncia del partido opositor… “.

Los valores de la cultura profesional de una empresa pueden ser imitados. Igual que una manzana podrida pudre el cesto, un ambiente profesional donde no hace falta tener el cuchillo entre los dientes, donde hay un buen ambiente crea más propensión a cooperar si se ve que los colegas también cooperan.” Por si no había quedado claro, una sociedad con menos corrupción es una sociedad con más libertad de elección y, en consecuencia, más feliz, como prueba el último informe mundial de la felicidad publicado por la ONU, ranking en el que España ocupa el puesto 38 entre los 156 países estudiados.

La corrupción y la política: ‘verdades’ y ‘mentiras’ estadísticas Debido a la actual situación económica y a la notoriedad de algunos casos de corrupción en nuestro país, la preocupación de los ciudadanos por este problema es creciente, hasta el punto de ser la segunda preocupación para los españoles, solo por detrás del paro, según la última encuesta del CIS.