by Samaria Márquez Jaramillo

Los Moledo y Rafael Núñez

(Apuntes para una biografía)

José Asunción Suárez Niño

Un libro “desapercibido”, publicado a finales del siglo XVIII bajo el título de Estado Militar en España, me llamó poderosamente la atención; tiempo después caí en cuenta que este tema había sido tratado también por la pluma del distinguido historiador y periodista Joaquín Tamayo, quien poco lo difundió, quedando dormido en su archivo particular. El autor de esta nota tuvo acceso a estos documentos cuando se encontraban en poder del historiador, político y diplomático, Héctor Charry Samper, yerno de Eduardo Gutiérrez Prieto, íntimo amigo de mi padre, razón por la cual pude husmear su magnífica biblioteca.

El libro de la referencia describe el famoso “Batallón de Infantería Auxiliar” del Nuevo Reino de Granada, y quienes eran sus líderes, que posteriormente vivieron sucesos del 20 de julio de 1810. En este listado aparece como comandante, el teniente Coronel don Juan de Sámano; Sargento Mayor, el Teniente Coronel don Joseph María Moledo.

Moledo era barcelonés, moraba en Cartagena en 1793; allí contrajo matrimonio con Doña Andrea de Hormaechea, de cuyo enlace nació, don Pedro María de los Dolores Moledo, único del matrimonio, a su vez militar, cuya suerte y nombre se perdieron con los primeros disparos de la revolución.

Viudo el Coronel Moledo vino a Santafé. Su carrera de armas ligada a la del viejo Sámano fue mediocre; los criollos ricos, descendientes de los encomenderos barbados, ejercían los empleos menores de la Audiencia; en la Calle Real eran dueños de casas de dos plantas, amplio zaguán empedrado y tienda de mercancías en el primer piso.

Curas desde la protección de los púlpitos, con voz elocuente al mejor estilo de Góngora, pintaban el infierno a lo vivo, con muchos diablos y llamaradas de azufre; los militares en las fiestas de Iglesia lucían espadín y entorchados de mucho viso, con botas relucientes.

El señor Virrey en traje de seda y hebillas de plata era “liberal” por mandato de Carlos III, mientras que don Antonio Nariño iba a parar a la cárcel en el 94, cuando “Los Derechos del Hombre” en Francia ya no valían nada. El Virrey Amar como don Carlos IV padecía de gota; ambos se desplazaban apoyados en bastón con mango de carey, con paso parsimonioso y “el charco” del atlántico de por medio.

Don Joseph María Moledo regresó a Cartagena hacia 1808; en esa plaza conoció a la que fue su segunda esposa: doña María Rafaela García del Fierro, oriunda del lugarejo de los Ángeles, en el obispado de Puebla. Moledo tomó parte en los disturbios del 20 de julio y su nombre por unas horas ganó enorme prestigio en Santafé.

Don Francisco Morales al oírse llamar “mal parido” por boca del sastre Llorente, se le echó encima garrote en mano y le habría despedazado, de no haber protegido al mercader, el teniente Coronel Moledo, quien puso orden en aquella trifulca. Moledo sin vacilar auxilió a los revolucionarios, movidos por su ambición y deseo de dirigir el golpe contra el mandato español.

 

El Coronel se desplazó al cabildo en la noche, firmó el acta y entregó la tropa de infantería a la Junta, en abierta oposición al comandante Sámano, destituido ha poco. Cuando la plebe ultrajó de palabra y de obra a la infeliz doña Francisca Villanova y Marco, esposa del Virrey Amar y Borbón, que según las malas lenguas santafereñas, solía darle en “la jeta a su marido,cuando éste le llevaba la contraria”; el comandante Moledo hizo formar en la plaza a los soldados del “Auxiliar” con bayoneta calada y lista la mecha de los cañones. “Jamás permitiré que los hideputas de Santa Fe, ultrajen a mi señora doña Francisquita, mi verdadera comandante…”

Moledo fue elegido director supremo de los negocios de la guerra, más este nombramiento, definitivo en su porvenir de militar, no fue de su agrado; ante el dilema de la rebelión o de la sumisión prefirió escurrir el bulto. Era lo más prudente. Recién casado como lo era, la ausencia de la esposa pudo más en él que su propósito de figurar. Llegó a Cartagena pasada la Nochebuena y, en febrero del año siguiente, la Junta de aquel puerto le nombró comandante del batallón “Fijo”; tachado de realista en Cartagena, el 4 de febrero de 1811, se presentó en los cuarteles del “Fijo”, suscitándose a su vista encontrados pareceres.

