by Samaria Márquez Jaramillo
Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja

 “Adentrarse en el lenguaje es cabalgar las líneas de fuerza que surcan el universo”, asegura Luisa Valenzuela, periodista, escritora, nacida en Buenos Aires. Única mujer que, hasta ahora, es ganadora del premio Carlos Fuentes, galardón que antes obtuvieron Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez, Eduardo Lizalde, Luis Goytisolo y ahora, en diciembre pasado, otorgado a Luisa Valenzuela. De ella los conocedores de la Literatura dicen que su estilo es metafórico, fantástico, conciso y sus cuentos son parábolas encriptadas donde se entrelazan las palabras y nombran lo inefable.

Luisa Valenzuela

SI ESTO ES LA VIDA, YO SOY CAPERUCITA ROJA

▬ ¡Cuidado!

▬ ¿Con qué? ¿De quién?

Fue su mamá quien mencionó la palabra lobo. Ella la conocía pero no la dijo:
Cuidado nena con el lobo feroz.

A su mamá la escuchaba pero no la oía. Quiero decir, a su mamá la oía pero no la escuchaba.

Se echo a andar. El lobo se asomó a lo lejos entre los árboles, le hizo señas, a veces obscenas. Al principio no entendió muy bien y lo saludó con la mano.

Avanzando por el camino umbroso Caperucita, como la llamaremos a partir de ahora, tiene poca oportunidad de aburrirse y mucha posibilidad de desencanto.

La vida es decepcionante, llora fuera del bosque un hombre o, más bien, lagrimea, y Caperucita sabe que ese hombre, citando una vieja canción o más bien a causa del alcohol, deja ir por su cara unas lágrimas incoloras, inodoras, salobres, lágrimas que por adelantado Caperucita va saboreando por su forestal camino.

¿Por qué siempre hay un lobo en el camino de Caperucita?

En el recuerdo, ¡cuidado con el lobo!, le dice la voz materna. Y cada tanto el lobo asoma su feo morro peludo. Caperucita no quiere ni pensar en él.

Al tiempo:

▬Bella niña, le dice.

▬ A todas les dirás lo mismo, lobo.

▬Soy solo tuyo, niña, Caperucita, hermosa.

Ella creyó exactamente la mitad. Puede que ella fuese hermosa pero, con seguridad, el lobo es ajeno. Hay hombres como frutas: Los hay dulces, sabrosos, jugosos o urticantes. Es cuestión de irlos probando de a poquito.

▬ ¿Cuántos sapos habré de besar hasta dar con el príncipe?

¿Cuántos lobos me tocarán?, se preguntó; inmediatamente esta vez sí oyó y escuchó:

▬ ¿Dónde vas, Caperucita, con esa canastita tan abierta, tan llena de promesas húmedas?, preguntó el lobo, relamiéndose las fauces.

▬Andá a cagar, le contestó porque se sentía envalentonada, y continúo bosque adentro. 

Era una tarde plomo, muy bella: aves blancas, gaviotas en pleno vuelo, garzas dentro de la niebla, realzadas por el contraluz. Y Caperucita caminaba. De pronto dijo en voz alta: ¿Si será, tan feroz el lobo?

Yo estaba ahí .Nadie me había excluido del cuento. Tenía oportunidad y la usé. ¿Feroz el lobo de Caperucita? Feroz era mi lobo, el que se me había escapado. Las caperucitas de hoy tienen lobos benignos, incapaces. Ineptos. No como el mío.

Adelantando entre comparaciones y reflexiones, una puerta abierta invita a pasar a la cabaña o, tal vez, indique que el camino se acabó. Abuelita, qué orejas tan grandes tienes, abuelita, qué ojos tan grandes y qué nariz tan peluda… La abuela es la que sabe. Si alguien dice que hay un leñador, no se debe creer. La presencia del leñador es pura invención de triste obligado final feliz. Lo demás ¿para qué lo digo? Todos, desde pequeñitos, sabemos que el lobo se comió a la abuelita para tener la cama desocupada: Ya llegaba Caperucita…