by Samaria Márquez Jaramillo

Vivir es trasponer sinrazones

Samaria Márquez Jaramillo 

El relato de la realidad es más perturbador que el más intrincado thriller. Todas las elecciones son fruto de razones, contienen decisiones y allí es donde la mano puede torcer, enderezar o apoyar la rama en crecimiento, esperando que el árbol alcance su máximo esplendor o muera inexorablemente por una mala intervención de su jardinero.

Después de miles de años de oscuridad, la humanidad domina el fuego, utiliza el viento, surca los mares, ha puesto sus pies  en otro astro, tiene sistema de comunicación escrito y oral  digital y ¡se desconoce a sí misma!

 ¿Cuál el mejor resumen vivencial? La  escogencia de los hitos resultó una decisión penosa.  La ciencia y la tecnología aumentaron  las posibilidades de vida en  las que, en honor a la verdad, el desarrollo científico no se puede enunciar como conjunto de esperanzas: La aparición de  nuevas enfermedades de origen genético prueban que la prolongación de la vida no es gratis. Peor aún: Las dolencias asociadas al inevitable e irreversible proceso de envejecimiento se hacen  más virulentas a medida que se prolonga la vida. Estos logros cobran alto precio, ¿por qué?  Si la humanidad  sólo hubiera contado con el cuerpo humano, jamás hubiéramos llegado donde estamos y no hubiéramos entendido que las utopías son verdades prematuras. Es su capacidad de soñar  lo que dinamiza la marcha.


Es difícil para quien firma un artículo, convertirse en parte de ese artículo. Atribuirse espacios dentro del texto, que entonces lo albergaría como tema, atreverse, es dejar de ser narrador-testigo-oculto que otea para informar, que examina para presentar a los demás sus deducciones. Dar ese paso, que convierte al autor en parte de su trabajo, cuesta tomar una decisión: Exponerse, no de cuerpo presente sino de mente abierta.
A la una, a las dos y a ¡las tres! De afuera, desde el departamento de producción, entro para ser-en-el-texto. Salgo de lo impersonal, de la enunciación formal para transcurrir por el lenguaje emocional, de primera persona. Frente a la mirada del lector, ante ustedes, desnudo mi mundo interior. ¿Dónde está la fanfarria? ¿Por qué no se escuchan timbales y tambores? Empiezo con una recomendación: Vuelvan a ver, esta vez analíticamente, el cuadro Las Meninas de Velázquez: Con lo primero que se encontrarán es con los ojos, observadores, del pintor. También las miradas tropezarán con los reyes, que el artista está pintando, mientras que las Meninas y la Infanta Margarita, todos ellas modelos del cuadro, ven pintar a Velázquez.

Inmersa en el texto,  ¿qué  puedo decir para explicar que soy un  ente impugnador, tan independiente que llego a ser insoportable?  Para mi mala suerte los dioses ya no hacen el amor con mortales para engendrar héroes: Recurren a instalar microchips, juegan a ingenieros genéticos y dan  ocasión para que delirantes  como yo vaguen por la tierra, con ansias y sin apetito, puesto que tienen la convicción de que el ser humano no vive de lo que engulle sino de lo que digiere. Lo demás, los restos de la digestión… ya se sabe lo que se vuelven.

A sabiendas de la fugacidad del universo  redacto esta historia como si el proceder humano  fuese ilimitado y entablo planes de vida, pensando en años que ni siquiera tengo evidencias de que se avecinan para mí, cuyas cifras se escapan de mi poco pragmático recuento. ¿Cuántos años están por venir a la humanidad, en general, antes de que la tierra se funda  en un abrazo del desierto con los glaciares?

No deseo pensar en aquello, ya que me estremece prever como este mundo deja de ser  un maratonista, que recorre kilómetros y se ejercita  como velocista de cien metros planos.

Y me arraigo al presente, porque es en el ahora  cuando puedo realmente interferir  y no mañana cuando las causas estén perdidas y los dirigentes desgastados, si es que no muertos bajo la lluvia de lágrimas ácidas del dolido mundo aquejado por el Coronavirus.

Por eso yo, ilusa de nacimiento y obsesiva por adopción, en  lo personal, pensaba que la humanidad toda era buena, bueno el mundo y color de rosa el horizonte… Luego entré en sospechas y empecé a mal juzgar… En mi pasado reciente hay demasiados malos ratos. Durante ellos me dejé robar los sueños y dejé de escribir ficción para iniciar múltiples memoriales de fracasos. Todo hasta que un día descubrí que había eliminado de mi vida las quimeras. Con intención remedial salté a construirme otras posibilidades.  Entonces  comprobé  que continuaba desbrujando fracasos aupada  por una convicción: las formas  de pensamiento las determinan las palabras. Prevalece un silogismo: Los pensamientos engendran las ideas. Las ideas constituyen a la sociedad. Entonces es el lenguaje el que construye la cotidianidad y determina el futuro: Dime cómo piensas y te diré qué llegará a tu vida. Lo que más me duele, como parir a tirones  un puerco espín, es ver el deterioro de esta tierra donde elegí nacer y de la que, a pesar de mis diarios rezongos e insatisfacciones, no puedo irme: Es más fuerte mi ámbito de los afectos que mis afanes de triunfo.

Todo final  de un texto debería tener una frase que resuma  el contenido, así como algunas tumbas tienen epitafios. Hoy recuerdo que en la lápida que encierra bajo tierra los restos mortales del poeta estadounidense se lee: A Robert Frost: Él tuvo una historia de amor con la vida.

Nubarrones se ciernen en el  firmamento. Sobre el asfalto de la calle corre el agua descargada en forma de lluvia. Por doquier el hombre traiciona al hermano, los hijos a la  madre, el dinero desata crímenes, violaciones y envidias pero, también  el Sol esplendoroso, exterior,  colgando en las alturas e interior,  irradiando hasta bien adentro de  la piel, comprueban que nunca, las fuerzas oscuras determinan la presencia de las tinieblas para siempre. Toda noche lleva latente una aurora y, por encima de cualquier otra consideración, el sometimiento no es cobardía sino obediencia a circunstancias inconmutables: El  árbol no puede negar su sombra al leñador…

La aplicación de los derechos humanos no
tiene excepciones, la lucha es contra: