by Samaria Márquez Jaramillo

Maniqueísmo y cambios maniáticos, bipolarización y bipolarismo

Carlos Santamaría Ansa*

Matemático, filósofo, meteorólogo, euskaltzale y pacifista donostiarra. Fue investido Doctor Honoris Causa por la UPV/EHU en 1992. Matemático y humanista donostiarra. San Sebastián. Quizá el promotor más activo -de empresas científicas, sin duda, pero también culturales y académicas- que ha conocido el País Vasco del siglo XX. Es más: Santamaría ocupa un lugar singular en la historia de la educación vasca, y de las ciencias y las técnicas en particular. Un acercamiento, aunque escueto, a la figura de Carlos Santamaría Ansa es imprescindible para comprender la historia de las instituciones educativas vascas.

Aunque los hombres y mujeres de hoy no tengamos aún plena conciencia de ello, la invención del  arma atómica es uno de esos acontecimientos que jalonan la Historia y marcan sus etapas más importantes. Así, el hundimiento del Imperio Romano, la invención de la imprenta, el descubrimiento de América, la primera máquina de vapor, son hechos de transcendencia secular, que se han prolongado y amplificado a través de los siglos y no parece demasiado aventurado afirmar que los historiadores futuros tendrán que hablar de la bomba de Hiroshima como uno de estos hechos decisivos que determinan la marcha de la humanidad hacia su destino.

En el año 2500 se verá, quizá, con más claridad que ahora el peso que la invención del arma nuclear ha tenido en la historia de la humanidad. Desde este punto de vista, en la historia de los últimos cuarenta años la situación de “no guerra nuclear”, es decir ese estado de  permanente inseguridad en el que la bomba atómica no ha sido nunca utilizada como arma de guerra y, sin embargo, no ha dejado de estar presente en el escenario de la política mundial, permanecerán en páginas y renglones destacados, las incesantes e infecundas negociaciones diplomáticas para tratar de «enjaular al monstruo» y los asombrosos avances realizados por éste —es decir por el arma nuclear— en su propia realidad técnica y estratégica.

