by Samaria Márquez Jaramillo

Ni indios ni dioses y ¿cuál raza?

Cortesía de la

Recopilación bibliográfica

El destino de los antiguos españoles, en todos los países del mundo, era participar en las mezclas de sangres.—Denis Diderot

El presente texto hace parte de las estrategias de fomento a la creación literaria y la adquisición de material bibliográfico en el marco del Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi cuento”, © Ministerio de Cultura –



Nuestros antepasados de hace 528 en sus dos ramas, los muy diversos castellanos de la España del Renacimiento y los muy diversos aborígenes americanos con quienes se tropezaron violentamente cuando desembarcaron en el Nuevo Mundo, dieron comienzo a una larga y tragicómica historia de malentendidos resueltos con sangre.
En 1492 descubrieron América los europeos, y los americanos descubrieron a los europeos recién llegados: los españoles de Castilla, blancos y barbados. No fue un amable y bucólico “encuentro de dos mundos” mutuamente enriquecedor, como se lo ha querido mostrar en las historias oficiales para niños y adultos ñoños de Europa y América. Fue un cataclismo sin precedentes, en nada comparable a las innumerables invasiones y guerras de conquista que registra la historia. Fue un genocidio que despobló hasta los huesos un continente habitado por decenas de millones de personas: 

 en parte a causa de la violencia vesánica de los invasores —uno de ellos, el conquistador y poeta Juan de Castellanos, cuenta como testigo ocular en sus Elegías de varones ilustres de Indias que los más de entre ellos “andaban del demonio revestidos”—; y en parte aún mayor por la aparición de mortíferas epidemias de enfermedades nuevas y desconocidas, venidas del Viejo Mundo o surgidas en el choque de pueblos que llevaban separados trescientos siglos: desde la Edad de Piedra. Ante la viruela y la sífilis, el sarampión, el tifo, o ante un simple catarro traído de ultramar, los nativos del Nuevo Mundo caían como moscas. Se calcula que el 95 por ciento de los pobladores indígenas de América perecieron en los primeros cien años de la llegada de Cristóbal Colón, reduciéndose de unos cien millones a sólo tres, por obra de las matanzas primero y de los malos tratos luego, de las inhumanas condiciones de trabajo impuestas por los nuevos amos y, sobre todo, de las pestes.

De ahí viene la llamada “leyenda negra” de la sangrienta España, propagada en primer lugar por los ingleses y los franceses celosos del poderío español, pero iniciada por la indignación cristiana de un sacerdote español, fray Bartolomé de Las Casas, autor de la terrible Brevísima relación de la destrucción de las Indias y de otra docena de obras en las que denunció los horrores de la Conquista y la colonización españolas, y que en su testamento llamaba a que “el furor y la ira de Dios” cayeran sobre España para castigar sus criminales excesos. Pero con la misma crueldad y rapacidad iban a comportarse otras potencias europeas que siguieron sus pasos: Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda, en sus colonias respectivas de América, de África, de Asia. La “muerte blanca” han llamado algunos antropólogos a esa ansia de exterminio. La que devastó la América recién descubierta quiso explicarla, o disculparla, un poeta español laureado y patriótico, ilustrado y liberal de principios del siglo XIX, Manuel José Quintana:
“La atroz codicia e inclemente saña, fueron del tiempo, y no de España”.

Los intrusos, muy poco numerosos en los primeros tiempos —y que no hubieran podido conquistar imperios poderosos como el azteca con los trescientos hombres y los veinte caballos de Hernán Cortés, o el inca con los doscientos soldados y un cura de Francisco Pizarro, si no los hubiera precedido la gran mortandad de las epidemias que desbarató el tejido social de esos imperios—, morían también a puñados, víctimas de las fiebres tropicales, de las aguas contaminadas de la tierra caliente, de las flechas envenenadas de los indios, de las insoportables nubes de mosquitos. A muchos se los comieron vivos las hormigas, o los caimanes de los inmensos ríos impasibles. No pocos se mataron entre sí. Llama la atención cómo siendo tan pocos en los primeros tiempos y hallándose en una tierra desconocida y hostil, dedicaron los conquistadores tanto tiempo y energía a entre ellos degollarse en pleitos personales, a decapitarse o ahorcarse con gran aparato por leguleyadas y a asesinarse oscuramente por la espalda por repartos del botín, y a combatir a muerte en verdaderas guerras civiles por celos de jurisdicción entre gobernadores.