Se opusieron a la revuelta monarquista con puño en alto y gritos de “¡Viva la Libertad!”; por fin, el Coronel Antonio de Narváez y La Torre IV conde de Santa Cruz de la Torre (ancestros maternos-paternos de mi bisabuela Jacinta Rodríguez Torices y de la Torre), sometió a los amotinados mediante la promesa cumplida de sacrificar al autor indirecto de la algazara. Se privó de su empleo a don José María “por carecer de la confianza de la junta y ser enemigo del patriotismo americano”. En Santafé, fungía como liberal; en Cartagena como “godo reaccionario”. Conclusión: ¡Estaba vaciado!

El 1° de marzo de 1811 nació en Cartagena la única hija de su segundo enlace, doña Dolores Moledo García, casada en la adolescencia con su primo don Francisco Núñez García; madre de Rafael, Ricardo y Rafaela Núñez Moledo. Y, así como la hija del Coronel barcelonés, pese a su abolengo catalán y mexicano fue ante todo granadina de nacimiento y sentimientos, en su hijo mayor se debilitaron más aun los lazos de afecto para con la patria del abuelo. En su carácter y en sus ideas don Rafael Núñez Moledo era cartagenero y no español; americano y no europeo.

Su misma esposa, aquella mejicana, doña María Rafaela García del Fierro al enviudar, poco sintió la falta del marido. Casó de nuevo muy pronto con don Vicente García del Real. En 1815 en lo más duro y penoso del sitio por diciembre, corrió los azares de la emigración, acompañada de su marido, de un hijo recién nacido, el célebre médico don Vicente García y de la hija de su primer enlace. Huían de Morillo y de la vieja ciudad; en este momento Cartagena de Indias era de piedra, áspera, impermeable. De piedra sus murallas, el Palacio de la Inquisición, la Puerta del Reloj, los muros y azoteas, las garitas y las tabernas. Rumbo a lo desconocido, navegó la familia del Coronel Moledo.

Don Francisco Núñez García, soldado de la independencia, cartagenero por los cuatro costados, demostró a menudo dureza de carácter, genio adusto, corta inteligencia. Su bravura como su desafecto por la cultura no fueron la excepción en aquella época intermedia, suspendida entre la Colonia y la República. Combatió de quince años en el sitio de Cartagena; a los veinte en la segunda batalla de Tenerife; a los cuarenta graduado de Coronel triunfó en Barbacoas. De Pasto hasta Aratoca cruzó el territorio granadino a órdenes de Herrán y de Mosquera, pero este militar no pudo salvar esa línea indefinida que separa a los jefes segundones de los grandes capitanes. Provocó en Cartagena un Golpe de Cuartel en defensa de la legitimidad amenazada por la revolución de “Los Supremos”, más su oportuna ayuda le llevó a conseguir el ascenso a General. En 1848 por unos meses estuvo en Tumaco; su rastro se perdió sin dejar otra cosa que una existencia obscura y desteñida.

 

Temperamento exaltado, el destino le obligó a vivir en los cuarteles con mezquina paga. El Coronel Núñez fue el tipo de hombre que siempre llega tarde a todas partes; de ahí su infelicidad; el espíritu de caudillaje al estrellarse frente al Palacio de San Carlos, detenido en su avance por la seca y energética autoridad del vicepresidente Santander, se extendió al norte y al sur de la república dirigida por Montilla, Páez y Flórez.

Terminada la guerra, preso entre las cuatro paredes del cuartel, condenado a vivir de guarnición en guarnición, disfrutó de libertad efímera y de amores pasajeros. En medio de estas andanzas tuvo un hijo bastardo: Miguel Núñez.

Enamorado de su prima doña Dolores Moledo García, sin mentar aventuras pasadas solicitó la mano de esta niña de trece años, pese a notorias diferencias de edad y posición social. La conquista de la novia fue fulminante; la boda se celebró a poco. Al año justo, en casa situada en la antigua calle del Coliseo, el 28 de septiembre de 1825, de aquella madre infantil, nació don Rafael Wenceslao Núñez Moledo.

