by Samaria Márquez Jaramillo

Pederastia, pedofilia y otra filias

Camilo Marks *

* Santiago, 1948.Es un abogado de derechos humanos, académico, escritor y crítico literario chileno. Autor de La dictadura del proletariado, novela, Alfaguara, 2001;  Altiva música en la tormenta, novela, Mondadori, 2004;   La sinfonía fantástica, novela, Mondadori, 2008;  El gusto de criticar, recopilación de crónicas de El Mercurio; ediciones de la Universidad de Talca, 2015; Indemne todos estos años, memorias, Lumen, 2015;  El sol del Pacífico, memorias, Lumen, 2018

 

Vladimir Nabokov (1899-1977) es considerado, exageradamente, el más grande escritor del siglo pasado. Proviene de una aristocrática, riquísima y muy culta familia. Su padre fue consejero del zar. La revolución Bolchevique produjo la huida del grupo a Europa. Vladimir vagó por Berlín, París y otras capitales y se radicó en Estados Unidos, en 1940. La fama de Nabokov proviene de Lolita, publicada en 1955, que produjo un escándalo mundial y se convirtió en un bestseller instantáneo. Se ha llegado a decir, quizá con razón, que, si no fuera por esta novela, Nabokov sería un oscuro y olvidado nombre.

 El estilo de Nabokov es amanerado hasta lo incomprensible, empalagoso en niveles insoportables, totalmente rebuscado, en suma, carente de la más mínima naturalidad. Sé que numerosos y numerosas personas cuya pasión es la literatura hallarán aberrante mis opiniones. Sé que, en nuestro medio, hay quienes no vacilan en declarar que Nabokov es un genio inalcanzable, deleitándose en sus recovecos, sus oraciones prefabricadas, su bizantinismo técnico e ignorando por completo la extrema artificiosidad de un estilo exasperantemente alambicado.  

Leí Lolita cuando tenía 16 años y, por descontado, me encantó, me entusiasmó, me hizo delirar, en fin, poco me faltó para hacerme el harakiri de felicidad. La he releído recientemente y mi parecer es otro. El argumento de Lolita es archiconocido: Humbert Humbert, el narrador, profesor de gramática inglesa,  conoce a la viuda Charlotte Haze, quien le presenta a Dolores, su hija de 12 años. Apenas la conoce, Humbert se obsesiona por ella y contrae matrimonio con Charlotte para estar cerca a la menor.  La madre de Lolita  descubre los diarios de su marido y reacciona con repugnancia y humillación. Quiere huir con Lolita y antes escribe una carta a todas sus relaciones advirtiéndolas del peligro. Al caminar hacia el correo es atropellada por un vehículo.  Humbert, en su función de padrastro, recorre el desolado paisaje norteamericano de los años 40, conduciendo de día y alojando en moteles en la noche. Para tenerla bajo su poder, el profesor recurre a costosos regalos, que aumentan en cantidad y calidad, así como inventa innúmeras argucias a cambio de sexo. Los celos lo devoran, controla frenéticamente a Dolores y percibe que en su deambular, va tras ellos un individuo, que resulta ser Clare Quilty, amigo de Charlotte y famoso dramaturgo. De súbito, Dolores desaparece y el pedagogo inicia una feroz, desesperada, enloquecida búsqueda de la niña. Tiempo después, recibe una misiva de Lolita, en la que le informa que ha cumplido 17 años, está casada con un mecánico y se halla en avanzado embarazo. No obstante, quien la raptó y borró del mapa fue Quilty, pues tiene in mente hacer un film pornográfico, con Dolores en el rol de estrella. Humbert da muerte al cineasta y muere de un infarto cardíaco, mientras espera sentencia en un proceso por asesinato. Antes Lolita muere a consecuencia del parto en vísperas de la Navidad de 1952.

Cuando se publicó Lolita, el clima político, moral, social e intelectual era radicalmente opuesto al que rige en el presente y la historia que he resumido -y mucho, pues el libro es extenso- hoy por hoy no asusta ni a una monja carmelita. La novela ha sido objeto de innumerables interpretaciones, sea como metáfora del macartismo, sea como símbolo de la emancipación femenina, sea lo que sea y hasta se ha afirmado que es la ficción más importante del siglo XX.

 Nabokov expresa: “No soy ni lector ni escritor de temas didácticos y Lolita nada tiene que ver con la moral. Para mí, el valor de un texto literario reside en lo que, sin matiz alguno, denomino felicidad estética, o sea, aquello que se conecta, donde sea y cómo sea, con formas de vivir en las que el arte -curiosidad, ternura, bondad, éxtasis-, es la norma”…    En rigor, esa fue su actitud frente a todo lo que se dijo, no se dijo, se hizo o dejó de hacer a raíz de la aparición de Lolita y el resto de su corpus.  

Lolita tuvo, desde su aparición, una plétora de admiradores incondicionales, por lo general provenientes del sector académico; además, la llamada prensa “seria”, tanto europea como angloamericana, se desvivió en calificativos extravagantes, de forma que, más que un acontecimiento literario, el tomo se transformó en un fenómeno social. No obstante, hubo entre los campeones de Lolita, ciertas disidencias. Dorothy Parker dijo que la historia se enfocaba en un hombre que solo puede querer a niñas y en cuanto a Dolores, es una criatura espantosa, una niñita egocéntrica, vulgar en extremo, idiota, malcriada. Por su parte, Lionel Trilling declaró: “al leerla, condonamos la violación que representa, nos 

hacemos cómplices de ella y permitimos que nuestras fantasías acepten, como lo más normal, aquello que es repugnante”. En rigor, la controversia suscitada por esta intriga continúa siendo vigente, por más que la permisividad de hoy tolere lo que ayer resultaba inaguantable.

En nuestra época quizá hayamos progresado en lo relativo al respeto por la vida privada y las conductas, llamémoslas, minoritarias, lo que recién reseñamos, más que inquietante, transgresor, chocante, es, ni más ni menos, un canto a la pedofilia. ¡Para qué recurrir a eufemismos! Un cuarentón avanzado, casi cincuentón, que seduce a una chica impúber, es un pedófilo al cien por ciento. No es cuestión de moral, moralina, gazmoñería, sino simplemente estamos ante la comisión de un gravísimo delito.  Por descontado habrá quienes, al leer estas líneas, opinarán que han sido concebidas por un anticuado reaccionario moral. Otros, tal vez quienes padezcan que las víctimas de atroces abusos, raptos, secuestros, iniquidades, sean sus hijos o hijas, no serán tan bocones ni inquirirán: “¿De qué se aterran? “

Nabokov fue un hombre íntegro, decentísimo, intachable y jamás pudo reprochársele haber realizado el tipo de actos que describe en sus narraciones. Aun así, es innegable el embeleso que lo embargaba por asuntos peliagudos. En numerosos otros trabajos de su extensa producción, tenemos incontables episodios de pederastia y las parafilias abundan. Huelga decirlo, no es el primero ni será el último que aborda las más retorcidas formulaciones de erotismo. Desde la Antigüedad hasta el momento actual, la literatura está colmada de himnos al amor, sea carnal, sea espiritual, sea místico o bien se traduzca en actividades de lo más peregrinas.

En fin, todo lo anterior puede parecer irrelevante, no discuto el anterior adjetivo,  con la condición  de que determinadas actividades se mantengan en el terreno de la literatura…