En México se enfrentaron en batalla campal las tropas españolas de Hernán Cortés y las de Pánfilo de Narváez, enviadas desde Cuba para poner preso al primero. En el Perú chocaron los hombres de Pizarro con los de Diego de Almagro, hasta que éste terminó descabezado. En el Nuevo Reino de Granada, Quesada, Belalcázar y Federmán estuvieron al borde de iniciar una fratricida guerra tripartita. Y no fueron raros los casos de rebeldes individuales que se alzaban contra la Corona misma, como los “tiranos” Lope de Aguirre en el río Amazonas o Álvaro de Oyón en la Gobernación de Popayán. Mientras duró su breve rebelión, antes de ser ahorcado y descuartizado con todos los requisitos de la ley, Oyón firmó sus cartas y proclamas con el orgulloso y contradictorio título de ‘Príncipe de la Libertad’. No sabía que inauguraba una tradición de paradojas.

Y todo era nuevo para los unos y los otros: asombroso y cargado de peligros. Para los españoles, los venenos, las frutas, los olores y los pájaros de la zona tórrida, la ausencia de estaciones, el dibujo de las constelaciones en el cielo nocturno, la equivalencia del día y de la noche. Para los indios, el color de la cara y de los ojos de los inesperados visitantes, sus barbas espesas, sus recias vociferaciones al hablar, y los caballos, y el filo de acero de las espadas. Ni siquiera sabían, de lado y lado, quién era el otro.

¿Quién era Colón?

Ni nosotros hoy, ni sus contemporáneos hace 528, hemos sabido a ciencia cierta quién era Cristóbal Colón, el ‘Descubridor’, el autodesignado ‘Almirante de la Mar Océana’, el charlatán genial que engatusó para su insensato proyecto ultramarino a los Reyes Católicos de Castilla y Aragón, pese a que por entonces estaban ocupados unificando a España bajo su doble Corona: derrotando a los últimos moros de la Reconquista, expulsando a los judíos, sometiendo a los grandes señores feudales y arrasando sus castillos. Bien ocupados estaban y, sin embargo, se dejaron distraer y convencer por el verbo iluminado de ese advenedizo aventurero, navegante mercenario, comerciante de lanas por el Mediterráneo y el mar del Norte hasta Islandia, improbable cartógrafo autodidacta, salido de no se sabía dónde. ¿Se llamaba Colón, Colombo? Más tarde, ya famoso, vendrían las interpretaciones cabalísticas, propiciadas e iniciadas por él mismo: Cristóbal, Christo ferens, el llevador de Cristo; Colón, el que coloniza en el sentido latino, romano: el que puebla de nuevo. ¿De dónde venía? ¿De quién era vasallo? Tal vez era italiano de Génova, tal vez catalán, tal vez portugués de la isla de Madeira, tal vez mallorquín. Y muy probablemente judeoconverso: muy mala recomendación en un momento en que los judíos estaban siendo desterrados, y los que para no irse se hacían conversos (o “reconciliados”) eran altamente sospechosos ante la Inquisición, que los perseguía para confirmarlos en la verdadera fe, la de Cristo, mediante el tormento o la hoguera.

La idea de Colón era cosmográficamente simple, pero tremendamente arriesgada en la práctica. Consistía en llegar al Oriente navegando hacia occidente. Es decir, desafiando el desconocido y aterrorizador Mar Tenebroso, el océano Atlántico repleto de monstruos y de tempestades, de cuyas orillas apenas si se habían atrevido a apartarse unas pocas leguas los intrépidos navegantes portugueses que exploraban las costas del África o que, más al norte, habían osado empujar sus frágiles buques hasta las islas Azores, casi en la mitad del mar.

