by Samaria Márquez Jaramillo

Hasta la muerte, la obra del ser humano estará inconclusa

Samaria Márquez Jaramillo

Todo ser humano, en medio de sus inquietudes y afanes, en sus penas y alegrías, en sus triunfos y derrotas, siente el ansia de conocer su origen y su futuro. ¿De dónde viene y para dónde va?
¿Cuál es su punto de partida y cuál su estación de llegada en el viaje por el Universo? Y, mientras permanece en este Universo, ¿quién es?
Por eliminación puede acercarse a su esencia: Sabe, con seguridad, que no es una máquina. Está seguro de ello porque entiende que es un organismo en permanente mutación y transformación, piensa, medita y tiene capacidad para analizar su conducta, eso sí, sin lograr dilucidar dónde empezó todo y quién es.
La identidad no puede estar basada en una simplista identificación, no es generada a priori, no es un derecho de nacimiento, ni siquiera es atávica. Es una construcción de voluntad, es el ejercicio de aceptación «personal e intransferible» de ciertos códigos y de cierta adecuación al entorno, a la época, a la sociedad de la que se es parte. No se es lo que de identificable hay en cada uno. Se es aquello que se puede aceptar pero, sobre todo, aquello que cada cual puede negar de sí mismo. Lo que vendría a probar que la identidad es una clonación de la cultura, que no es más ni es menos que el rasgo distintivo que caracteriza a una sociedad o grupo social, los modos de vida, sistemas de valores, tradiciones y creencias. ¡Qué contrasentido, tener identidad es ser a imagen y semejanza de todos los demás que nos rodean!

Reflexiona teniendo como parámetro la lógica continuidad de los hechos de la historia, presume que la próxima época deberá llamarse Era de la Posterioridad y se propone llegar a ella después de todo: de lo negativo, de lo positivo, del caos y de una de tantas nueva normalidad que le tocó habitar… Por ahora, fin de mi presunto cuento.
Umberto Eco, en su ensayo La nueva Edad Media, describió los ingredientes que son necesarios para reproducir ese período histórico: “La tecnología unificando al mundo; el colapso militar, civil, social y cultural y las debacles económicas y de vacío de gobernabilidad, traen aparejado el fortalecimiento de poderes de los «nuevos bárbaros» que, con una cultura alternativa, socavan las bases del orden imperante, aprovechando una crisis de la normalidad”
Pero, ¿qué hacer fuera de reconocer que siempre las ideologías han sido máscaras que encubren la falta de todo criterio? Querer saber dónde se origina ese «todo» enunciado renglones antes, es la máxima preocupación humana.

En un cuento, que todavía no he escrito, un alguien sufre: En él existen la identidad histórica, la identidad nacional, la identidad de clase, pero cuando mi personaje tuvo que determinar cuál era su propia identidad, para asumirla, no supo a qué atenerse. En resumidas cuentas: Le fue difícil instaurarse en una identidad porque, como producto de las nuevas tecnologías, él se mueve en variados ámbitos culturales y la multiplicidad vivencial que lo digital le proporciona, la facilidad del acceso y los mundos a la distancia del clic le permiten, por tener a mano un control remoto, como sobre alfombra mágica viajar y penetrar en exóticos universos, creencias y costumbres pero al unísono sus perfiles culturales se le diluyen permeados mientras se acrecienta su problema: Las mutaciones culturales que le acometen le insertan pluridentidades, migrantes y electrónicas. Es cuando se inician en él nuevos imaginarios mientras que padece la pérdida de las formas propias de sus referentes culturales, se trastorna su memoria y, en consecuencia, tiene que albergar universos simbólicos y electrónicos que le engendran una punzante transculturación. Inerme presencia cómo la pandemia lo ancló en una nueva Edad Media que él, en su calidad de Homo videns debe superar. De la desesperación lo salva el convencimiento de que la Historia es una noria en perpetuo movimiento:

Mientras la mente del poeta o del místico vuela y su imaginación corre por espacios de maravilla y de misterio, el hombre de ciencia o el filósofo acallan sus fantasías y recurren al raciocinio o al cálculo para dirimir lo que por su magnitud escapa a toda fórmula, definición o razonamiento.

Para unos  el mundo o Universo es el conjunto de todo lo existente, contenido en  dos dimensiones: espacio y  tiempo. Para otros  hay una tercera dimensión en la que encaja el espíritu. Se sabe que en el principio era el  caos y que luego el orden fundó  al Universo y el tiempo lo moldeó. Entonces, según lo anterior el hombre y la mujer están hechos  de orden, de tiempo y de cambios; vienen de un proceso y van hacia una transformación. Mientras se cumple el itinerario,  los humanos ejercen la vida y el libre albedrío, sin que la razón haya podido probar la verdad o falsedad  en cuanto a las  respuestas a la eterna pregunta ¿cuál es el origen de todo? Para dilucidar esa cuestión, la humanidad acude a múltiples medios aclaratorios, desde la Mitología hasta la Ciencia.

Un cuento, del mejicano Rafael Aguirre dice:

“Despertó el hombre de su letargo, vio que la tierra le era extraña y sintió, por primera vez, soledad. Después, la luz del día le hizo conocer la belleza. Era indefenso y comprobó su pequeñez. Buscó un algo que lo protegiera de la oscuridad, de la furia de los elementos y de sus propias insatisfacciones y lo llamó Dios. A esa búsqueda la denominó fe.  Se encontró con otros hombres. El medio ambiente lo obligó a emigrar,  le siguieron los débiles y fue guía. Le quitaron la mujer que le había dado el calor de su cuerpo y sintió ira. Del instinto de posesión  nació el amor. Con el transcurso del tiempo se sintió cansado. Por primera vez lloró. Tuvo conocimiento de la muerte y empezó a reflexionar. Observó el infinito, buscó determinar su sitio dentro del espacio y del tiempo, y su responsabilidad como ser vivo. Aspiró a  lograr cumplir con  su obra que, en manos de otros y de otros y de muchos más, aún  está inconclusa…»