by Samaria Márquez Jaramillo

La coleccionista de recuerdos imaginados

Relato Samaria Márquez Jaramillo

El que no sabe lo que busca jamás puede encontrarlo, aunque transcurra por frente a sus ojos. Eso me recuerda un chiste: Una campesina fue a la oficina de correos y preguntó:
Oiga mi don, hay carta para mí.
• Y usted ¿cómo se llama?, pregunto acucioso el funcionario.
• En el sobre dice, contesto la mujer.

Así mismo sucede con la imaginación: Acumula aconteceres innominados y ella por su cuenta y riesgo confunde la única verdad existente, llamada realidad, y la mezcla con la cosecha de su magín, que se despeña en cascada, corre y se desparrama.  Tendré que pensar en la ilación que habré de hilar. Empiezo, entonces:

“¿Por qué tomas la  crema de champiñones recogiéndola con la cuchara por la orilla del plato, por qué no la sacas del centro?”, me pregunto un día ese que ya no era mi amado cuando le llegó la muerte y  a quien llamaré Melcíades.

-Porque así vivo. Viajo a tu lado por las fronteras, por los puertos, por los bordes de los países, le respondí.

¿Cómo era?: En esta noche de 2004, 30 años después de haberla conocido, mostraré la España que yo vi. Este recuento no revive en mí los años míos que fueron de él y cuando agote los recuerdos recién inventados, tendré suficiente imaginación para crear personajes y amar a través de ellos, siendo siempre la que ama de diferentes maneras y situaciones, de mi propia autoría.

Relataré lo que, alejada de mi familia y convertida en compañera de cama de él, fue una manera diferente de viajar y de preguntarme si llegará el día en el que pueda avisar que regreso a casa.

Era Navidad de 1974. Estábamos en Andorra. El 28 de diciembre fuimos por avión a Barcelona y otra vez: “Mañana nos marcharemos en tren; como si cortáramos una tajada de pan, en forma diagonal nos iremos para Vigo”.

Miré el mapa de España. Siempre tenía en mi bolso el mapa del país donde estuviésemos. Mi única señal de ubicación era saber a qué distancia estaba de Colombia.

Los mapas. ¡Ay, los mapas! Me gustaban porque tenían que ser exactos y no me gustaban por exactos. No podía, a capricho, hermosearlos con un mar por allí, una meseta por allá y un nevado bien vistoso en cualquier parte. Estrictos y aburridos mapas…

El 29 de diciembre salimos de Barcelona. Descendimos en la estación de Calatayud. “Si vas a Calatayud, pregunta por la dolores…La dolores de la copla, me dijo un  día mi padre, fue alegre, pero fue buena. Fue mi mujer fue tu mare…” La escuché de un grupo musical llamado Los Churumbeles, que se presentaron, ese día en el hotel. 

Al  día siguiente, el tren nos dejó en Valladolid. Frío intenso. Me compré un abrigo de lana de oveja. No es redundante aclara que la lana era de oveja. Había infinidad de abrigos de lana sintética. Mientras  M/cíades  se encontraba con unos no se quienes, fui a una iglesia de estilo gótico. 

Al otro día, otra vez al tren.  Era martes 31 de diciembre.  Esta vez en la estación decía Ponferrade. ¿Qué hacíamos allí?  No fuimos a buscar hotel, M/cíades contrató un auto de servicio público y fuimos a otro pueblo: Villafranca del Bierzo, donde no llegaba el tren. 

Nos instalamos en el hotel y, oh “sorpresa”, me quedé sola…Oscureció rápido. Era la noche de fin de año. M/cíades me había dicho que ese era un pueblo tranquilo, que las fechas no importaban, que en cualquier ocasión  haríamos un año nuevo, que caminara y si quería entrara a una tasca. Asi lo hice A las ocho de la noche en ese bodegón estaban recitando, acompañados de guitarra, textos de un poeta lugareño que ese día “conocí” .Según me contaron, había nacido allí y muerto como 130 años antes. Se llamó Enrique Gil  y  Carrasco. El poema que oí me impresionó. Pedí lo repitieran. Traté de copiarlo. Un señor se me acercó y me dijo: “Óigalo, disfrútelo, después  yo se lo dictaré para que lo escriba”.

