by Samaria Márquez Jaramillo

Otra memoria y un nuevo olvido

Jesús Ángel Sánchez Moreno

de reparación. Para subrayar más esta necesidad del olvido se ha construido una de las mayores falacias que, convertida en mantra, se repite hasta la saciedad para intentar forjar un estado de hipnosis en la obediente población que solamente acata mirar en la dirección que la doxa le marca: Nuestro pasado, se dice, con esa terrible Guerra Civil, engendró una violencia inusitada, salvaje; pero esos actos de violencia fueron cometidos por uno y otro bando. Todos igualados en la culpa. Patológica equidistancia que, como ustedes pueden entender, supone un agravio más para las víctimas del franquismo. Si todos fuimos responsables de la tragedia mejor que no profundicemos demasiado en ella no vaya a ser que volvamos a dar vida a las dos Españas. La convivencia exige sacrificios. Las víctimas del franquismo han de sacrificarse en aras de un bien superior.

En síntesis, demasiado simplificada, este es el mandato oficial: Construyamos una memoria que no profundice en lo ocurrido para evitar que las tragedias de nuestro pasado vuelvan a reproducirse. La Transición estableció una máxima que ha funcionado muy bien como señuelo: la fórmula Convivencia = Consenso = Olvido justificado.

Es fácil entender que los franquistas disfrazados de demócratas de toda la vida y sus herederos, tengan sus buenas razones para defender el olvido. ¿Pero y los grupos sociales que se opusieron a la dictadura, que intentaron mantener viva la llama de la República? ¿Por qué estos se han sumado a las retóricas del olvido?
Pongo en primer lugar, como es lógico, el relato hegemónico o, lo que es lo mismo, la memoria oficial. Fruto de esa Transición que para algunos fue ejercicio modélico de consenso, para otros pura transacción que devino en traición, es el discurso que podemos encontrar, en el terreno educativo, en la inmensa mayoría de los manuales. En síntesis, la memoria histórica forjada al calor de quienes dirigieron la Transición se resume en una apuesta por una pretendida defensa de la convivencia. El mito de un país, España, que no sabe resolver sus conflictos sino por la vía de la violencia, forzaba, según el discurso oficial, a no profundizar demasiado en el pasado. No conviene abrir heridas, esa la máxima oficial que se repite cada vez que un esfuerzo de sectores de la población española exige una memoria que se identifique con un acto de justicia, 

Generosidad en lugar de justicia.  A las víctimas del franquismo se les demanda que sean generosas en aras del bien común.  No hay olvido, hay un relato construido, un Cuéntame lo que pasó,  ficción con visos de verosimilitud que permite que la gente se acomode a la historia como anecdotario. Con la llegada del P.S.O.E. al poder se da un segundo paso, que en modo alguno invalida el anterior, todo lo contrario, se suma a él, lo refuerza. El objetivo de la Transición es construir futuro. Se promueve la nostalgia de futuro. Tarea ésta, la de construir futuro en un país que acaba de salir de las cavernas de la dictadura, que es de tal enjundia que no podemos permitirnos que nada nos entretenga o, peor aún, comprometa nuestra real obligación que no es tanto saber qué pasó entonces, sino llegar cuanto antes a ese horizonte que nos convierta a los españoles y españolas, por fin, en modernos, en europeos sin complejos. Modernizar supone, lo mismo que fraguar convivencia, pagar un precio: toda demanda de justicia y de reparación es entendida como un ajuste de cuentas en el sentido peyorativo del término y pone en riesgo el futuro.

• Implantar la idea de que aquello fue y que ahora, por fin, somos futuro, somos Europa, somos ricos y modernos, y hemos aprendido a convivir. Al cuadro de Goya que representa a dos hombres anclados en el suelo matándose a garrotazos le sustituyen otros iconos: desde los emblemas del 92 (Expo y JJ.OO.) hasta el AVE o La movida madrileña. Dicho de otra manera: para qué volver a dar luz a una de nuestras etapas más obscuras cuando ahora estamos ya instalados en un porvenir que allá por los años 70 se veía muy complicado de alcanzar.

