by Samaria Márquez Jaramillo

Ella es la otra (Cuento)

                Samaria Márquez Jaramillo 

Ando en busca de las palabras claves para saber-oir-decir el mundo. Para saber-hacer-vivir el mundo y para-contar-un-cuento sobre el primer cuento que fue contado:
Génesis 1-24: ” Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra, según su especie. Y fue así”.
Génesis 2-19: “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo”… Pero la serpiente fue creada ya con nombre. El mismo Dios se le había anticipado. Entonces, el primer hombre no pudo obedecer aquello de, Génesis 1-28, “sojuzgad la tierra y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven”, porque al no ser quien diera nombre a la serpiente, no tenía poder sobre ella.

Ella, que no es la serpiente prenombrada sino la que cedió su cuerpo, su existencia y negó  sus sueños  para que desde su fondo emergiera la otra, tuvo que hallarse en todo lo que un destino complicado entrega. Credo de los Apóstoles, 327 DC: “Creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén”. Y las   historias  se acumularon. La otra  las renació en memoria ajena. 

Un día, sin embargo, cambiaron las cosas. Algo ocurrió. No podría explicar el  cómo  ni el porqué de las coincidencias que se aunaron.  Aunque sí tuvo una frase para describirlo: ¡No lo puedo creer!  Y en aquel momento ella quiso hacer un relato suyo y  no pudo. No encontró su voz… Y es, entonces, cuando este cuento empieza, con una aclaración: No llegará a ser   una ficción  de personajes o  de psicología. Ya es un recuento de la nostalgia contenida en ella, que a su vez como las cajitas chinas, lleva en su interior sentimientos de fracaso, culpa y redención. Lo que se pudo contar y se calló, estaba constituido por la transmitente y por la transmisaria. Además, como parte de la anécdota los renglones que tienen frente a sus ojos hubieran podido describir la determinación de ser ella misma, dueña de sus vislumbres, con sus colores y de su descontento, con sus grises y sus culpas.

Para copiar a Herman Hesse, ella afirmó  que el que quiere nacer debe romper su propio envoltorio vital y empezar a morir y  así lo hizo: Tomó la decisión de ser la de ahora: Dos en una si caben. Y  las historias se acumularon. En todas se reconocía. Mejor dicho, las historias se hallaban  en todo lo que  una eventualidad complicada trae consigo: Reciclar hechos complejos,  vividos, acumulados y evocados por la otra.  Con el tiempo, y  el reconocimiento de que se le hacía tarde, decidió que era una pena perder las palabras a las  que les servía de contenedores y así, sin más, la otra empezó a ser escrita  en el computador, mediante una colección de alegatos.

Un día, muy a su pesar o para su alboroto, ¡cambiaron las factores para ella! Algo debió ocurrir. El cómo y el  por qué  los dejó para el arcano. Esa decisión la instó  a explicarse. Le fue  imposible.  No era apta  para inventar  expresiones que describieran lo desconocido. 

Habría  sido sencillo si  la otra le hubiese hecho saber que lo que quería era  aceptar que dejó de vivir  en un  universo físico e integra un mundo simbólico,  constituido por el lenguaje, el mito, el arte y la urdimbre complicada de la inmanencia.

Además, como parte de la anécdota,  los renglones que tienen frente a sus ojos  tendrían que soportar el  empuje y la determinación, de la que ni como personaje pudo ser ella misma. Ahínco  en vano: Estaba conformada  por  la otra, esa que se adentró en su cuerpo    y no guardó silencio.