 Luego pidió permiso y se sentó, rozándose conmigo, en una silla muy cerca al sitio que yo ocupaba en la mesa. Estuvimos en silencio. Al callar el declamador,  mi inesperado acompañante me dictó, despacio, despacito, el poema. Algunos de sus versos dicen:

“Porque eras melancólica y perdida,/ y era perdido y lúgubre mi amor,/ y en ti miré el emblema de mi vida,/ y mi destino, solitaria flor,/ yo busqué la hermandad de la desdicha/ en tu cáliz de aroma y soledad/ y a tu desventura enganché mi dicha/ y a tu prisión, mi antigua libertad./ Era dulce mi pena y mi tristeza,/ tal vez moraba una ilusión detrás,/ más la ilusión voló con su pureza,/ y mis ojos, ¡hay!, ya no te verán jamás”. 

A ese hombre le conté mi soledad y le dije de dónde venia, quién era y porque lloraba a mi mamá. Y el hombre del figón me pidió quedarme con él. Me habló de señorear en una casa, de tener un huerto y cuidar unos hijos. De enseñarme a repartir para los gastos de toda la semana su sueldo de 7 días y que la plata alcanzara, además, para una botella de vino y unos claveles en un jarrón. 

 Me dijo era maestro de escuela, enseñaba Lenguaje y sus estudiantes escribían redacciones; vivía solo y hacia los oficios domésticos. Que había tenido esposa y que ella, a pesar de sus prácticas frecuentes, muy frecuentes, en búsqueda de un hijo, no concebía. Que fueron al médico y este diagnosticó, apoyado en exámenes radiológicos, un útero infantil, 

imposibilitado para gestar. Que él se había decepcionado y que ella al poco se marchó con un hombre que por el pueblo vecino llegaba haciendo sonar la campilla del tren.

“Quédate.  No estarás sola, y te prometo (más que una promesa, por la forma como se le iluminó la cara era la expresión de un sueño)  que por muchos años te mantendré embarazada”,  me dijo…

Mientras caminaba, de regreso al hotel, sonó una sirena. Estaba estrenando año. Miré hacia atrás: Arrastrado por mí, iba mi abrigo. Recordé que así llevan los toreros su capa, cuando le hacen desplantes al toro. Al otro día por el vidrio trasero del auto miré hacia el pueblo que abandonaba. Vi como iban desapareciendo las casas, los árboles, el campanario y la posibilidad de ser distinta. Lloré. Miré a M/cíades y le conté lo ocurrido en la taberna. Él, después de reír ruidosamente, dijo: Flaquita, cuando lo decidas te haré perder la hermosa estrechez de tu cintura…

Entramos, nuevamente a Ponferrade. Otra vez a la estación y a otro sitio. Esta vez Vigo. Bonita bahía. Fuimos unas 10 millas al Norte .Conocí la desembocadura del río en el mar, y la pelea entre las dos aguas. Vi mareas de agua salada penetrar en agua dulce: La ría. Años antes, en Guayaquil había visto ese choque. La de Vigo, de Arosa, es una hermosa ría. Me recordó los fiordos noruegos, vistos en la película La hija de Ryan. Aún no sé qué conexión o parecido tienen. Al regresar, en el hotel M/cíades me dijo: “Ponte linda. Me encontraré con unos señores con quienes tengo un negocio. Hablaremos en Portugués. No te enojes”. Almorzamos en un Club Náutico. Se llamaba, ¿se llama? Real. Todos los sitios donde íbamos se llamaban Club Náutico. Después supe que en la dársena de ese Real Club anclaría una embarcación y llegarían otros amigos. Me compraron revistas y se fueron. Me embelesé mirando, a través de una vidriera, las jarcias de una lancha motora y el ir y venir de unos estibadores.