 Puestos ahora a examinar la situación del mundo tras estos setenta y tantos años de incubación armamentística, nos encontramos con que todo sigue influido por el factor nuclear  que siempre está acompañado por un componente ideológico extremadamente agudizado.
El hecho básico que se produjo, como resultado de ambos constituyentes, fue la división del mundo en dos bloques , más o menos dirigidos o dominados por las dos superpotencias nucleares, que es lo que aquí llamamos bipolarización o Guerra Fría.
Notemos que los dos factores que acabamos de mencionar —el ideológico y el nuclear— no son enteramente independientes entre sí. Al contrario, ambos se complementan y se refuerzan. En efecto, la división del mundo en dos bloques ideológicos no hubiese logrado la importancia que tuvo si ambos no estuviesen dotados de armas nucleares en incesante progreso. Recíprocamente, este progreso no hubiera tenido lugar si no fuese impulsado por el propósito  ideológico de dominio de cada bloque sobre el bloque contrario. En resumen: la espiral nuclear-armamentista viene, en gran parte, de los imperativos ideológicos y éstos se refuerzan, a su vez, por la posesión del poder nuclear.
Pero existe, además, otro factor que no puede ser olvidado: el llamado tercer mundo: El conjunto de naciones pobres o insuficientemente desarrolladas que aún  se debaten con enormes problemas y tratan de buscar sus aliados ¡y sus armas!, según las posibilidades que se les ofrezcan en cada circunstancia.
La interferencia del frente Norte-Sur con el frente Este-Oeste es un hecho permanente que gravita de modo notable sobre la situación actual de la humanidad. Conviene establecer una clara distinción entre la bipolarización y un segundo concepto que es el que aquí llamamos bipolarismo y que muy a menudo se confunde con el anterior.
La bipolarización es un hecho sumamente perjudicial, por cierto, para la Humanidad y toma este nombre  de los efectos que produce el trastorno bipolar, me refiero a los  cambios patológicos en la personalidad, que van de la euforia maniática hasta la depresión.
El bipolarismo, en cambio, es un «ismo», una ideología, la ideología de la lucha de bloque contra bloque que hace consistir la solución en la victoria de un bloque —el propio—, sobre el otro,  contrario.
La ideología bipolarista es la exaltación de la lucha de bloque mantenida por los que  propugnan el reforzamiento de su propio bloque y la destrucción del bloque enemigo, en una confrontación maniquea del mundo y el resto como políticamente nulo.
Una afirmación análoga puede hacerse, evidentemente, respecto del bipolarismo occidental, que considera necesario destruir el bloque comunista como primera medida para dar solución a los problemas de la Humanidad actual. 
Pero, además, todo ello estaba ya implícitamente en la doctrina Dulles de 1954, en una época en la que los americanos seguían prácticamente disfrutando del monopolio atómico. El «fosterdullesismo» del 54 se reproduce hoy, de alguna manera, en el orgullo nacional de los estadoudinenses.
Hubo un presidente en Estados Unidos, Reagan, que amenazaba la paz con su triunfalismo bipolarista .  Recordemos, por citar un ejemplo más, la desdichada y famosa expresión del «imperio de mal» con la que Reagan calificó hace unos años al régimen comunista. Al parecer, una buena parte del pueblo norteamericano se inclina a este género de planteamientos belicosos, y a una doctrina que, en el fondo, no se aparta mucho de la de la «cruzada anticomunista» del general Franco.
El maniqueísmo estuvo presente  y constituyó un gran obstáculo para el desarrollo de una paz dirigida hacia la superación de los bloques. Incluso en el dominio de la estrategia militar proyectada por  esa misma mentalidad. Tanto americanos como soviéticos parecieron  soñar, algunas veces, con la posibilidad de un «roll  back», un total arrollamiento del adversario en el teatro de guerra europeo, o con un primer tajo que dejara sin armas y fuera de juego a la superpotencia adversaria.
Algo análogo podría decirse de la estrategia de acorralamiento económico y tecnológico implementada contra el bloque soviético, que ya había sido ensayada alguna vez por los americanos y notablemente intensificada , en su tiempo, por la Administración Reagan, pese a las apariencias de agilización del comercio con el Este. Con esta estrategia se trató de atacar al régimen comunista en lo que parece ser su punto más débil: la organización económica pues algunos políticos americanos pensaron  que los rusos no podrían mantener durante mucho tiempo los enormes gastos que originaba el armamentismo, sobre todo en sus formas  de alta tecnología. 
Los soviéticos no hubiesen podio competir con el poderío técnico y económico de los EE.UU., si se les hubiera aplicado una política de aislamiento en determinados campos esenciales para el desarrollo tecnológico. Esta habría sido la mejor manera —dicen— y la manera más natural de acabar con el comunismo. Ahora bien, todo esto no fue sino una forma encubierta de bipolarismo a la que los rusos respondieron con teorías parecidas sobre la próxima muerte del capitalismo.
En todo caso, resulta difícil de creer que la política de cerco tecnológico contra la URSS pudo ser llevada realmente a la práctica con un mínimo de eficacia. Un estudio de la OCDE publicado por «Le Monde» en julio de 1984, afirma que «una política de embargo completo sobre los intercambios tecnológicos no podría detener los progresos técnicos de los países del Este más que en el caso —inverosímil— de que fuese posible mantener en secreto los progresos de la tecnología occidental».
La reacción soviética consistió en una intensificación de su espionaje científico y técnico, cosa no muy difícil y que ahora está comprobado que ocurrió en los años cuarenta, cuando los americanos creían que podrían mantener ocultas por largo tiempo sus  investigaciones sobre la bomba atómica.
Todo esto no fue, en definitiva, más que otra forma de guerra subterránea de la que nada bueno se extrajo para la pacificación del mundo.