by Samaria Márquez Jaramillo

Las redes sociales y la lección a Trump

Rubén Darío Buitrón *

*(Quito). Escritor, cronista, catedrático. Ha publicado siete libros. Ganó dos premios nacionales en periodismo y dos en literatura.

Si las redes sociales no son generadoras de discursos racionales e interacciones respetuosas, habría que pensar seriamente en cuánta importancia estamos dando a una herramienta que solo sirve para torcer la realidad, degradar al opositor y vulnerar la reputación de las instituciones públicas y privadas.
El líder más controvertido de la historia de la Casa Blanca, Donald Trump, no pudo lograr su objetivo de construir el enemigo, crear el caos y emerger de él como el único que podría salvar la democracia que él mismo, a través de sus redes sociales y sus declaraciones a periodistas, intentó destruir. Como un tiranuelo intolerante y un mal perdedor, Trump usó las redes sociales de la forma más antiética posible. Si los nuevos espacios digitales se crearon para que interactuemos, él no lo hizo. Envió centenares de mensajes  por Twitter, Facebook e Instagram usando estas herramientas de la forma en que solo puede usarlo un individuo de peligrosas características políticas y psicológicas.

Su fuerte influencia en los fanáticos enceguecidos que lo seguían, lo obedecían y estaban dispuestos a todo con el fin de impedir que se concretara el último paso legal del intrincado proceso electoral estadounidense terminó con un hecho insólito en la historia de los Estados Unidos: el asalto al Capitolio, en Washington, sede legislativa nacional.

El poder de las redes lo había complicado todo a tal punto que Twitter fue la primera en bloquear sus mensajes para que no siguiera promoviendo la ruptura de la democracia. Horas después, Facebook e Instagram cerraron el paso a sus mensajes y decidieron no permitir que continuara azuzando a sus perros de caza, dispuestos, incluso, a dar la vida por una mentira.

Enloquecido por un resultado que, sin duda, no esperaba, Trump convirtió a sus redes sociales en un arma letal contra la institucionalidad norteamericana, siempre alabada como ejemplar en la historia mundial contemporánea. Trump cosechó lo que sembró. Las redes sociales le salieron al paso —un hecho, también, sin precedentes— luego de que publicara mensajes incendiarios y difundiera mensajes que atizaron el fuego de sus partidarios, quienes se creyeron la falacia de que la derrota electoral era producto de un fraude y no de un proceso donde su rival lo derrotó. Así de simple.

Aquella noche del 6 de enero, Trump debió estar a punto de enloquecer. Después de animar a sus violentos fanáticos a que invadieran el Capitolio e irrumpieron en la ceremonia de ratificación de los votos que obtuvieron los dos candidatos, con cuatro muertos sobre sus hombros, Trump grabó un video para sus militantes, dijo “los amo” y les pidió que volvieran a sus casas. Pero el daño estaba hecho.
La explosión de una parte de la sociedad norteamericana fue el resultado de una actitud que primero se volvió un berrinche de un candidato que no logró su propósito de ser reelecto y que, luego, se convirtió en una suerte de “realidad virtual”: Trump perdió, pero nunca aceptó la derrota y llegó a convencerse de que le habían robado.
El mensaje del presunto “fraude electoral” había tocado las vísceras de grupos trumpistas, supremacistas y agresivos que llegaron a Washington decididos a forzar que el Congreso no declarara la derrota electoral de su líder, a pesar de que este nunca pudo demostrar que se había producido el cacareado fraude.

Se trata de un problema que rebasa lo ocurrido en Estados Unidos y que nos atañe a todos en el mundo. Las redes sociales no pueden seguir mintiéndose a sí mismas cuando alguien con dinero puede comprar seguidores, crear robots que repliquen mensajes y que transforman en tendencias mundiales los mensajes que esos individuos envían para conseguir sus propósitos, en especial políticos pero, también, económicos y sociales.

La lección que nos dejan los trágicos episodios protagonizados por Trump, un líder inmaduro e irresponsable, nos hacen pensar en la necesidad de buscar formas de detener las “fake news” y las “deep news”, que tanto daño pueden hacer a una sociedad.

América Latina tiene procesos electorales en marcha y nadie puede asegurar que los candidatos presidenciales no vayan a tomar actitudes similares a las de un individuo tal irracional como Donald Trump.

Lo ocurrido en Estados Unidos tiene que ver con la madurez democrática de una sociedad y con la responsabilidad de los aspirantes presidenciales y de los líderes políticos de cada tienda proselitista.

Trump nos ha dejado una lección: que los obsesivos por tener el poder o aspirar a él están dispuestos a todo, incluso a falsear la realidad y atentar contra la reputación de las personas y entidades.
El deber nuestro es, justamente, lo contrario: cuidar la democracia, el debate y el disenso como instrumentos de convivencia que no están aquí como un regalo para la sociedad, sino que se siembran y construyen todos los días.