by Samaria Márquez Jaramillo

Las ciencias sociales en el laberinto de la economía

Alberto Acosta Espinosa *

 alacosta48@yahoo.com

 

* (Quito, 21 de julio de 1948) Economista y político ecuatoriano de izquierda. Fue uno de los redactores del plan de gobierno de Alianza PAIS. Posteriormente fue Ministro de Energía y Minas, y luego presidente de la Asamblea Nacional Constituyente,. Fue candidato a la presidencia de Ecuador para las elecciones de 2013 por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas, una coalición de partidos políticos y movimientos sociales de extrema izquierda, y socialistas en oposición a a los ultimos gobiernos.

Graduado en Economía Industrial (Diplom-Betriebswirt), especialidad en Comercio Exterior y Mercadeo. Diplomado en Economía (Diplom-Volkswirt), especialidad Economía Energética, de la Universidad de Colonia, Alemania.
Tras su paso por la Asamblea Constituyente que redactó una nueva constitución en el país, volvió a la vida académica, a su cátedra en FLACSO, a la publicación de libros como “La Maldición de la Abundancia” en los que expone su posición anti-extractivista, en contra de la minería y explotación petrolera en el Ecuador. Es sobrino-nieto del 5 veces Presidente José María Velasco Ibarra 

La economía, en síntesis, tironeada por las visiones de acumulación y maximización de los recursos disponibles, de un lado, y las visiones de la interacción entre seres humanos con su entorno social y ambiental, de otro, no termina de encontrar su identidad. A más de los problemas ambientales, el mundo enfrenta una crisis signada por la financiarización de la economía y con el consiguiente aparecimiento de una violencia estructural. Esta se expresa con una creciente y nunca antes vista desigualdad social, en medio de masivos negocios especulativos, que se dan, por ejemplo, a través de la migración y la trata de personas, el narcotráfico, la venta de armas y otras muchas formas de acumulación no productiva del capital.
Sin recurrir a las valiosas reflexiones aristotélicas, cabe reconocer que Adam Smith, considerado el padre de la economía, el gran profeta del liberalismo económico, planteó profundos problemas éticos en sus textos. Él, en tanto profesor de filosofía moral, colocó en el tapete de la discusión la relación entre los individuos y la sociedad, entre el egoísmo y el altruismo, entre el conflicto y la cooperación social.

Si la economía quiere ser considerada como ciencia, tal como pretenden los economistas “serios y pragmáticos”, debería marginar de sus reflexiones aquellos temas como la justicia y la injusticia, el dolor y los costos sociales, inclusive aquellas complicaciones o ambientales que provoca el propio manejo económico. En el mejor de los casos se contentan con decir que esos son los costos inevitables del progreso. El sistema es así, además no tenemos otro, concluyen. Por lo tanto hay que permitir que funcione. Varios economistas de renombre ratifican esta pretensión.

Para William Stanley Jevons, “la economía, si ha de ser en absoluto una ciencia, deberá ser una ciencia matemática” (Citado por Galbraith 1989: 139). En consecuencia, las valoraciones éticas de la vida se excluyen de la economía tratada como una ciencia exacta, que asume la ética del mercado. Milton Friedman, uno de los principales publicistas del neoliberalismo, fue mucho más allá, para él “La economía positiva es, en principio, independiente de cualquier postura ética o juicio de valor (…) lidia con lo ‘que es’ y no con lo ‘que debería ser’ ” (1953: 4)”. George Stigler (1959: 522), otro de los economistas destacados de la Escuela de Chicago, también sostuvo que “la economía como ciencia positiva es éticamente neutral, y por lo tanto políticamente neutral”. Desde esas aproximaciones se concluye que el manejo económico hay que asumirlo como un asunto aislado de lo político.

Los logros sociales, por ejemplo la reducción de la pobreza, asoman como resultado de un manejo económico “sano y coherente”. Así, lo social, en el mejor de los casos, es entendido como un complemento para mejorar la productividad de la economía y ésta, a su vez, puede contribuir para garantizar aquella “paz social” que facilite la “gobernabilidad” demandada para sostener la lógica económica dominante. 

Alrededor de este empeño se arremolinan las ciencias sociales buscando sostener el sistema. Forzando un poco, casi se podría considerar que las ciencias sociales giran, cual satélites, alrededor de la economía. En este paradigma técnico-económico, muchas veces, no se cuestiona en su profundidad la distribución de la riqueza y del ingreso existente; a estos elementos se los asume casi como un dato. El paradigma de mercado proyectado universalmente se sustenta en la acumulación sin límites, exacerbada por valores desbocados de productivismo, consumismo e individualismo, tan propios del neoliberalismo. Se asume la existencia de un ser humano unidimensional, superrealista, muy bien informado.

El individuo en libertad (valor fundamental), en un proceso de autoformación de soberanías privadas autosuficientes, lograría el mejor estado social posible en un ambiente de competencia, garantizadas por el funcionamiento óptimo del mercado, para ponerlo de acuerdo al muy difundido punto de vista de Friedrich von Hayek, el maestro más destacado de la escuela austríaca de economía, mentor del neoliberalismo o ultraliberalismo. Y todo esto será posible siempre que se asegure y garantice, a través del Estado, la propiedad privada sobre los medios de producción (que siempre será un esfuerzo colectivo, cabría acotar.)

 

La tarea del economista, en consecuencia, sería hacerse a un lado de los problemas sociales y políticos para llevar adelante la aplicación del manejo económico ortodoxo indiscutible, el único. El economista, entonces, debería analizar, describir, de ser posible sintetizar en cálculos matemáticos su trabajo, sin pronunciar juicios morales, ni comprometerse en ningún otro aspecto.

