by Samaria Márquez Jaramillo

Si desea la paz de los sepulcros, prepárese para la guerra nuclear

            Crónica ONU

Ramesh Thakur* 

*Es Director del Centro de Desarme Nuclear y Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Australia. Anteriormente fue Vicerrector Superior de la Universidad de las Naciones Unidas con la categoría de Subsecretario General. Su próximo proyecto importante es The Oxford Handbook of Modern Diplomacy.

El mundo enfrenta dos amenazas contra su existencia: el cambio climático y el apocalipsis nuclear. Es preciso actuar con urgencia frente a estas posibilidades. Enfrentar la primera cuestión impondrá grandes costos económicos y ajustes de los estilos de vida, en tanto que enfrentar la segunda dará por resultado beneficios económicos sin consecuencias para los estilos de vida. Quienes se niegan a enfrentar el cambio climático, son criticados por su espíritu de negación; quienes restan importancia a la cuestión nuclear son encomiados como realistas. Si bien es necesario tomar medidas cuanto antes para impedir el desequilibrio total, el cambio climático no causará una catástrofe hasta dentro de algunos decenios. Por otra parte, una catástrofe nuclear nos podría destruir en cualquier momento, aunque, si tenemos suerte, se le podría retrasar unos años más. La incómoda realidad es que el mantenimiento de la paz nuclear se ha debido tanto a la buena suerte como a una adecuada gestión. Como hemos aprendido a vivir con las armas nucleares durante 66 años, hemos dejado de percibir la gravedad y la inmediatez de la amenaza. La tiranía de la complacencia nos hará pagar un precio terrible si seguimos caminando como sonámbulos hacia el apocalipsis nuclear. Hace tiempo que se debería haber eliminado de la política internacional el espectro de una nube en forma de hongo.

Las armas nucleares son niveladores estratégicos para las partes más débiles en las relaciones de conflicto, pero no sirven para comprar la defensa a bajo costo. Pueden dar lugar a la creación de un Estado en el que prime la seguridad nacional, se favorezca el secreto gubernamental, se reduzca la responsabilidad pública y aumente la distancia entre los ciudadanos y los gobiernos. Existe el riesgo adicional de que caigan en manos de elementos extremistas debido a filtraciones de información, robo, colapso del Estado y apropiación del Estado. Por lo que respecta a costos de oportunidad, los cuantiosos gastos militares equivalen a robar a los pobres. Las armas nucleares no ayudan a luchar contra las verdaderas amenazas del mundo actual, a saber, la insurrección, el terrorismo, la pobreza, el analfabetismo, la malnutrición y la corrupción. Como decían en las calles de Delhi en 1998: «¿No tienes comida, no tienes ropa, no tienes techo? Despreocúpate, tenemos la bomba».

Concentrarse en la no proliferación y desentenderse del desarme garantiza que no se conseguirá ninguno de los dos objetivos. La mejor y única garantía de la no proliferación es el desarme. Por consiguiente, si deseamos la no proliferación debemos prepararnos para el desarme. En nuestro lapso de vida, o bien logramos la abolición nuclear o tendremos que vivir con la proliferación nuclear y morir con la utilización de las armas nucleares. Es mejor un suave destello de satisfacción por perseguir el noble objetivo de la prohibición de las armas nucleares, que el duro resplandor de la mañana siguiente al día en que se utilizaron.
La misma dualidad es omnipresente en todos los aspectos de la Hiroshima de hoy. Al reconstruir su ciudad, los ciudadanos de Hiroshima la han consagrado como un testimonio de la resistencia social, la solidaridad humana y la abolición nuclear. Hiroshima vuelve a ser una ciudad hermosa, pintoresca y dinámica que vive según tres códigos: transformarse de una ciudad militar en una ciudad de paz; perdonar y expiar, pero nunca olvidar; y «nunca más».

Sobre los Estados Unidos recae la responsabilidad especial de encabezar la marcha hacia la abolición nuclear por ser el único país que ha utilizado bombas atómicas y la mayor potencia militar del mundo. La bomba atómica fue creada durante la segunda guerra mundial por un grupo de científicos creado para el Proyecto Manhattan bajo la dirección de J. Robert Oppenheimer. Al presenciar el primer ensayo atómico, realizado el 16 de julio de 1945, Oppenheimer recordó el texto sagrado hindú Bhagavad Gita: «Si el esplendor de cien soles estallara al unísono en el cielo, sería semejante al esplendor del Todopoderoso.» El nacimiento y la muerte están vinculados simbióticamente en el ciclo de la vida. Oppenheimer recordó también el verso correspondiente del Gita: «Ahora me convierto en la Muerte, la destructora de los mundos.»