El siguiente fue 3 de enero de 1975. Al otro día, el sábado, en un trasbordador pasamos por un brazo del mar y fuimos hasta Cangas, luego de descender avanzamos en coche unos 10 kilómetros hasta Bueu. Antes de iniciarse la conversación, breve puesto que teníamos que estar en el trasbordador antes del medio día, para volver a pasar por Cangas, supe sería en términos concisos: Se trataba de cerrar la venta de un barco pesquero con permisos y licencias para pescar en aguas ecuatorianas y que M/cíades recibió como parte de pago de otro negocio.

El regreso de Vigo fue por avión. Fuimos a Burgos. Otra conversación con alguien. Luego a Barcelona y allí se inicio, el 11 de enero de 1975, un sábado, en el buque S S Britanis el crucero que terminó en Gibraltar, allí hay otro Club Naval se llama (¿llamaba?) Royal y allí presencié otra conversación, sin entender algo, oyendo hablar esta vez en inglés, muy cerca de mí.

 

Gibraltar está construido hacia arriba, en dirección al Peñón. M/cíades alquiló un velero, que él mismo capitaneó. Yo ignoraba que supiera navegar. Error geográfico, puesto que él había nacido cerca a la playa del Mediterráneo, en el valle del Jordán. Fuimos a Algeciras y allí empezó mí miedo: Se inició una tormenta. Íbamos para Tarifa. Pasábamos por un cabo de nombre Carnero. Peñascos y arrecifes. Temía que nos encalláramos, miraba esos arrecifes puntiagudos como dientes de cocodrilo y me decía acá quedará aprisionado este barquito y pensaba que tal vez, quizá, me convendría un final rápido que terminara con la lenta agonía de estar impedida de conocer la respuesta a ¿esto es el amor? El amor cantado, filmado, declamado, esculpido, plasmado en lienzos, novelado y puesto como justificación de errores ¿es lo que ocurría en mi vida y oscurecía las mañanas que podrían ser radiantes?

 

Llegamos a Tarifa. En una embarcación, que no era de remos y que, sin embargo, M/cíades llamaba despectivamente falúa, fuimos a Cádiz. Supe que estaba de cara a Cartagena-Colombia y a Africa y tuve como puntos cardinales, cuatro continentes: A mi espalda, Europa; a mi mano izquierda, Asia y al frente América y el norte de Africa. La primera mañana fui hasta la playa. No había sol, sentí la premonición de una presencia y una inexplicable congoja. Me emborraché con manzanilla, me insulté: ¡Cobarde, mantenida!

Recuerdo sus casas, todas recién pintadas. Cádiz, de limpio era brillante, barnizado… La zona donde pernoctábamos se llama Almenara Sotogrande, igual se llamaba el Hotel cercano donde M/cíades jugaba golf. Estábamos hospedados en una casa hermosa, muy señorial, blanca, de dos pisos y una piscina inmensa, habilitada para hotel. Al frente se veía el mar, pero recuerdo que caminé como 10 minutos para llegar a la playa. En la casona, en el salón continuo al comedor, me encontré con la música de Isaac Alberniz, otro “maldito judío español”, según M/cíades.

De mi primera noche gaditana tengo presente a un pianista, menudo y nervioso y unas piezas de la suite Iberia: El Puerto, Triana y El Albaicín. Oyéndolas percibí que no olvidaría nunca a Cádiz (composición para piano), a Granada y unas Seguidillas.

En este cuarto año del siglo XXI, recuerdo que tuve por muchos años el papel donde guardé el poema de Gil y Carrasco y que lo leí incansables veces, nunca supe su título y olvidé el nombre del que me lo dictó, aunque evoqué por mucho tiempo al hombre del bar, como yo lo nombraba, que llevaba una chaqueta café oscura, con rayas de color verde musgo, formando cuadros. No olvidé su mirar de frente, tristemente, con sus ojos azules.

Permítanme que esta noche sea  Scheherezade, la de mil noches y un cuento que tiene destino de aborto  desperdigado por todas las fronteras hacia ninguna parte, punto final del  viaje de la que soy   ahora: Residencia  de  fantasmas.