 Hoy podemos ver con alguna claridad los efectos de la herencia en el primogénito del matrimonio Núñez Moledo. Heredó por vía paterna decidida ambición y desafecto por las fórmulas cortesanas; del abuelo don José María Moledo tendencia burócrata, horror a comprometerse en forma definitiva; de la madre, ingenio propenso a la melancolía; más si bien en doña Dolores de inconmovible fe, dominó esta inclinación en el hijo y, privado de sus creencias, le condujo a prematuro desengaño por todo y por todos.
Doña Dolores Moledo madre de catorce años, fue el alma de este hogar. Al paso que el marido pronto buscó afectos callejeros, al margen de su vida conyugal, la maternidad despertó en ella nobles condiciones de inteligencia y señorío. Mujer admirable por su abolengo y refinamiento, tuvo en la dirección de los hijos autoridad principalísima. Sin duda fue su matrimonio deslucido; demasiado niña la sedujo el Coronel, la fama de valiente que él traía engarzada a su grado, acaso la figura, con detrimento de su amor, de sus ilusiones juveniles, de sus ensueños de madre. Fue desgraciada. Muy joven soportó desaires del corazón, penas de esas que no se dicen; anciana, sufrió de abandono; más en la infancia como en la vejez estoica, resignada no dio muestras de su oculta queja.
Hija y esposa de militares, tan grande fue su desafecto por la guerra, que educó a los hijos en ambiente opuesto. Su piedad y devoción por las cosas de iglesia jamás desfallecieron; católica como era, su catolicismo careció de los aditamentos supersticiosos, frecuentes en su época; doña Dolores Moledo madre, como son las madres cuando falta temprano el padre y son ariscos los hijos, perdonó de continuo. Las malas lenguas dicen que por “fortuna” le endosó su hijo a doña Soledad Román. Esta fue su única venganza. Rafael Núñez de cuerpo débil, flaco, adquirió característica dureza de semblante que en mayoría de edad hizo de él personaje misterioso. Sin serlo en verdad, sus primeros pasos como su lucidez intelectual encerraron precocidad enorme; casi podría decirse de su inteligencia y de las muestras de su talento prematuro, que Núñez fue un degenerado superior, entendido el vocablo en su acepción científica. Su anormalidad y mucho ingenio, como su grandeza, aparecieron desde la adolescencia. Sus frases y sus giros por una paradoja al separarse deliberadamente de lo usual, no convencieron a nadie. No fue un incomprendido; torturado eso sí, por su manía de analizar.

“Mi padre decía en la vejez a su secretario, Felipe Angulo, era un hombre de carácter fuerte; no recuerdo haber recibido de él nunca un beso. Imagínate mi nostalgia en aquella costa de Tumaco, donde llueve a todas horas, lejos de mi madre. Creo que aquello fue la causa de mi escepticismo. 
 
Nadie es escéptico porque quiera serlo; lo predispone al escepticismo el medio ambiente físico y el medio ambiente espiritual. Cuando Rafael Pombo escribió su “hora de Tinieblas”, debió atravesar por una desaparición como la que vivió en Tumaco.
 
La guerra de 1840 dio un vuelco a su destino. De los Núñez, Miguel se hizo militar; Rafael se denegó; don Francisco prefirió al bastardo; marcho con él al otro extremo de la república, a Buesaco. Los facciosos del cura Villota, guerrilleros de trabuco y escapulario, reunidos como los lobos en tropel, andariegos y listos para saltar sobre su presa, enseñaron al Coronel el arte de las emboscadas. De nuevo en Cartagena se encontró con el otro hijo; el viejo defendía la legalidad, el joven la revolución.
Admirador de Murillo Toro, compañero de armas cuyo poderoso talento le fascinó desde entonces, por sus conceptos políticos apareció en la extrema izquierda de las ideas renovadoras. Elegido Presidente de la Sociedad Democrática de Cartagena, en sus palabras no respetó a nadie. Tipo del demagogo, su demagogia carecía de base. Su despreocupación llegó muy lejos y, en contraste le alcanzó para cuatro presidencias…Como la ley no permitía ejercer la profesión de abogado a los menores y en mayo de 1845 no contaba edad requerida, Núñez abogado en ciernes decidió saltar por encima de la ley. Hizo desaparecer la partida original de bautismo y con declaración fraudulenta de José Antonio López y José Núñez, testigos complacientes aseguró por acta notarial, auxiliado por el padre, que su nacimiento había ocurrido en 1823. Confiaba en la condición olvidadiza de sus amigos y en que un año de más o de menos no quita ni pone rey, más el conflicto no era de fechas, era de orden moral. Al afirmar públicamente don Rafael Núñez Moledo que había nacido un año antes del matrimonio de sus progenitores, quien perdía no era él: era su madre y le importó un culo.
En 1849 fundó un periódico: “La Democracia”. El tono del semanario desde el primer número, fue de una agresividad irritante, vanidosa. Partidario de la revolución integral, demoledora en este revolucionario, el entusiasmo emotivo adquirió matiz dominador. La razón, la política, la ley provocaron su cólera, su idearium social; a imitación del socialismo de Fourier, descendía del cielo acompañado del anuncio místico de una transformación sentimental. Fue un convencido: buscó “su verdad” con exaltación prolongada, en estilo de intenso dramatismo. Al correr de su pluma, el romanticismo fue su ilusión y, sus malos versos, su coraza.
 

FUENTES

· Tamayo, Joaquín. Notas históricas

· Cruz Santos, Abel. Gobernantes y políticos

· Delgado Nieto, Carlos. José Padilla: Estampa de un almirante

· De Mendoza Vélez, Jorge. Gobernantes de Colombia

· Del Castillo, Mathieu. Reseñas históricas

· Hernández de Alba, Guillermo. La gran Colombia y otros escritos

· Díaz Granados Frade, Miguel. Regeneración en marcha

· Andújar Castillo, Francisco. Militares en España del siglo