by Samaria Márquez Jaramillo

Esperanza sin engaño

Javier de Lucas *

*Catedrático de filosofía del derecho y filosofía política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, (España) Fue Director del Colegio de España en París (2005) Desde 2019 es senador por Valencia y el PSOE. Ha dedicado una especial atención a la formación crítica de profesionales en el ámbito de la justicia, participando en programas de formación de abogados, jueces y magistrados sobre inmigración, multiculturalidad, globalización, minorías, en particular en actividades de formación continua del Consejo General del Poder Judicial de España y de la Escuela Judicial.

No me gusta ni lo pretendo, ejercer de agorero o aguafiestas pero precisamente ahora, cuando parece asomar cierto optimismo, quiero proponer al lector una reflexión sobre un riesgo en el que creo que no se ha insistido suficientemente. Me refiero al que subyace a la frecuente utilización de expresiones como la «salida del túnel», o la «recuperación de la normalidad», aunque ya casi nadie cree que sea posible una vida «normal» como la entendíamos antes, sobre todo, me parece preocupante la estrategia comunicativa de algunos responsables públicos y de no pocos medios de comunicación, que se sirven de esas y otras expresiones para presentar la entrada en las sucesivas fases de la «desescalada» como una carrera por «ganar la victoria», so pretexto de enviar un necesario mensaje positivo de alivio, de premio al esfuerzo realizado.

 Reconozco que muchas veces esos mensajes se acompañan de argumentos no exentos de razón, como la tesis de que, para salir de esto con el menor porcentaje de daño económico y social, hay que reactivar la economía: promover la reapertura de negocios y empresas, detener la sangría de eliminación de puestos de trabajo e incentivar el consumo. Pesa también en esa estrategia la necesidad de hacer frente a una crisis que nos explican que ya está aquí y que no conoce parangón con lo que hayamos vivido quienes nacimos después de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial.

 

Quiero decir que el peor de los casos se presenta cuando se trata de un deliberado intento de utilizar de forma partidaria la pandemia para un propósito tan indecente como atribuirse medallas, incluso al precio de criminalizar al adversario político. No niego que sea comprensible pero considero un grave error fomentar de modo imprudente la voluntad –aunque sea inconsciente– de amnesia colectiva, si se me permite decirlo así. Porque, con seguridad, a la mayoría de nosotros nos gustaría pensar que todo esto que hemos vivido y aún vivimos ha sido una pesadilla y que está próximo el momento en que despertaremos de este mal sueño. Ojalá todo esto fuera un mal sueño.

No es así: no hay ni habrá, al menos a medio plazo (un año, nos dicen, con lo que eso puede significar en términos de pérdida de vidas humanas) nada parecido a la postpandemia:

 hasta que la vacuna esté en condiciones de ser administrada de forma general, viviremos en una especie de pandemia intermitente, con rebrotes que podremos controlar mejor si ponemos todo el empeño en estar preparados. Eso exige aprovechar que hemos controlado el momento más angustioso de la pandemia (momento que podría volver). Por tanto, se trata de exigir que todas las declaraciones retóricas sobre la toma de conciencia de esas prioridades se concreten ya en inversiones en infraestructura y mantenimiento material, así como en contrataciones del personal necesario para mejorar las condiciones del sistema de salud pública.  Como lo es revisar a fondo el sistema de residencias para ancianos cuyos déficits, dificultades y contradicciones hemos conocido en gran medida gracias a una sostenida investigación de  

Pues bien, precisamente por eso, conforme se abren esas fases de la desescalada, es más necesaria, a mi juicio, una pedagogía de la prudencia y del realismo crítico que no maquille la realidad a la que nos enfrentamos. Porque, de forma quizá no tan inconsciente, pareciera que esta estrategia comunicativa a la que me he referido aliente una lógica que, en su expresión más brutal, se condensa en ese refrán tan español de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo». Venga: abramos ya las empresas y negocios grandes y pequeños –el tópico mensaje de la alegría de reencontrarse con amigos en bares y terrazas–, recuperemos centenares de miles de puestos de trabajo, incentivemos la llegada del turismo sin molestas cuarentenas disuasorias.

