by Samaria Márquez Jaramillo

“Hay jinetes de luz en la hora oscura”

Gerardo Serrano Rodríguez *

* Graduado en Psicología por la UCM, máster en Periodismo Cultural por la Universidad de Alcalá.

 

“Hay algo noble en todas las espadas.

Hay algo noble en todos los jinetes.

Y espadas nobles hay en manos regias,

y audaces horas y monarcas santos

que cabalgan enfermos, poseídos

por una gracia que el temor destruye.

Ellos nunca quisieron ser los dioses

pues Dios era su sueño y su vigilia.

Hay espadas que empuña el entusiasmo

y jinetes de luz en la hora oscura” (Julio Martínez Mesanza)

La literatura y el espacio mantienen una estrecha relación desde hace siglos. Escritores de todas las épocas han alzado su mirada a las estrellas en busca de inspiración y de escenarios para grandes reflexiones y aventuras. La exploración espacial y los viajes más allá de nuestro planeta ganan peso mediático por diversos motivos. Las estrellas han sido objeto de preguntas desde el principio de los tiempos. Ciencia, tecnología para dar respuestas… y también hay un fuerte vínculo entre la literatura y el espacio en un intento por tratar de imaginar lo que alberga el universo.

Desde la más remota antigüedad, cuando nuestros antepasados más lejanos se reunían en torno a hogueras para contarse historias y compartir esas noches repletas de misterio e incertidumbre, el ser humano se ha interesado por lo que pueda haber por encima de nuestras cabezas. Alzaban maravillados la vista a ese cielo plagado de estrellas y dejaban discurrir sus poderosas imaginaciones, dibujando patrones y escenas a partir de esas minúsculas, aunque destellantes luminarias, confeccionando, desde sus fantasiosas constelaciones, las primeras mitologías y cosmogonías con que trataban de dar respuesta a las cuestiones acerca del origen del mundo.

No obstante, desde aquellas fantásticas e imaginativas concepciones del cosmos hasta la moderna literatura de ciencia ficción existe todo un abanico de narrativa escrita con la vista perdida entre las estrellas.

La nueva carrera espacial. Los gigantes tecnológicos pugnan por conquistar el cosmos. Ya en el siglo II d. C., un autor sirio que escribía en griego, Luciano de Samósata escribió Historia verdadera, un texto breve en tono satírico en el que relató un viaje al espacio donde, incluso, describía diversas especies alienígenas y algunas de sus guerras interplanetarias. Historia verdadera también incluye un trayecto a la Luna, mil ochocientos años antes de la hazaña protagonizada por el Apollo XI. En su aventura, Luciano describe una llegada al satélite como consecuencia de un accidente naval, tras ser arrastrado en su barco por una oportuna tromba de agua.

 

Milenio y medio más tarde, un famoso poeta, dramaturgo e intelectual francés, Cyrano de Bergerac, más conocido por la obra de teatro de Edmond Rostand que por su propio trabajo, también contribuyó a la literatura de viajes a la luna con su L’autre monde (El otro mundo). En esta novela, Cyrano relata en primera persona un trayecto a la Luna y al Sol, y describe los diversos modos de vida extraterrestre que encuentra a su paso.

Sin embargo, todavía es necesario remontarse unos pocos años atrás en el siglo XVII para dar con la que es considerada la primera obra de ciencia ficción de la historia. Un texto que también surge de la simbiosis entre la literatura y el espacio. Somnium sive Astronomía lunaris Joannis Kepleri (El sueño o Astronomía de la Luna) es una obra póstuma del matemático alemán Johannes Kepler, que narra la historia de un joven islandés que, junto a su madre y gracias a un encantamiento, efectúa un viaje en sueños a la Luna.

Como también constituye un viaje no corpóreo a través del espacio sideral el que describe Edgar A. Poe en sus Diálogos entre seres celestiales, entes que en su momento fueron humanos y que, ahora, vagan sin rumbo entre los astros mientras reflexionan sobre la naturaleza y lo que la excede (La conversación de Eiros y Charmion, El coloquio de Monos y Una y El poder de las palabras).

Aunque mucho menos etéreo es el periplo en globo que el autor de El cuervo narra en La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, en que un hombre idea un sofisticado aparato aerostático con el que viaja a la Luna y conoce a los extraños entes que en ella habitan.

 También de extraordinarias maneras imagina una llegada al astro el escritor francés Julio Verne, quien, en De la Tierra a la Luna relata la planificación de la construcción de un monumental cañón capaz de atravesar con un proyectil humano el espacio que separa el planeta de su satélite.

Ya en el siglo XX, y desplazando su interés más allá del pequeño cuerpo que orbita alrededor de la Tierra, grandes maestros de la ciencia ficción han proyectado su imaginación en el espacio exterior, con la mirada siempre fija en las estrellas. Todos tenemos en mente a Isaac Asimov, padre, entre otras grandes contribuciones, de las tres leyes de la robótica y de la Saga de la Fundación, en la que el autor ruso describe, en sus propias palabras, “una especie de historia del futuro”. O a Arthur C. Clarke, creador de la famosa novela 2001: Una odisea del espacio, llevada ese mismo año a la gran pantalla, en paralelo, por Stanley Kubrick.
Las estrellas siempre han constituido una poderosa fuente de inspiración para las mentes más imaginativas. A día de hoy, de hecho, próximos a festejar el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, parece que lo sigue siendo.