by Samaria Márquez Jaramillo

Ochenta años después del suicidio de Walter Benjamín

Grupo de redacción de la revista Letras Liberadas

Una maleta de piel, un reloj de oro, una pipa, un pasaporte , un carné, una radiografía, unas gafas, varias revistas, diversas cartas, unos cuantos papeles y algo de dinero, eran las pertenencias, según la documentación del juez que certificó, con falsedad, la muerte de quien fuera sepultado en cementerio católico con el nombre de Benjamín Walter. Una sobredosis de morfina acabó con su vida, aunque el certificado de defunción hablara de derrame cerebral. “Todo recuento del devenir de la cultura es, también, una historia de barbarie”…

Hay exilios que son lo suficientemente largos como para que uno pierda por completo los sentidos indispensables para sobrevivir: el de la dirección y el de la pertenencia. Después de haber pasado siete años en distintos puntos de Europa, Benjamin abandonó París en mayo de 1940, se sabía perseguido por el régimen fascista de la Alemania nazi y albergaba la esperanza de embarcarse rumbo a Estados Unidos, donde se encontraría con los otros miembros de la Escuela de Frankfurt.

¡El aval! “Avalado” sea Dios, se decía, en vez de alabado. Una vez que obtuvo la visa, el filósofo tomó un tren de Marsella hacia Portvendres acompañado de la fotógrafa Henny Gurland y su hijo, a quienes acababa de conocer. Aunque aún no cumplía 50 años, sus enfermedades dificultaban enormemente el trayecto.

El grupo emprendió la huida a España la tarde del 24 de septiembre de 1940, por una ruta segura que los obligaba avanzar a pie por la cadena montañosa de los Pirineos hasta llegar a la frontera con España, a un pueblo llamado Portbou.

 Una vez que llegaron, el grupo entró a la comisaría, situada en la estación de trenes, donde los oficiales les informaron que ese día acababa de entrar en vigor una nueva regulación

que les impedía la entrada al territorio español. Todos sabían bien lo que esto implicaba: al día siguiente serían entregados a las autoridades alemanas y deportados a su país de origen, lo que para Benjamin era la llegada de su muerte.

 

Bajo la vigilancia policial, el grupo fue alojado en el hotel Francia. Benjamin, en la habitación número 3, hizo algunas llamadas durante la noche, tomó una fuerte dosis de morfina y su cuerpo fue hallado encima de la cama a la mañana siguiente. Tenía 48 años.

 

“En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y le explique la situación en la que me ha encontrado. No queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me hubiera gustado’ Walter Benjamin”.

 

Las vidas del filosofo Benjamín y el poeta Machado tienen puntos de semejanza: El 22 de febrero de 1939 muere Antonio Machado en Colliure (Francia) a dónde llegó refugiado al huir de la Guerra Civil. Cuando cruzó la frontera francesa, venía del sur hacia el norte, de España para Francia. Le recomendaron quedarse en la casa Quintana, una pensión dónde la dueña le tuvo que dar ropa ya que el poeta y su hermano se intercambian la única camisa que tenían. Machado estaba muy enfermo y falleció veinte días después de cruzar la frontera, huyendo de la represión franquista. Al otro lado de la frontera, Antonio Machado fallecerá víctima también de una huida extenuante. Ambos, Benjamin y Machado, son un símbolo de la persecución y el exilio.

El filósofo alemán Walter Benjamin, uno de los grandes teóricos de la modernidad, murió en la noche del 26 al 27 de septiembre de 1940 , 19 meses después del deceso de Machado, en una modesta fonda de la localidad de Port Bou, en la provincia de Girona. Machado iba de sur a norte. Benjamín a la inversa huyó  de Francia y ya estaba en España.

Pretendiendo llegar a Estados Unidos, muchos judíos hacían la ruta Lister en esos tiempos: Francia, España, Portugal, Estados Unidos. El plan era cruzar la frontera con España, llegar hasta Portugal y, en el puerto de Lisboa embarcar hacia Estados Unidos. Allí estarían a salvo. Estar a salvo era algo extraño. Sin embargo, las cosas no fueron tal y como se esperaba. Algo ocurrió. En el momento en que cruzó la frontera con España, en virtud de una nueva ley de reciente aprobación, la Guardia Civil detenía, en Portbou, a ese extraño alemán que traía unas gafas gastadas y un maletín en el que parecía que estaba contenida toda su vida, por el modo en que lo abrazaba. Apenas veinticuatro horas después del arresto, Walter Benjamin murió. La versión comúnmente aceptada es el suicidio. Ingirió una cápsula de morfina, se recostó sobre la cama y, contra su costumbre, subió los pies sin quitarse los zapatos; respiró hondo y miró por última vez el reloj. 

 

 

Quizás su pensamiento volvió de nuevo sobre los contenidos de su maleta o, tal vez no: pudo haber tenido preocupaciones más urgentes. Cerró los ojos. Nunca más volvió a despertar. Decía Benjamin: “Tras la experiencia de la muerte, de la guerra, uno se vuelve eternamente mudo”.