 

Por no hablar del riesgo que me parece percibir en ese otro mensaje que nos exhorta a aprender de los superiores países nórdicos, que apuestan por la libertad individual y la responsabilidad cívica, en lugar del paternalismo de aquí, que nos trataría como a menores de edad. Como si bastara apostar por la tesis de que cada uno decida desde su propia responsabilidad si quiere ir aquí o allá, llevar mascarilla o no, viajar a su segunda residencia para pasar mejor el verano y todo funcionará. Reconozco que estoy harto de quienes nos sermonean con la invocación del modelo escandinavo o de ese confinamiento inteligente, propio de los ejemplares Países Bajos, según nos aleccionó un simpático periodista de este país que, por cierto, practica una tan inteligente como insolidaria política fiscal que le ha convertido de facto un paraíso fiscal. Responsabilidad individual, desde luego, pero en el bien entendido de que la prioridad es la salud. Un bien que no es individual, porque, como recordé en estas mismas páginas, hoy se admite el principio «Una sola salud», que refleja el hecho de que la salud de las personas, los animales y el medio ambiente están todas ellas interconectadas [ver aquí].

Sin duda, no hay sociedad cívica sin la asunción de la responsabilidad individual. Siempre que eso no sirva para autoblindarse, desentendiéndose de los demás. Ya he explicado en algún comentario que, a mi juicio, esta pandemia nos puede ayudar a darle la vuelta a la metáfora de Pilato: porque lavarse las manos, como hemos aprendido en la pandemia, ya no simboliza un gesto indiferente, de quedarse al margen, de no tener nada que ver con los otros (a los que se mira como salvajes). Nos lavamos las manos, como usamos mascarillas, para protegernos a nosotros y a los demás, para ser solidarios, porque la salud no es individual, no se puede preservar ya sólo individualmente: es común, es de todos.

Pero, sobre todo, es que no nos podemos permitir el autoengaño de la euforia, de dejar atrás el mal sueño, de haber alcanzado por fin la luz al final del túnel: no podemos dejar atrás sin más casi 30.000 muertos, con lo que significa para sus familias, por no hablar de las secuelas que pesan sobre buena parte de los recuperados del covid-19. Ni siquiera entro en lo que estamos ya afrontando, una crisis económica y social como no hemos vivido quienes nacimos después de nuestra guerra civil. Imaginemos lo que pueden significar los rebrotes y lo que puede llegar y probablemente llegará en otoño. Hay que preparase para estar en las mejores condiciones de afrontarlo. Y eso exige, ante todo, prudencia, frente a la euforia del paseo, las cervezas, las terrazas y las playas. Todos necesitamos descansar, aliviar el confinamiento. 

 Porque, aunque sean sólo unos pocos los que abusan de las suspensiones de la restricción de la libertad de movimiento que comporta la entrada en las nuevas fases de la desescalada, basta con esos pocos para que pueda irse al traste el esfuerzo de la mayoría. Necesitamos motivos para la esperanza, sí. Pero motivos consecuentes: y eso comporta aceptar que tenemos que aprender a perder una parte de nuestros hábitos de vida.

En efecto, se trata de aprender también a perder, esto es, a auto limitarnos, a perder un poco, para que ni nosotros ni los demás perdamos más. Porque lo que menos necesitamos es el engaño de las falsas esperanzas. La madurez de una sociedad consiste, desde luego, en exigir que nos traten como adultos y nos

digan la verdad de lo que se sabe: no se trata, en absoluto, de convertirnos en súbditos sumisos. Pero también consiste en saber actuar en consecuencia. Y eso obliga a dejarse de autoengaños. Obliga a informarse, para conocer y aceptar la realidad que nos toca vivir. Así será mejor para mí, para nosotros