by Samaria Márquez Jaramillo

Con el coranavirus avasallan las autonomías personales

Hugo Alconada Mon*

*  Nació en La Plata, 15 de junio de 1974. Es un abogado, autor y periodista de investigación argentino, multipremiado por su labor. Actualmente  es secretario de Redacción en La Nación

Forma parte del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, que ganó un Premio Pulitzer por la investigación Panamá Paperas. Obtuvo el premio Periodismo en Profundidad de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP, 2017) y el premio George Polk Award (2018). Es Premio Transparencia Internacional -IPYS a la mejor investigación periodística en América Latina (2011 y 2014; menciones de honor 2009, 2010, 2013 y 2016). Premio María Moors Cabot (2018), entre otros muchos.

Formación académica

Alconada Mon es abogado graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Tiene una Maestría en Artes Liberales de la Universidad de Navarra. Es Profesor visitante en la Universidad de Misuri y en la Universidad de Columbia. Además, es Becario de la Universidad Stanford y Eisenhower Fellowships.

“Me inquieta que las mayorías puedan ser aterradas con éxito para que entreguen sus libertades individuales” afirmó Ramesh Thakur, polémico, sí, pero con argumentos y datos, politólogo y experto en seguridad internacional, nacido en la India, educado en Canadá, que trabajó alrededor del orbe, se radicó en Australia y llegó a la primera línea de la ONU y quien ahora  teme que la “coronafobia” impida ver el panorama completo. 

Ramesh Thakur padeció desde las Naciones Unidas (ONU) la ofensiva de presión, propaganda y manipulación retórica que llevó a la guerra en Irak. Ahora, 18 años después, siente que se repite la historia con la pandemia de coronavirus. En particular, con la imposición de las cuarentenas.

“Las graves amenazas globales requieren soluciones globales”, plantea, desafíos que afectarán a cientos de millones entre los más pobres del planeta, y que también dejarán largas secuelas en los países más ricos. Por eso, urge, los gobiernos deben implementar “una política pública integrada como respuesta a la pandemia”.

-¿Qué quiere decir con “coronafobia”?

-He tenido dos grandes preocupaciones durante la pandemia. Ambas se relacionan con mi sensación de que una “coronafobia” se ha convertido en la base de la política gubernamental en muchos países, con una pérdida total de la perspectiva de que la vida es un equilibrio diario de riesgos. Primero, me inquieta la medida en que las mayorías en países alfabetizados pueden ser aterrorizadas con éxito para que entreguen sus libertades civiles e individuales. Y eso, cuando las pruebas sobre la escala y gravedad de la pandemia son sorprendentemente escasas en comparación con las innumerables otras amenazas a nuestra salud que afrontamos cada año. No prohibimos los automóviles, por ejemplo, con el razonamiento de que cada vida cuenta. Aceptamos el nivel de riesgo para la vida y la integridad física que los autos conllevan a cambio de cierto nivel de conveniencia. Ahora, sin embargo, las restricciones impuestas a nuestra vida cotidiana han sido mucho más draconianas que cualquier otra antes, incluso durante la Segunda Guerra Mundial y la gran gripe de 1918-1919, pero la evidencia sobre la efectividad de los cierres de los países es menos que convincente. Por lo que sabemos, la infección parece subir abruptamente, detenerse, bajar y retroceder en casi todas partes, independientemente de las diferentes estrategias de intervención que adopte cada gobierno.

-¿Y el segundo punto?

-Que el coronavirus amenaza con abrumar la salud y las economías de muchos países en desarrollo donde mil millones de personas subsisten en un estado de naturaleza hobbesiano y la vida es “desagradable, brutal y breve”. En los países pobres, el mayor número de muertes se debe a enfermedades infecciosas transmitidas por el agua, deficiencias nutricionales y complicaciones neonatales y maternas. El encierro ha
producido su propia versión del dicho de Tucídides de que los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren como deben. En los países en desarrollo, salvar los medios de vida no es menos importante que salvar vidas. Los privilegiados pueden utilizar los hospitales privados, pero los pobres tienen poco acceso a una atención médica decente y quedarán desproporcionadamente devastados. Los pobres cargan con la carga, ya que quedarse en casa significa renunciar a sus ingresos diarios. Millones temen que el hambre los mate antes que el coronavirus. El Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio advierten sobre dramáticas desaceleraciones y contracciones del PBI, con el aumento consiguiente de la pobreza. Oxfam estima que la pandemia podría empujar a 500 millones de personas más a la pobreza y la ONU estimó que la recesión económica mundial podría causar cientos de miles de muertes infantiles adicionales en 2020. El número de personas que padecen hambre aguda podría casi duplicarse a 250 millones. Un estudio de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins advierte que la mortalidad infantil podría aumentar en 1,2 millones este año en los países pobres y la mortalidad materna en 56.700, debido a la interrupción de los servicios de salud.
-¿Qué piensa de usted?
¡Supongo que siento nostalgia por un mundo que perdí en estos tiempos locos!