• Seleccionar una serie de datos abordados como pura cronología y enfocar su estudio para realzar el mito de la Transición modélica. Memorizar datos para, así, acabar con cualquier atisbo de deseo por pensar. Monumentalización de la historia para, así, desvitalizar el deseo de pensar históricamente. Conocemos perfectamente que imponer una visión cronológica de datos seleccionados (esas líneas de tiempo que aparecen en los estándares de aprendizaje evaluables) supone una apelación a la memorización que nada tiene que ver con la Memoria Crítica. Bien al contrario, la propuesta memorística (memorialismo intencionado, luego fatalmente sesgado) cierra el paso a todo deseo por ir hacia el significado de un proceso histórico. Es como si cuando fuéramos a ver una película en lugar de proyectarnos el filme nos hicieran ver planos sueltos, seleccionados y puestos uno detrás del otro en función de un orden cronológico. Es decir, cuándo fueron filmados cada uno de ellos y no en función de a qué momento del relato se corresponden.

Hoy, en el momento actual, vivimos en otra fase. Se mantiene intacta la defensa de la Transición como proceso de construcción de una convivencia armónica que no tiene parangón en la historia de nuestro país. Pero cada vez con más fuerza suenan las voces de las otras dos líneas o perspectivas que a continuación comentaré. Por ahora decir que desde la perspectiva educativa, el discurso de esta memoria forjada en la Transición se traduce en:
• Cerrar el paso a toda posibilidad de ahondar en el significado de ese pasado reciente. Simplificación que, como es obvio, produce efectos perversos, como por ejemplo el que señala Carlos Fuertes Muñoz: “El riesgo de un énfasis excesivo en minimizar la influencia fascista, sin un análisis en profundidad de la cuestión, estriba en que el alumnado puede percibir, en base al sentido común colectivo y el imaginario histórico-mediático imperante en nuestra sociedad, que el franquismo no fue tan malo como el malvado fascismo. Ello puede tener un efecto desculpabilizador, tanto del franquismo y del propio Franco como de sus apoyos y herederos sociopolíticos”

La inmensa mayoría de los manuales de texto van a reproducir en esencia este relato. Lógicamente si profundizamos en ellos habrá matices en lo relativo a adscripciones ideológicas: hay quienes subrayan el papel de la derecha llamada centro-derecha, hay quienes subrayan el papel del centro-izquierda. Todos ensalzan la Transición como modelo político ejemplar. No hay juicio. La memoria se ha desentendido de cualquier tentación de ser juicio histórico. Así pues, el relato de la memoria es una excelente elaboración forjada en el olvido y éste entendido como razón de progreso

Me detengo, brevemente, en este último aspecto porque he de admitir que, dada la actitud de la derecha española y del proceso de Transición vivido, suele infiltrarse en el discurso oficial esta idea de que a partir de los años 60 del siglo pasado Franco impulsó un proceso de modernización del país que está en la raíz de la España en la que hoy vivimos y que tanto anhelan destruir las izquierdas.

Aquí la memoria no se nutre de eso que ahora se ha puesto de moda, fake news. Aquí de lo que se trata es de una operación de falsificación y del ejercicio de la pura y dura violencia simbólica que prosigue la acción de esa otra violencia, menos simbólica, que dominó la etapa franquista. Cometeríamos un error si consideráramos a este sector como simples nostálgicos del franquismo. Su peso es mayor y no debemos desligarlo de los procesos de rearme del fascismo en la Europa El discurso que sostiene es bien sabido: no hay democracia sin memoria entendida como ha de ser, es decir, como medio regido por y para la justicia. No habrá democracia real en España mientras sigan los asesinados por el franquismo, desde la cruel guerra que el dictador orquestó para alcanzar su objetivo, olvidados en fosas. No habrá democracia real mientas no se condene de manera tajante a la dictadura y a los verdugos. Hemos de recordar aquí que la derecha española, encarnada en estos momentos por el P.P., pero también por Ciudadanos, no condena al franquismo. Les basta con decir, algunos con la boca bien pequeña, que eso fue una dictadura y que no estuvo bien. Como si así se hiciera justicia.