by Samaria Márquez Jaramillo

ESTE PEDAZO DE ACORDEON

Cuento Roberto Burgos Cantor

Era un ser silencioso y retraído, perseguido por la melancolía. Tal vez lo único que lo distinguía de los demás tripulantes era el acordeón. Un acordeón grande, color cobre rojizo, con doble teclado que acariciaba todos los amaneceres en que el alba era transparente, no amenazaba tormenta y faltaban embarcaciones para el abordaje.


Tal vez después de un viaje incierto, huyendo de las naves de su Majestad, defendiéndose de un mar embravecido, no tuvieron tiempo para continuar con el conteo de los días y, aferrándose a la idea de que seguían vivos, aparecieron por frente a las costas de Riohacha. Nunca supieron cuánto tiempo estuvieron perdidos.

El hombre del acordeón, con un pretexto consiguió permiso y un bote para llegar a la playa cercana. Hasta aquí todo es verificable: diarios de navegación, memorias, sobrevivientes que dan fe. Lo que sigue obedece a la conjetura que comienza en el instante en que un hombre, con su acordeón se aleja en un bote de la nave próxima a hundirse, y va encuentro de la playa.

Sin embargo, el cronista condescendiente con el realismo de la historia y sus lectores, confiesa que ignora si el hombre de su relato es el mismo pirata que acariciaba el fuelle de su acordeón al amanecer. Lo cierto es que el hombre sabe al llegar a la playa que el aire que respira es nuevo y se adentra en un suelo arenoso y seco.

Cuánto anduvo entre las ventiscas de arena, bajo el sol o en noches heladas de La Guajira, no es asunto determinable. En todas las historias de viejos contrabandistas hay una mentira común: aquella de que en mitad de la noche, cuando las hileras de mulas llevaban los cascos envueltos en sacos de fique y ellos las arriaban con sigilo, las bestias eran inquietadas por un sonido desconocido que erizaba los pelos.

Tal rumor, congruente con algunos testimonios, da fuerza a la idea de que el hombre sintiéndose extranjero, frente a la costa se encontró con un golfo vacío, poblado de langostas y se interrogó sobre esa sensación de lugar ya visto, que lo invadía.

Nemesio Durán se rió de tal versión. Aseguró que el hombre bordeando la serranía de Valledupar y siguiendo el curso de uno de los brazos del río Guatapurí se adentró en El Paso, en la época de la primera rebelión de los negros recolectores de algodón y los acompañó la noche en que incendiaron la plantación y rajaron el vientre de los perros y colgaron a los amos. A pesar de la complicidad surgida de ese hecho, solo más tarde —dicen que recordaba Nemesio— disfrutaron de la amistad y de los acordes de su instrumento. Después de unos meses los negros sintieron que seguir allí, entregando sus fuerzas a un trabajo que siempre aborrecieron, era prolongar más allá de la muerte el fantasma del látigo y comenzaron a dispersarse. Se dice que el hombre se despide de Nemesio e intercambia el acordeón por un amuleto contra el mal de ojos. También, que el hombre muere cerca al Cabo de la Vela donde los cangrejos acaban con sus restos y Nemesio vuelve a El Paso y el acordeón va pasando, de generación en generación, a los varones mayores. La posesión de esa prenda familiar despierta largas disputas. Algunos pretextan que el último deseo de Nemesio Durán fue que el instrumento no fuese mostrado, pues despertaba la codicia por lo ajeno. No es desconocido el interés de la Academia de Historia de Mompox por el acordeón, como prueba irrefutable de que en las costas de Riohacha hay un galeón sumergido.

Desconociendo estas versiones, Julio Olaciregui cuenta que un domingo en la biblioteca de Alfonso Fuenmayor descubrió un acordeón muy viejo entre los libros de historias de piratas, y que mirándolo sin atreverse a tocarlo notó una placa de cobre pequeña y sucia en la cual se leía su procedencia; se le hizo algo muy curioso y como estaba entrevistando, grabadora en mano, le preguntó a Fuenmayor por el origen del aparato con la esperanza de algo insólito. Desafortunadamente la cinta grabada se dañó y Julio no ha podido reconstruir la respuesta. Sin aspavientos y con astucia, Fuenmayor dijo que entonces eran dos acordeones, porque él vio uno igual al que vio Olaciregui, y no en Barranquilla sino en la población de Turbaco.

Seguir recogiendo testimonios puede llevar la crónica a la ficción. Hay que recordar que no le creyeron a Bradbury por no traer una prueba contundente de su viaje a Marte y el hindú lo dijo: “El que repite una verdad dice una mentira”. Sin haber llegado a un acuerdo y aceptando que a lo mejor la verdad tiene todas esas escurridizas formas, el cronista termina por dejar todo a la voracidad de los sueños y espera que del azar surja el final de su crónica. Y todo iba bien, hasta que en una de las increíbles noches de Cartagena en que el cielo tiene el color de la piedra y se escuchan viejos organillos en los portales, llegando al caño Juana Angola, entre unos frondosos palos de nísperos oímos el acordeón. Era un sonido denso que casi permitía tropezarse con las notas, iba seguido de una voz profunda, ronca y a veces muy cercana al grito. Entre el follaje, en una de esas usuales pistas de baile cercanas al mar, lo vimos: cantaba con el sombrero puesto, mirando el suelo y fuera de los labios que jugaban en un rostro oscuro, solamente movía las manos y los brazos buscando aire. “Este pedazo de acordeón, ¡ay! donde tengo el alma mía”. Alguien me susurró refiriéndose al hombre, es el negro Alejo Durán, y lo dijo con ternura. El hombre como un jilguero ciego cantó hasta el amanecer convirtiendo la noche en un alba larga. Su color, el nombre, el desencanto que rondaba sus temas, la casualidad, nos enfrentaban por fin a alguien que a lo mejor era el poseedor del acordeón o alguien que guardaba todos los hilos de la historia. 

Pero esa noche el cronista fue incapaz de interrogarlo, perdido en los cuentos que él cantaba lo siguió por el dédalo de callejas a esa hora en que es posible caminar dos veces por la misma calle con el igual farol chorreando humedad salitrosa, porque toda la ciudad con su frágil memoria de prostituta, con la mirada socarrona de su poeta “desterrado de Chambacú”, repite minuciosamente que su abuelo le regaló un acordeón viejo de cuya procedencia no dijo nada. Con él llenó de cariño unos atardeceres lánguidos en los cuales los trabajadores cenaban temprano para reunirse después alrededor de las fogatas mientras las mujeres espantaban a las brujas que a la entrada de la noche dejaban caer su lengua larga para atrapar el sueño de los niños. Nadie le llevó de la mano para el aprendizaje: “Yo creo que el acordeón no necesita maestros, un poquito de voluntad revuelto con inteligencia”. Por esos parajes estuvo inventando canciones, hasta que recogió sus chécheres y se fue a Barranquilla donde, con el acordeón, recorrió, todas las ferias y corralejas de las sabanas. El resto es la historia hecha canción y ese pedazo de acordeón que esta vez termina por perderse definitivamente.