Para convencer a los reyes de que le financiaran su expedición a lo desconocido (que en fin de cuentas recibió también el respaldo de banqueros judíos), Colón les propuso tres tentaciones: las especias, el oro, y la expansión de la religión verdadera. La reina Isabel de Castilla, que aún no se llamaba Católica (lo sería por la conquista del último enclave musulmán de Granada y por la gracia del Descubrimiento), pero que lo era de convicción, se interesó por lo último: la santa evangelización, obsesión vieja de su confesor, el futuro regente de Castilla y gran inquisidor cardenal Cisneros.

 Su marido, el rey aragonés Fernando, se entusiasmó por el oro: la ambiciosa política de conquista de Aragón en el Mediterráneo y en Italia lo requería en ingentes cantidades. Y los dos a una (“Tanto monta, monta tanto / Isabel como Fernando” rezaba su divisa) por las especias: los condimentos —clavo, pimienta, canela, nuez moscada— necesarios para aderezar y sazonar y aun para soportar los sabores de las carnes pasadas de punto y los pescados podridos que se servían en la mesa de su itinerante Corte, en Valladolid o en Santa Fe de Granada, en Barcelona o en Sevilla o en Burgos.

 

Cumplió Colón con las dos primeras: aunque muy poco al principio, pronto sus descubrimientos empezaron a rendir oro a raudales. La evangelización de los indios idólatras tenía por delante un campo inmenso —aunque reducido por el genocidio: todavía estaban en vida Colón y la reina cuando ya no quedaban aborígenes por convertir en las primeras islas del Caribe descubiertas por el Almirante, La Española, Cuba y Puerto Rico, y el reguero de Pequeñas Antillas: todos estaban muertos—. En lo de las especias, en cambio, resultó que en América no las había. Colón trató de engañar a los reyes bautizando como “pimiento” al ají, una baya amarilla, a veces roja, que encontró en las islas y que imitaba las virtudes picantes de la pimienta de las islas de las especias, las Molucas, en el sudeste asiático.

¿Quiénes eran los indios?

Tras su cháchara de culebrero para deslumbrar o embaucar a los reyes, la verdad es que Colón no sabía para dónde iba. Creía que el diámetro de la Tierra —para entonces toda persona educada sabía que era redonda, o, más precisamente, esférica— era mucho menor del verdadero, se equivocaba al equiparar las millas árabes con las millas italianas y en consecuencia calculaba la distancia existente entre el cabo Finisterre de Europa y las islas de Cipango (el Japón) en un tercio menos de la real.

Por lo cual confiaba en llegar pronto a la China de Kublai Kan, que doscientos años antes había descrito Marco Polo en su Libro de las Maravillas. Pero no las tenía todas consigo. Viajaba, por si acaso, con un intérprete de lengua caldea (aunque curiosamente, dado el declarado aspecto evangelizador de su empresa, no llevaba ningún cura). Y sin embargo, cuando se tropezó con un continente nuevo a la mitad de lo que para él debía ser el final del camino, se empecinó en su error. Llamó a sus naturales indios, por estar en las Indias (que sólo mucho más tarde, remendando a medias las equivocaciones del Descubridor, empezaría a apellidarse Occidentales). Unos cuantos años después esos indios equivocados empezarían a ser llamados americanos, por otro malentendido: el de un cartógrafo alemán que le dio al continente nuevo, al Nuevo Mundo, el nombre de un cosmógrafo italiano que viajaba en un navío portugués, Américo Vespucio. Creyó Colón que los indios, cuando se señalaban a sí mismos diciéndose ‘canibas’ —o caribes—, trataban de chapurrear las palabras “gente del Kan” en mal castellano (lo cual lleva a sospechar que tal vez él mismo era castellano, y no genovés ni sardo: los castellanos no conciben que existan lenguas distintas de la suya, que es la que hablan todos los extranjeros pronunciándola, por supuesto, mal). Y de ahí dedujo que los indios caribes eran chinos; o, si en realidad estaba en Cipango por haber desviado el rumbo en unas cuantas millas, japoneses.

