by Samaria Márquez Jaramillo

En la administración pública no aplica la fantasía

Samaria Márquez Jaramillo

Piel de asno. Cuento de Charles Pérrault

“Un rey tenía una bella esposa, una hija igual a las princesas de cuentos de hadas, un castillo y riquezas, incluyendo un burro maravilloso cuyos excrementos eran de oro y conformaban las joyas de la corona. Un día murió la esposa de ese rey, después de hacerle prometer que no se casaría hasta que no encontrara una mujer cuya belleza y atributos igualaran los suyos. Se hizo evidente que la única mujer que cumplía con los requisitos de la promesa era su propia hija. Ella acudió a su hada madrina quien le aconsejó hacer demandas imposibles, como condición de su consentimiento: Por ejemplo, un vestido confeccionado con la piel del asno maravilloso. Tal era el afán del rey de casarse con la princesita que le concedió este deseo; en aquel momento el hada madrina le dio, a la princesita, un cofre mágico para contener todo lo que poseía y le dijo que la piel del asno sería un disfraz excelente. La princesa huyó y llegó a una granja en el reino vecino, donde le dieron trabajo en la cocina. Por aquella época Piel de Asno descubrió que su padre se había vuelto a casar y la elegida era su hada madrina, estos escarceos nada importaron a la antes heredera del trono y todos vivieron felices para siempre, excepto el asno, que desde el principio de este cuento ya había perdido su piel que es como decir que desde entonces ya estaba bien muerto”.

 

Erase un Quindío, vendedor de ilusiones: “Joven, rico y poderoso” –en este momento permítanme reír – y erase una economía que emitía festones y guirnaldas de papel como “dinero corriente para calmar el hambre de los artistas”… Hagan cuenta,imaginense lectores queridos, que el respaldo de ese flujo-reflujo económico eran los excrementos del burro maravilloso. Empezaron las intrigas. Para satisfacer requerimientos políticos se comieron la gallina de los huevos de oro… perdón que ese no es el cuento: Mataron al burro del regio cagajón; la naturaleza hizo estremecer la tierra desde sus entrañas, tras el terremoto llegó la ayuda internacional y mucho bla bla. La situación de un pueblo, cuando es mala se acomoda por su propio peso y no surgió la Armenia anunciada en su himno: No hubo “nueva ciudad”. Nuestra piel, de asno muerto, padeció urticaria; buscamos algo que fuera para nosotros blasón y escudo y, ¡en hora buena!, comprobamos que éramos un pueblo estético y creador. Pero sucedía que habíamos dejado, por mucho tiempo, que el agua corriera llevándose anhelos, propósitos y esfuerzos artísticos verdaderos, porque los otros, los paridos por el oportunismo, estaban a porrillo. Entonces quienes hemos trabajado en silencio y de forma universal, amontonamos nuestras obras esperando que tal vez un día, quizá un día, se abran las oportunidades, se queden quietas las lenguas depredadoras y surja un renacimiento quindiano, en el que los gestores y cultores, verdaderos, los que se cuidan de la permanencia de calidad -no los paracaidistas que caen en tierra del arte en búsqueda de solución a su problema estomacal – no sientan el ardor de sus tres permanentes heridas: la pobreza, la politiquería y el desconocimiento cultural de los gobernantes por el lado de la alcaldía, amén de su amnesia pues luego de posesionados en su mente

 no queda ni meramente alguito de las promesas hechas en la campaña politiquera y definida en las urnas, promesas que hicieron imaginar que vendrían mejores épocas para la cultura y todos estamos a la espera.  A esta generosa tierra es triste verla convertida en atajo de oportunistas, ignorantes de que el arte es un sentimiento vivo que sufre,  se hace oír y merece mejor suerte.