by Samaria Márquez Jaramillo

El fruto de la imaginación

Samaria Márquez Jaramillo

Es innegable: Existe una crisis de representación. En la medida en que  el conocimiento universal entra en un punto muerto surgen alternativas desde el conocimiento individual. No se debe olvidar que el conocimiento está conformado por saberes que establecen entre ellos relaciones de dominación, subordinación, oposición y complementariedad.

Estos días no de descanso sino de falta de rutina en el trabajo,  leo La hora de los hipócritas de Petros Markaris, escritor turco nacionalizado en Grecia,   quien afirma que para escribir novela histórica y/o  de suspenso, hay que tener «la mente retorcida». «No hay una persona normal y razonable que se levante por la mañana, se siente delante del ordenador y la primera pregunta que se formule es: ‘¿A quién voy a matar hoy?’

El escritor griego, deja claro que lo importante no es la historia, sino como relatarla y que, si no existe una relación personal con esa historia, no hay modo de contarla, a no ser que uno se conforme con escribir un informe y no una novela. Markaris,  autor de La hora de los hipócritas,  confiesa que es  incapaz de escribir en tercera persona y relata la historia mientras está ocurriendo y en un lenguaje oral, no literario. «A veces ni siquiera sé quién es el asesino. A veces lo sé antes que Jaritos y otras no. Entonces espero pacientemente y sé que en algún momento lo descubriré», ha dicho.

Petros Márkaris empezó escribiendo obras de teatro y guiones para televisión y cine, además de traducir al griego a autores alemanes, en especial a Bertold Bretch, que le enseñó «a ver las cosas», a convertirse en un observador que es, según ha afirmado, su punto fuerte. También asegura que lo primero que tiene que saber un escritor es que debe vivir en soledad y aprender a amarla y que la única manera de trabajar es fijarse un horario y cumplirlo. Sostiene igualmente que, aunque el «ciudadano de a pie idealice mucho a los escritores, el arte y la literatura», escribir es «una tortura» que empieza en el momento en el que el «fruto de la imaginación» pasa a dar existencia literaria a los personajes y a la trama que se tiene en la cabeza”…

Para muchos es casi inmoral adelantarse al entorno y para otros es difícil traer al frente a los que están en la retaguardia porque a veces resulta delictivo decir lo que otros no quieren saber. Superados ya María y el Romanticismo, Frutos de mi Tierra y el realismo, La Vorágine y el criollismo, Cien Años de Soledad y el realismo mágico, ¿para dónde  me voy  con mi equipaje de escritora?

El sentimentalismo de María desentona con el Corona Virus, el Chip A13 o el chip M1, el Social Media o la tecnología web 2.0. Otro motivo de mis dudas  es de orden ideológico y parte de una convicción (gratuita, como todas las convicciones): Creo firmemente que la buena literatura hace a la gente, si no más feliz o mejor, al menos sí más libre para elegir su destino (y, en todo caso, no tiene contraindicaciones). En cuanto a porqué abandoné cualquier empeño de ser capitalista y me dediqué a escribir, creo que fue una decisión o  apuesta lanzada al vacío. Tenía demasiadas aprehensiones de que a nadie le iba a interesar lo más mínimo mi aporte como escritora y menos a los que se están muriendo de hambre, están hospitalizados, agonizan en plena pandemia  o padecen injusticias sociales, en estos momentos. Por lo tanto, con respecto a  mis escasas probabilidades de poder aportar algo a los demás he decidido canalizarlas o invertirlas en la escritura, con todos sus riesgos. Ello es una resolución de orden mágico: Me niego a observar el mundo como algo plano y predecible. La realidad es mentira, o tan real es el sentimiento que nos produce leer un poema como la piedra con la que nos tropezamos un poco antes de caer al pavimento. Abogo por la multiplicidad de mundos, por la magia que hay en estar aquí y ahora escribiendo para hipotéticos lectores, por el escalofrío que me recorre cuando leo un párrafo inspirado donde las palabras trascienden su significación para abrirme una puerta hacia el misterio. Seguro que Julio Cortázar no lo supo nunca, pero el siguiente  sencillo cuento fue el primero que me hizo llorar al leerlo. Se llama Camello declarado indeseable:

“Aceptan todas las solicitudes de paso de frontera, menos la de Guk, un camello inesperadamente declarado indeseable. Acude Guk a la central de policía donde le dicen: Nada hay para hacer y que pueda servirte para algo, vuélvete al oasis, declarado indeseable, es inútil tramitar tu  solicitud. Surge una tristeza en Guk; retorna a las tierras de su infancia. Y los camellos de la familia, y los amigos, rodeándolo y qué te pasa, y no es posible, ¿por qué precisamente tú? Entonces se conforma una delegación para ir al Ministerio de Tránsito a apelar por Guk. Se crea un escándalo de funcionarios de carrera: Esto no se ha visto jamás, dicen. Ustedes se vuelven inmediatamente al oasis, se hará un sumario. Guk en el oasis come pasto un día, pasto otro día. Todos los camellos han pasado la frontera, Guk sigue esperando. Así se van el verano y el otoño. Luego Guk, decide ir a  la ciudad cercana. Se detiene en una plaza vacía. Es muy fotografiado por turistas. Contesta reportajes. Mínimo prestigio de Guk en la plaza. Entonces aprovecha e intenta  salir ilegalmente. En la puerta todo cambia: Es indeseable, le recuerdan. Guk baja la cabeza, busca los ralos pastos y las secas hierbas de la plaza. Un día lo llaman por el altavoz y entra feliz en la central. Allí es declarado, otra vez,  indeseable. Guk vuelve al oasis y se acuesta. Come un poco de pasto, y después apoya el hocico en la arena. Indeseable, indeseable, indeseable, es el eco en sus oídos. Va cerrando los ojos mientras se pone el sol. De su nariz brota una burbuja que dura un segundo más que él…”

Frente a este escrito, un antropólogo  mirará lo sociocultural o la etnología y la antropología filosófica. Un conocedor del idioma, lo analizará bajo el aspecto lingüístico. Un historiador buscará el recuento de hechos incidentales en el desarrollo de un pueblo. Un tipógrafo la limpidez de su edición. Un reciclador calculará su peso en papel y las posibilidades de aumentar, en monedas,  la venta del contenido de su costal…Yo  pienso que a lo mejor, algún día alguien, aunque sólo sea una persona, pueda sentir cuando lea algún escrito mío,  algo lejanamente parecido a lo que yo sentí al leer la última frase del anterior cuento, que me mantiene cuando las fuerzas me flaquean, no cuando  escribo sino cuándo me entero de algunas retorcidas opiniones sobre lo que escribo.