Aunque tal vez, sin saberlo, tuviera razón el Descubridor en cuanto al origen asiático de sus “indios”, pues los seres humanos llegaron a lo que hoy es América hace treinta mil años, cruzando a pie el entonces congelado estrecho de Bering desde las estepas siberianas. Si bien otra teoría supone que más bien, o también, llegaron por mar cruzando el Pacífico en balsas desde la Polinesia. El aspecto físico de los indios americanos es claramente asiático: la piel cobriza, el pelo lacio y negro, los pómulos pronunciados, los ojos rasgados. Pero hay hipótesis más pintorescas que las de los paleoantropólogos y los paleoetnólogos. El propio Colón aventuró la idea de que los indios podían ser los descendientes de las doce tribus perdidas de Israel.

En el siglo XVI un cronista conjeturó que eran vascos, descendientes de Jafet, el hijo del Noé del Diluvio, a través de Túbal, primer rey legendario de Iberia. Y no ha faltado quien corrobore esa tesis por el parecido que tienen con el euskera actual ciertas palabras chibchas: ‘padre’, por ejemplo, se dice ‘taita’ en ambas lenguas (aunque también se ha querido emparentar el chibcha con el japonés por vagas coincidencias fonéticas). Otros han pretendido que los americanos venían del antiguo Egipto, navegando por el Mar Rojo y el océano Índico, circundando el África y atravesando el Pacífico hasta la isla de Pascua, y de ahí a las costas del Perú. Un oidor de la Real Audiencia de Lima sostuvo la tesis de que los americanos eran españoles de cepa pasados a este lado a través de la hundida Atlántida, antes del cataclismo; y por eso eran súbditos naturales de la Corona española: no había habido aquí conquista, sino reconquista. Pero también se les atribuyó a los indios una ascendencia escita o sármata, cuando circuló la leyenda de que en las selvas de un majestuoso río equinoccial vivían tribus de mujeres guerreras como las amazonas de Heródoto en las fronteras nórdicas y bárbaras de la antigua Grecia.

En todo caso, ya para cuando llegó Colón los primitivos pobladores remotamente asiáticos se habían multiplicado en cientos de etnias distintas, que hablaban miles de lenguas hoy desaparecidas en su inmensa mayoría, como extintos están los pueblos que las hablaron. Y cada cual, en la suya, reservaba la palabra ‘hombre’ para su propio pueblo. ‘Inuit’ quiere decir ‘hombre en esquimal; y ‘Caribe’, ‘hombre’ en Caribe; y ‘mapuche’, ‘hombre’ en mapuche; y ‘muisca’, ‘hombre’ en muisca o chibcha. Los españoles, tan poco dotados para los idiomas extranjeros, llamaron ‘moscas’ a los muiscas.

(Hay que advertir que en el siglo XV no existía todavía la corrección política con perspectiva de género, y la palabra ‘hombres’ designaba —en español o en chibcha, en mapuche, en inuit— a los seres humanos sin distinción de sexos).

Nuestros antepasados de aquí

No se hablará de aztecas, mayas, incas, chibchas, caribes, quimbayas o pijaos, reduciendo el tema al país que hoy es Colombia, que no siempre se llamó así: Tierra Firme, Castilla del Oro, Nuevo Reino de Granada; y luego media docena de cambiantes nombres republicanos, siguiendo la inflexible religión nominalista heredada de España, según la cual cambiando el nombre se cambia el ser. Este país no siempre se llamó así, pero desde los albores del Descubrimiento y la Conquista fue un territorio a la vez aislado del contexto general de América y dividido en regiones muy diversas. Abierto al norte sobre el mar Caribe y al oeste sobre el océano Pacífico, que los descubridores llamaron Mar del Sur. Cerrado al sur por la gran selva amazónica y al noroeste por la del todavía hoy casi infranqueable tapón del Darién. Y prolongado por el este por los desiertos guajiros y los Llanos Orientales hacia lo que hoy es Venezuela; pero también bloqueado por esa parte por la política de la Corona española, que desde muy temprano en la Conquista quiso mantener estrictamente separadas sus distintas provincias coloniales americanas, comunicadas sólo por el cordón umbilical de la metrópoli.