El profesional de la economía no se ocuparía, entonces de la justicia ni de la bondad de la estructura social imperante, si lo hace estaría negando su razón científica. Eludir responsabilidades sociales e inclusive ambientales es el resultado de esa aproximación autodefinida como “científica”. Eso se percibe cada vez más en el mundo académico, en donde a nombre de “la ciencia” se excluye cualquier compromiso concreto con miras a superar de raíz las inequidades, las desigualdades, las injusticias, las violaciones de derechos, las insostenibilidad del sistema. Esto sirve para que muchos economistas y también profesionales de las ciencias sociales tengan “una vida profesional tranquila y libre de controversias” (Galbraith 1989: 139-140).

No sería de su incumbencia haber asumido, como de hecho sucede, el papel de “oficiosos legitimadores del poder de la economía mundo” (Raúl Prada 2015).  La economía, vista de esta posición “científica”, en su extravío teórico, sería casi una técnica, con su correspondiente ética instrumental: campo propicio para pretender que la técnica está desapegada de la moral. ¿Puede existir una ética instrumental? Difícil aceptar una renuncia ética a cambio de una eficiencia técnica: Sería como asumir que si tal política da resultado entonces es buena -por ejemplo- en términos de mejorar algunos indicadores macroeconómicos, más allá de sus consecuencias sobre la vida de las personas. No sería de su incumbencia haber asumido, como de hecho sucede, el papel de “oficiosos legitimadores del poder de la economía mundo” (Raúl Prada 2015).

 La economía, vista de esta posición “científica”, en su extravío teórico, sería casi una técnica, con su correspondiente ética instrumental: campo propicio para pretender que la técnica está desapegada de la moral. ¿Puede existir una ética instrumental? Difícil aceptar una renuncia ética a cambio de una eficiencia técnica: Sería como asumir que si tal política da resultado entonces es buena -por ejemplo- en términos de mejorar algunos indicadores macroeconómicos, más allá de sus consecuencias sobre la vida de las personas. Sin embargo esta ética instrumental (o mejor aún esta razón instrumental desprovista de ética), expresada en la neutralidad científica, explica el rechazo a analizar profundamente las causas que provocan las inequidades e injusticias, a buscar alternativas; todo eso termina por justificar los medios, da racionalidad a los sacrificios sociales y ambientales. Predomina la racionalidad tecnocrática. Da sentido a la moral de los resultados. Pero no se quedan allí. Quienes incluso podrían contribuir en la construcción de alternativas no solo se enconchan en “su ciencia”, sino que hacen todo lo posible para bloquear dicha construcción. En ese empeño pontifican que intentar una alternativa económica demoraría la aplicación de los cambios demandados por la economía ortodoxa, que es asumida casi como la única posible. Por eso se escucha con frecuencia que transitar por otra senda retrasaría el desarrollo. Así, el permanente chantaje del retraso cobra fuerza como forma invertida de la ideología del progreso. 

Si el camino económico es conocido y el pensamiento económico es único, ¿por qué perder tiempo en construir alternativas?, concluyen. Este vigoroso mensaje es determinante en el mundo contemporáneo. Así, este pensamiento, especialmente el de quienes toman las decisiones, está influenciado “permanentemente por los conceptos que manipulan los economistas; la formulación misma de los problemas está condicionada por las palabras claves que estos han forjado”. Sus “conclusiones tienen la fuerza que antaño tuviera la Verdad economicista ” (Jacquard 1995: 35-36). La economía termina como un dispositivo de dominación, a través del cual se pretende orientar el destino del mundo. Y desde esas visiones totalitarias, por ejemplo, se deriva la aceptación indiscutible del extractivismo por gobiernos progresistas o neoliberales. Frente a estas pretensiones teóricas surge la fuerza de la realidad. Sin negar para nada el valor de las matemáticas, en ocasiones, al ser asumida como una ingeniería, a la economía le resulta difícil, y en ocasiones imposible, explicar sus propias hipótesis, sus supuestos.

Así, con frecuencia esta economía “moderna” sintetiza una serie de teorías, con algún atractivo lógico, pero muchas veces no verificables a la luz de los hechos observables. Mas que objetividad, muchas de estas teorías demuestran una clara distancia con la realidad, a la cual hasta pretenden deformarla para que se aproxime a sus requisitos teóricos. Este cuestionamiento no menosprecia la gran importancia que tienen las matemáticas. Sabemos que dos piernas, al menos, son indispensables para poder caminar. Y en el caso de la economía éstas piernas son las matemáticas y la historia, pero que nunca podrán suplantar al cerebro, lo conceptual, y al corazón, lo vivencial. Inclusive hay quienes hablan de la necesidad de abordar tres temas fundamentales, que no pueden separarse: lo social, lo económico y lo ecológico, en un contexto donde lo político es sostén de la reflexión y de la acción. La democracia misma no está ajena a esta renovada discusión económica.

Dejemos a los economistas en su laberinto. Concentremos nuestra atención en una situación perversa. Si la economía pretende alejarse de lo social y ambiental para asumirse como ciencia exacta, las ciencias sociales, al parecer, intentan acomodarse al mensaje ideológico tecnocrático de lo económico. Basta ver como asumen simplonamente algunas teorías planas como “la elección racional”. Es hasta enternecedor ver el empeño de algunas personas por intentar leer la compleja realidad a través de modelos de racionalidad extrema. Hay ocasiones en las que primero plantean el modelo a utilizar, antes de haber discurrido sobre el problema a tratar. Es decir, lo grave y preocupante es que las ciencias sociales quieran seguir en este confuso e imposible intento de negar la realidad, hablando a nombre de situaciones fragmentadas que incluso terminan por violentar la realidad. Hasta aquí este breve paréntesis.

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