by Samaria Márquez Jaramillo

Reflexión de un tartamudo

Cuento  Sèrgio Sant´Anna

Esmeralda no me miraba de frente, mientras terminaba de hacer la maleta.

– No quiero llevar muchas cosas porque allá hace frío y voy a tener que comprar ropa igual –dijo ella, intentando ser natural.

Cuando pasó una vez más cerca de la cama, la tomé del brazo.– No hagas las cosas más difíciles, me dijo Esmeralda y se soltó.

– Sss…ó…sóó… – intenté sacar las palabras desde el fondo, sintiendo la sangre fluir hacia mi cabeza, como si yo fuese a explotar.

-¿Pero sóó… qué, por el amor de Dios?

– Só…so.. solo…una…vez más! – finalmente conseguí decirlo, con mucho sacrificio.

Esmeralda mi miró de arriba a abajo y movió su cabeza, como si no pudiese creer lo que veía. De repente y a velocidad como si tuviera poco tiempo para hacerlo, se sacó el vestido y saltó a la cama, haciendo sonar sus pulseras…

 – Ah, mi amorcito, es para que no te olvides nunca de mí…
Me dijo eso y un montón de cosas más, todas muy rápidas, como si no quisiera perder tiempo.

 Listo, ¿estás satisfecho?
 Luego de que todo acabara, Esmeralda miró su reloj de mano y se puso de pie. Fue hacia el armario, tiró la percha con la ropa de viaje, abrió y cerró con un fuerte ruido el cajón y entró al baño, golpeando la puerta. Cuando salió, estaba duchada, vestida y maquillada.

– No te vas a quedar ahí desnudo con esa cara de tonto, ¿no? –dijo ella, con las manos en la cintura y las piernas alejadas una de otra, quietas sobre la alfombra.
Pese a que me lo había prometido, no conseguí aguantarme por más tiempo:

-¡Qué..da…te..con…migo!

Esmeralda fue hasta donde estaba su bolso y tomó su pasaje de Lufthansa.

– ¿Pero no te vas a convencer nunca? ¿No te das cuenta? Un tipo raquítico, con ese pecho encorvado, al que le dieron licencia en el banco porque tartamudea cada vez que está frente a alguien y que habla solo y gesticula en el medio de la calle. ¿Te das cuenta por qué yo no quería despedidas? ¿Y mi futuro no tiene ninguna importancia? –Esmeralda agitaba su pasaje, con lágrimas en los ojos.

Pese a todo, cargué la maleta hasta abajo y esperé que Esmeralda entrara en el taxi.

-No me juzgues –dijo ella, antes de cerrar la puerta. –Ni hagas ninguna tontería –agregó, bajando un poco la ventana del auto. Luego, volvió a cerrarla.

El conductor partió e hice el gesto de despedida con la mano, mientras Esmeralda se acomodaba en el asiento trasero. Cuando el auto dobló la esquina, me di cuenta que continuaba con la mano erguida, inmóvil y la guardé rápidamente. Miré para todos lados y comencé a caminar, aparentando normalidad.

– No, yo no voy a juzgarte, Esmeralda, pero hubo un tiempo en que tu futuro éramos tú y yo, y creías que era genial ser amiga de un funcionario del Banco de Brasil, aunque estuviese retirado
–dije, esta vez sin fallar, porque hablaba 
solo y mis palabras se perdían en el viento; eran ondas dispersas que nadie, a no ser yo mismo, sintonizaba. ¿Cuantas palabras, en ese movimiento continuo de gente sufrida, inexpresiva, meros extras, rostros en la multitud?

– Pero tú exageraste, Esmeralda: mis gestos son discretos, apenas un hombre que garabatea el aire, con el puño junto a la escritura, sintiendo que sus palabras y pensamientos se escriben.

Los Tartamudos no son estúpidos como podría parecer. Muy por el contrario, lo que un tartamudo no consigue es acompañar la velocidad vertiginosa de su pensamiento, y las palabras son un estorbo en el que tropieza. Pero pensando, o escribiendo, no se tartamudea, ni cuando habla consigo mismo y se ampara antes de sumergirse en el abismo de los otros.

Yo sólo había ido hasta la esquina y había regresado al departamento desierto.
El vestido, aún tirado en el piso, conservaba un poco la forma y volumen del cuerpo, como un balón desinflado, y las ropas del armario constituían un verdadero Museo Esmeralda, con sus evocaciones, su historia. No, yo no voy a hacer ninguna tontera, Esmeralda, porque si yo desaparezco, desapareces conmigo. Y, entre tenerte de ésta manera, aunque sufra, y la nada, prefiero tenerte a ti, como un arañazo latiendo en el pecho.

Tomé el vestido tirado en el piso, que todavía conservaba el olor y casi el calor de Esmeralda, y me tiré con él a la cama, como si allí estuviese la mismísima Esmeralda. No estaba delirando. 
La que se engañaba era Esmeralda, si al irse creyó que podrá librarse de mí. Luego llegará el día en que, al lado de ese alemán, sentirá un frío desconocido y un vacío por dentro. Tal vez entonces, se dé cuenta de que se quedó todo este tiempo conmigo porque soy tartamudo.

Los tartamudos son grandes amantes, discretos, silenciosos, objetivos, concentrados. Queda descartada desde el principio, por su propia condición, la hipótesis de atribuirse a sí mismos mucha importancia y la pretensión de ocupar el centro del escenario…

Tomado de  http://www.releituras.com/
 Este texto está incluido en el libro “Contos e novelas reunidos”, publicado en
“Figuras do Brasil” -80 autores em 80 anos de folha”, Publifolha – São Paulo,
2001, pág.308, organizado por Arthur Nestrovski.
http://www.releituras.com/ssantanna_infgago.asp
Traducción: Roberto Santander.