Y en el interior, un territorio partido por los tres ramales de la gran cordillera de los Andes y separado por grandes ríos caudalosos —el Magdalena, el Cauca, el Atrato—, en una multiplicidad de climas y de tierras en los valles, sabanas, desiertos, llanuras y páramos que albergaban —que albergaron— la más rica flora y fauna del variadísimo continente que es —que era— la América del Sur.

Reduciéndonos, digo, a lo que hoy es Colombia, digamos que aquí habitaban ochenta o cien pueblos indígenas diferentes en muy distintos estadios de desarrollo cultural, casi aislados los unos de los otros y condicionados en sus respectivas culturas por sus múltiples entornos geográficos. Algunos todavía estancados en la Edad de Piedra, como los caribes de las selvas del Darién y de la Costa Atlántica (Caribe), de quienes Colón escribió que “en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra… Muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, son la mejor gente y más mansa del mundo”, sentando así los cimientos del mito del “buen salvaje”, tan traído y llevado y manoseado y estirado en todos los sentidos por filósofos y antropólogos. Los indios caribes que lo inspiraron eran primitivos pescadores semidesnudos, cazadores de roedores y de pájaros, y recolectores de bayas silvestres. Vivían “en estado de naturaleza”, y posiblemente ni siquiera tenían dioses, y menos aún una religión establecida. Pero no eran tan mansos como los pintó el Almirante. Eran también feroces guerreros que completaban su dieta proteínica (sin saber que lo hacían para eso) comiendo la carne de sus enemigos: la palabra ‘caníbal’ para designar a los antropófagos es una derivación —a través del sordo oído del propio Colón— del nombre ‘Caribe’ o ‘caribana’. Sus vecinos de las islas, adonde llegaban en sus canoas de guerra desde la tierra firme, les tenían terror.


Pero en la Costa Caribe vivían también los aironas, dueños de una cultura mucho más avanzada, grandes orfebres y edificadores de ciudades en las laderas empinadas de la Sierra Nevada (de Santa Marta), comunicadas por vertiginosas y laberínticas escaleras de piedra. Tan guerreros como los caribes, pero mejor organizados, opusieron una resistencia de varios siglos a la colonización española desde sus montañas inexpugnables; y aún hoy sus descendientes koguis y arahuacos se rehúsan a ser asimilados por la civilización de los blancos y mestizos, a quienes consideran orgullosamente sus “hermanos menores”. Más al norte estaban, y aún están, los wayuu de La Guajira, que tampoco fueron nunca sometidos; y subiendo hacia el sur, en lo que hoy son los departamentos de Santander y Boyacá, los belicosos muzos.

Remontando el gran río de la Magdalena se encontraban los panches y los pijaos, también “indios bravos” y, según algunos cronistas, antropófagos como los caribes, en lo que hoy es el Tolima. Y más arriba —o más abajo— la misteriosa civilización sin nombre de San Agustín, en el Huila, que ya había desaparecido hacía siglos cuando llegaron los españoles, dejando entre el monte sólo sus tremendos y silenciosos ídolos de piedra. En lo que hoy es el Eje Cafetero, los quimbayas, tal vez los más refinados orfebres de toda la América precolombina. Ninguno de estos pueblos conocía la escritura. Por eso sólo los conocemos a ellos a través de la arqueología de tumbas y de las crónicas de los conquistadores españoles, sus mortales enemigos: la otra rama de nuestros antepasados.